4/18/2024

                   

                                                   Orlando (Fragmento) 

                                           Preparativos de la misión en China


23.            Durante la comida, Lalaith les presentó a un Orlando transformado, le había cortado y teñido el pelo, había utilizado un producto para que éste pareciera más grueso y abundante y menos rizado. Le había cambiado ligeramente la forma de las cejas y llevaba las lentillas que tornaban sus ojos del color exacto al de Hellberg.

   Las chicas estaban acostumbradas al trabajo de su maquilladora particular pero se quedaron mudas un buen rato admirando la perfección del cambio.

La -Por favor, ahora el perfil.

Orlando se giró un poco y se colocó como le había pedido Lalaith. La nariz había aumentado, era algo más ancha y larga, sin que se notara en absoluto nada artificial en aquella.

G -Genial.

Ch -Te has superado, no vamos a tener ningún problema.

La -Cuando salgamos, le pondré sobre el pelo un colorante rubio platino que desaparece con el agua, sólo para el vuelo, estará muy a tono para alguien que se dedica a la publicidad y le haré algún cambio en la nariz, eso y unas gafas bastarán. En el hotel, sólo habrá que lavarle el pelo para que recupere el color de Hellberg. El mismo colorante se lo pondré al objetivo para la vuelta. No le he tocado los labios, ni le he maquillado apenas, la transformación va a ser total. Por cierto, señoritas, este caballero ha traído un pequeño obsequio para cada una. 

Lalaith le dio una bolsa que traía y él fue distribuyendo una serie de paquetitos alrededor de la mesa mientras les dejaba al mismo tiempo un beso en la mejilla de las chicas.

A -¡Tus mechones! ¡Qué bien, te has acordado!, Gracias aunque… vamos a echar de menos tus rizos.

N -Es cierto.

La -No lamentaros, cuando acabe el trabajo, le retocaré este corte y voy a dejarlo espectacular. He puesto un mechón bastante abundante para cada una, como podéis ver.

Ch -Los guardaremos como reliquias traídas de Jerusalem. –le dijo sonriendo. 

H -Más valiosas que los tesoros templarios.

G -Desde luego.

Todas miraron su mechón con cariño. Orlando las miraba risueño y tierno

Lu -El fetichismo es intrínseco a la naturaleza de los fans ¿no? 

Ro -Perfectamente expresado querida. Orlando, adoraremos tu pelo sin freno ni remordimientos. 

Ca -Brindo por eso.

Li -Por los fetichistas del mundo.  –Todos se levantaron y brindaron entre risas.

La -Volviendo al trabajo, mi parte está terminada, hemos decidido entre los dos  cómo irá disfrazado de cámara y he encargado la ropa y algunos complementos. Nos lo dejarán en nuestro apartado de correos en un par de días.

Lu -Los zapatos ya están. Los que son idénticos a los de Hellberg están igualmente pedidos y nos lo traerán en el mismo plazo.

G -Yo he encargado también algunas cosas de atrezzo para el equipo de publicidad. El otro grupo serán miembros de una asociación de jóvenes empresarias en viaje de turismo, así podremos ir a cualquier lado sin despertar sospechas. Esta tarde decidiremos quien va en cada grupo. Lalaith necesito una foto del cámara para el pasaporte, por cierto sacaremos los pasaportes esta tarde y empezaremos a llamarnos por los alias, Orlando ¿Quiéres llamarte de alguna manera? Ve pensándolo. A partir de ahora, prepararemos tu interpretación a fondo. Tienes que practicar conmigo la dicción, y los movimientos con Chantarel y Lila que le han observado más tiempo. ¿Cómo va con la firma?

R -Muy bien, ayer… aprovechamos el tiempo al máximo. 

Orlando la miró con los ojos brillantes, el resto de las chicas se miraron cómplices y contuvieron las sonrisas.

O -Y entreno varias veces al día. La tabla de ejercicios que me diseñaron Cawty y Hesperia empieza a dar sus frutos.

Ca -Ya lo creo, se esmera, y lo hace muy bien. Hesperia y yo pensamos que necesitaba un poco más de tono muscular y ejercicios de autocontrol. Además está realizando unos cuantos ejercicios de fuerza.

H -Así se encontrará flexible pero al mismo tiempo habrá ganado más potencia, aunque partamos en cuatro o cinco días, es suficiente para que esté en forma.

O -Me siento en inmejorables condiciones y en cuanto a ejercicio físico, hago todo lo que puedo… -las chicas le miraron, especialmente Romy y Lalaith, un segundo después ellas dos se miraron también y miraron a las demás. El grupo estalló en risas, a las que se unió él de buena gana. No había preparado la frase, pero, bueno, dicho estaba, de cualquier modo era cierto, el ejercicio… físico estaba aumentando en progresión geométrica. Y lo mejor era que mientras intensificaba la frecuencia, más le apetecía y su rendimiento era más notable que nunca.


Después de comer, Lalaith le desmontó la nariz y le quitó las lentillas con lo que recuperó algo de su rostro frente al espejo. Green, Chantarel y Lila le esperaban en la sala de reuniones para imitar los movimientos y la voz del objetivo, vieron tantas veces los videos que las últimas veces ninguno conseguía ver las imágenes nítidas. Casi llegó a aprenderse los movimientos con la exactitud de la ceremonia del té japonés, Hesperia se hubiera reído, pero no era un chiste. 

Ella y Cawty seguían a continuación en el programa de la tarde. El castillo tenía un gimnasio muy grande, una de sus pistas era un tatami japonés. Orlando llegó y se cambió de ropa para practicar los ejercicios, apenas tuvieron que corregirle alguna postura, Orlando aprendía rápido y se encontraba cómodo realizándolos, a pesar de llevar muy pocos días con el entrenamiento, empezaba a observar que su fuerza y su concentración ya habían aumentado. Al terminar le hicieron una demostración de un tipo de lucha que habían desarrollado entre las dos. Las chicas vestían kimonos cortos y pantalones para entrenar, siempre negro para Cawty y habitualmente rojo para Hesperia, con cinturones negros, -“por supuesto”-, pensó Orlando. Las dos tenían una gran destreza y le pareció muy bonito verlas esquivarse, saltar y rodar por el suelo. Resultaba perfecto para reproducirlo en una película –“deformación profesional” - pensó. 

Las estuvo observando con admiración hasta que pararon a descansar, llegaron hasta él para secarse un poco el sudor.

O -¡Sois excelentes! ¡Es asombroso cómo os movéis! 

Las dos sonrieron halagadas.

H -Cawty y yo nos compenetramos muy bien. No hemos aprendido juntas ni estudiamos las mismas disciplinas pero ha sido muy positivo, porque nos complementamos, hemos aprendido mucho una de la otra.

O -¿Tú también has vivido en Japón?

Ca -Sí. No tuve la suerte de Hesperia que llegó siendo una niña, pero conseguí que mis padres me pagaran un curso allí cuando acabé el instituto y después de años de insistir, y me quedé cuatro entre becas y algunos trabajos. Desde que me acuerdo he sentido fascinación por su cultura, practicaba judo desde niña. Al pasar el tiempo sólo leía libros relacionados con ese país, estudiaba el idioma y la cultura me traspasaba, era como si fuera de allí. Yo sí tengo una colección de katanas.

H -Lo dice por mí. Yo no. La verdad, no me encantan. Con una que coleccione katanas es suficiente –empezó a sonreír.

Ca -¡Vamos! Te iniciaremos un poco en esta disciplina.

O -Vale, pero tened cuidado. No me parece demasiado suave. –las dos rieron.

H -Prometido. Empieza tú Cawty.

Ca -El tatami es blando, intenta no caer en posturas raras, deja el cuerpo relajado.

O -Supongo que ya contáis con que voy a estar todo el rato en el suelo…

H -Tiene razón, no corras demasiado o no querrá ser alumno nunca más.

Cawty se situó frente a él en el tatami donde hicieron el saludo protocolario. Después se estuvieron observando un tiempo y girando en redondo. No la perdió de vista ni un segundo pero con una agilidad más propia de un guepardo que de una persona, se aproximó a él, y tras sujetarle del kimono a la altura del pecho, en medio de un grito bronco, como surgido de una caverna, le levantó varios centímetros del suelo y lo tumbó, colocándose a horcajadas encima suya. Hasta unos instantes después no pudo cambiar la expresión de sorpresa por la sonrisa del vencido que acepta de antemano su condición.

Ca -Te enseñaré ahora a esquivar esta entrada. Has caído muy bien.

O -Gracias pero no ha tenido nada que ver con mi voluntad.

C -La rapidez es primordial, ahora ya no te cogeré por sorpresa.

Siguieron practicando y fueron turnándose. A cada nuevo intento, Orlando se mantenía en pie algunos segundos más aunque invariablemente terminaba con la chica sentada encima. Una de las veces le susurró a Hesperia.

O -Empiezo a entender por qué te gusta tanto esta postura…-rió- pero estás abusando… notarte ahí encima me trae recuerdos demasiado excitantes. –Hesperia rió con él.  

H -Si los recuerdos se desmadran, avísame para dejarlo antes de que sea demasiado evidente.

Aprovechó la risa de ella para sorprenderla, se impulsó sobre los talones mientras gritaba tal como le habían enseñado, combó su cuerpo hacia arriba y consiguió tumbarla al lado suyo y sentarse encima.

Ca -No ha sido muy limpio. –le gritó- Pero sí muy efectivo.  El grito magnífico Orlando, ha sonado a maestro.

H -Tendremos que darle un cinturón. El sonido te ha nacido de adentro, perfecto.

O -Siento que el impulso y el sonido nacieron desde el mismo centro del vientre.

H -Ahí es donde nace la fuerza exactamente, trabajaremos  a partir de ahora con la fuerza nacida desde ahí. 



                                                        

3/28/2024

 


                                       26.   CAWTY                (Orlando fragmento)      

Aquella mañana, mientras Nibbi le recordaba trabajando en el laboratorio, Cawty se encargaba en solitario del entrenamiento. Ya reconocía claramente los estilos de sus dos profesoras, aunque diferentes, igualmente letales. Cawty era más dura, no le hacía concesiones de ningún tipo, cualquier pérdida de concentración era rápida y dolorosamente castigada, y sin embargo, ese día, era ella quien parecía absorta entre golpe y golpe, como si su cabeza estuviera a muchos kilómetros del tatami y no por ello perdía concentración ni precisión. Una patada a mitad del muslo le hizo doblarse y caer de rodillas. Levantó la mano. Cawty se acercó y le palpó el muslo masajeándolo sin ninguna caridad.

-¿Te he hecho daño?

Se le escapó un gemido.

-Ahora más, aún. –a medias ahogó otro quejido- ¿Tú no fuiste a la clase de los masajes relajantes?

-Te dejará de doler. –Le dobló la pierna estirándole al máximo el músculo encima de la rodilla, despacio, repitió el movimiento dos o tres veces, al mismo tiempo que le friccionaba con las manos muy calientes. Como magia, el músculo se relajó y el dolor se hizo muy tenue. El rostro de Orlando cambió el gesto de dolor y la miró con agradecimiento. Cawty se había levantado y miraba a un punto al final del gimnasio, había vuelto a marcharse, pensó él.

-Hay una oscuridad sobre ti.

Tardó un poco pero cuando reaccionó lo hizo bruscamente.

-¿Cómo has dicho?

-Que hay como una oscuridad, una sombra sobre ti. ¿Por qué esa oscuridad pesa sobre ti?

Cawty se le quedó mirando con sorpresa, separó los labios pero no consiguió hablar. Orlando siguió.

-Muchas veces tu expresión, tu mirada me recuerda el poema de “La Dama de Shallot”, a una de mis profesoras de primaria le encantaba. –esperó un poco y pronunció declamando sin teatralidad, con voz baja y profunda el verso que quería- “La condenación ha caído sobre mí –exclamó la dama de Shallot.”

Cawty permaneció aún unos segundos mirándole estática.

-¿Cómo se llama el poema?

-“La dama de Shallot” de Tennyson, sucede en Camelot, habla de maldiciones, de castigos…

-No lo conozco…“La condenación ha caído sobre mí” –suspiró- es… una buena frase, acertada. Hice algo malo.

Orlando esperó mirándola. 

-Traicioné… a mis amigos, los que me habían ayudado en Japón. Me habían aceptado en su grupo, me… acogieron… y les vendí.

Orlando

 esperó un poco

-No puedo creer que no hubiera alguna razón…

Cawty le miró, su gesto se dulcificó algo agradeciendo su confianza.

-Cuando se me acabaron las becas, tuve que buscar trabajo y los lugares que más había frecuentado eran los gimnasios, me contrataron como recepcionista en uno de ellos. Al principio sólo era una empleada, me trataban como una extraña aunque yo estaba agradecida y contenta. Los dueños eran el grupo de profesores, tenían una especie de cooperativa… les admiraba como a dioses, el nivel que tenían en sus disciplinas era espectacular. Creo que esa fascinación que yo sentía al verles entrenar, algo que nunca había disimulado, me hizo ganar su confianza y para ellos fue el comienzo del fin… “El halago debilita” –esbozó una mueca de sonrisa- ya sabes. Después del trabajo, cuando se iban los clientes entrenábamos nosotros… me enseñaron, aprendí tanto…tan rápido, me sentía tan orgullosa, yo había despertado su admiración también, me consideraban una alumna excepcional y al cabo del tiempo no mediaba ya mucha diferencia entre mis profesores y yo, entonces se decidieron a contarme un secreto y a admitirme. Su negocio más lucrativo no era aquel… eran yakuzas.

                                                                ...............  _________ ....................


-Me gustaría enseñarte algo que traje de Japón, Es un objeto único, muy antiguo.  Y… me… encantaría que lo vieras ahora.



                25. Cawty


Esperó los minutos que le habían solicitado y en el momento convenido llamó a la puerta, escuchó la voz de ella invitándole a entrar. No conocía el sancta sanctorum de Cawty y no esperaba sorprenderse demasiado, estaba seguro del estilo que habría elegido. Para lo que no estaba preparado era para aquel exceso. Sus ojos se abrieron intentando asimilar todo lo que veía, las paredes estaban cubiertas de objetos, de cuadros, muchas armas, no sólo varios armazones que sujetaban cinco o seis katanas cada uno, también tenía ballestas, arcos… de igual forma, muchas figuras repartidas por los muebles. Eran antiguos, es posible que fueran de la misma época, no conocía tanto de su cultura como para estar seguro, creía que los samuráis eran medievales, era posible que todos fueran objetos usados por ellos...  

La cama y casi todos los muebles estaban lacados en negro con diminutos dibujos nacarados muy dispersos, divisó también un par de biombos y vio que hasta las puertas interiores eran igualmente lacadas y negras. Su mirada recorrió con gusto en derredor cuanto había atesorado su amiga y terminó esta vez sí realmente sorprendido mirando cómo había aparecido delante suya una muñeca viva. Una geisha.  

Tan sólo la viveza verde de sus pupilas era reconocible, tenía la cara cubierta de una pátina blanca y mate en la que resaltaban el khol que había extendido sobre y bajo los ojos con líneas gruesas, y la boca, que sin embargo, se había reducido a una apetecible guinda de color carmesí. Sobre el pelo negro y muy corto de Cawty se mantenía, supuso, en difícil equilibrio, una diadema dorada con multitud de cadenitas con adornos de pequeñas florecillas que tintineaban al moverse y enmarcaban su cara.

Llevaba puesto un kimono negro, de una tela muy brillante y algo gruesa pero que se amoldaba perfectamente y delineaba su figura, por cuya superficie refulgían por instantes brillos dorados como fuegos fatuos. Era corto, parecido a los que usaban para entrenar aunque sin pantalones, sencillo, simplemente cruzado por delante y sujeto por un cinturón, y a la vez su vista impactaba, como si uno comprendiera que estaba delante de algo insólito, algo realmente curioso y antiguo. 

Al terminar la prenda aparecían las piernas largas y pálidas de Cawty, las admiraba por primera vez, descubrió que, enroscada encima de su tobillo izquierdo, subía girando una serpiente, la cabeza estaba dibujada atacando, parecía tener los colmillos clavados en la pantorrilla.

-Ese tatuaje es un símbolo yakuza… quiere decir que ante una falta cometida, nadie espere compasión de mí…

Orlando la observó con atención y subió la vista de nuevo.

-Una yakuza convertida en geisha. Debe ser toda una paradoja –le sonrió- ¿Es el kimono verdad?¿Es lo que querías enseñarme?

-Tócalo.

Con reverencia llevó los dedos de la mano derecha al hombro y los dejó deslizar un poco a lo largo de la manga. El tacto de la prenda era de una suavidad y fresco imposible, las líneas bordadas sobresalían levemente de la superficie pero aún era su tacto más fino y suave si eso era posible.

-Los bordados están hechos de hilos de oro, es… inexplicable… es…

La mano derecha de Orlando cubrió uno de los senos, casi entero dentro de su palma ahuecada lo oprimió notando como se resistía.

-Casi parece un sacrilegio tocarte. –Cawty sonrió, él la imitó- Pero…  me declaro sacrílego… -la rodeó con el brazo izquierdo mientras la mano derecha seguía acariciando y apretando alternativamente el seno, la guinda se abrió exhalando el aire, justo antes de que fuera engullida. 

Cawty sintió con gusto la falta de aire, distinto método de “El Imperio de los Sentidos” pero eficaz para sentirse mareada, quería perder un poco la conciencia y sentirse flotar. Había sido una buena idea vestir el kimono, ¿qué mejor ocasión que aquella para estrenarlo?...                                                    

    







10/23/2023

                                        Querido amigo Fernando
                   

                                                         (Imitando a Julio Cortázar, curso de escritura)




Mi muy inestimable e inapreciable amigo Fernando:
    
    Me decido por fin a escribirle estas letras porque se ha convertido, en estas semanas, en una sensación insoportable el hecho de que usted me considere un desagradecido y un orgulloso.
    Y realmente me debería haber puesto en contacto con usted, una vez que recibí su encantadora invistación para pasar el verano en la finca de la que me hablaba, con su casita recién acondicionada. Fue ya como si empezara a respirar el aire fresco, y tanto me entusiasmó la idea, que decidí en ese momento ir preparando las cosas que me iba a llevar. Pensaba con grato placer en las charlas y los paseos, en el anochecer silencioso y en lo que podría allí concentrarme en el trabajo que usted sabe, en el que estoy inmerso en este momento. En verdad ya degustaba la paz y la tranquilidad de todo ese tiempo que su amabilidad me brindaba.

    Hice un pequeño inventario de las cosas que necesitaría para el período estival, y aprecié que serían necesarias unas compras previas a la partida. Sin más dilación, aquella misma semana me encaminé hacia el centro de la ciudad. En aquellos días, había olvidado, una extraña fiebre se apodera de la población de esta urbe, que, movida por mensajes inexactos, se lanza a las calles buscando objetos deseados y pensando que engañan a fabricantes, intermediarios y dependientes, pagando un precio inferior y hasta ridículo por aquellos objetos. ¡Ah! ¡Cómo pensaba en la paz de la casita entre aquella muchedumbre ruidosa! Así que las compras resultaron más largas y dificultosas de lo normal. Tuve que recorrérmelas calles una vez y otra para encontrar unos pantalones cortos o unas sandalias, incluso, me avergüenza decírselo, tuve que empujar a una señora cuando las vi en un estante, y ya ella se disponía a robármelas, como me había pasado contras dos ocasiones con otras tantas señoras.

    No sé si se debió a lo que anduve aquella tarde de pesadilla, si fue el calor, que de pronto, apareció como siguieran destapado una enorme olla a presión en el cielo, si los zapatos que llevaba no eran los adecuados, pues no eran ciertamente para maratones, o fueron los pisotones… o qué… lo cierto es que al llegar a casa noté un insistente dolorcillo agazapado en el extremo del dedo gordo del pie izquierdo. Cuando me quité los zapatos, como si volviera de la Guerra de los Cien Años, como si yo fuera el mismo Aquiles, observé bien la rojez que se distinguía claramente de la otra más rosa que me cubría por completo ambos pies. No le di más importancia y tras un baño calmante, me puse allí un poco de mercromina y me marché exhausto a la cama.
    Al día siguiente vi que persistía el dolorcillo así que volví a usar la mercromina y esperé. Creo que fue un par de días más tarde encontré en la calle a nuestra común amiga Pilar, la cual notó que cojeaba levemente y al preguntarme y yo contarle el hecho, me informó que debía dejar la mercromina y poner yodo que era mucho más apropiado.
    Amigo Fernando aún en esos días seguía yo pensando en su casita, en el rumor de las brisas y en la tranquilidad de la que iba a disfrutar ¡Ayy! Pero no quiero distraerme, el yodo tampoco dio los resultados apetecidos y el vecino de al lado me dijo que debía ir ya a un podólogo y consultarle. Me pareció muy lógico y así lo hice. Al día siguiente estaba yo muy temprano en su consulta, el doctor me recibió con una acogedora sonrisa y me tranquilizó por completo, dijo que era algo muy simple, que debía haber ido antes… todas esas cosas que dicen los médicos.

    Pues allí me dispuse tumbado en la camilla, y me durmió el pie con una inyección. Nunca antes había necesitado acudir a este profesional, y, sinceramente, pensaba con terror en qué atrocidades estaría cometiendo con mi uña y con mi dedo. Imagínese un tiempo larguísimo mirando a una pared blanca pues aquel doctor no tenía nada en qué distraer la vista, ni siquiera el granulado donde uno puede imaginar caras o animalitos. Así estuve hasta el final cuando me mostró un dedo gordo con un gran vendaje.

    Me marché a casa cuidando de no caerme pues aún el pie no había recuperado toda la sensibilidad, y esperé de nuevo, pacientemente. A la mañana siguiente el dolor no había desaparecido si no que era mayor. El doctor que indicó que no caminara, que lo tuviera en alto, y yo le juro que lo hice todo escrupulosamente. Al día siguiente no podía soportar el dolor, fui de nuevo a la consulta, y él, extrañado, me atendió. Al retirar las vendas mostró una sorpresa mayúscula, y con frases como “No puede ser” “Es inaudito” etc. me mandó al hospital. Allí fui en seguida reconocido por dos o tres doctores más, que, igualmente, designaron el caso como bastante extraño y deliberaron con ese extraño lenguaje que utilizan del que sólo pude traducir que tendrían que cortarme el dedo gordo.

    ¡Qué contratiempo para nuestros planes de descanso! Su casita, amigo Fernando, iba y venía en mi imaginación. ¿Qué podía hacer? Ellos me aseguraron que la amputación no tenía mucha importancia, que no supondría gran diferencia ni para caminar. Y así al día siguiente fui separado de ese pequeño apéndice para siempre. Los días siguientes el postoperatorio pareció ir bien, me tuvieron ingresado unos días y me hicieron ir caminando un poco para acostumbrarme.
    En algún momento algo cambió, no recuerdo ya bien cómo, empezaron de nuevo los paseos y las reuniones de médicos en mi habitación, nuevas pruebas, análisis, los cabeceos confusos, la charla incomprensible… y de nuevo, otro trozo algo mayor, fue a hacer compañía a mi querido dedo gordo.. Y no paró ahí, otros pequeños y no tan pequeños se han ido reuniendo con los primeros.
    Así que, mi apreciado amigo, pensé que había llegado la hora de darle alguna explicación, y confío en su generosidad para que pueda perdonarme haberle dejado solo este verano. Su invitación, en cambio, ha supuesto para mí una gran diferencia para afrontarlo, porque en las horas lentas, gordas, de este hospital he imaginado muchas veces su casita, el pequeño jardín, los senderos de la finca, los animalillos y los pájaros que seguramente se verán allí. He imaginado de cien maneras distintas las cenas en el porche, los baños en la alberca de la cual usted no me habló pero creo que existe detrás de la casa, cómo sentiría la frescura de las sabanas perfumadas con hierbas silvestres como lavanda o espliego, me imaginaba recogiéndolas por los senderos, y flores para adornar la casa, algún purito de vez en cuando tras la cena mirando las estrellas y cómo hablaríamos de lo insignificantes que somos, de cómo avanzaban nuestros respectivos trabajos, del prólogo donde quería explicar el maravilloso lugar donde había podido terminar mi investigación y poder hacer una mención a usted y su invitación.

    Pero para continuar con la historia, esta enfermedad no se ha detenido. Era como si mi cuerpo, una vez pasada una parte a otra realidad, a otro plano, quizá al No Ser…tuviera la intensa necesidad de irse allí por completo a reunirse de nuevo, como un reloj de arena al que se le da la vuelta, y lenta, pero inexorablemente, los pequeños gránulos van cayendo al otro lado.
    Esta mañana mi brazo derecho ha comenzado el mismo proceso que ya conozco tan bien, así que le pedí a un enfermero papel y empecé a escribir esta carta. Este trabajador tan amable me ha comprado también un sobre y sello y ha prometido enviársela en cuanto termine.
    En algún momento pensé que en una silla de ruedas donde pudiera sujetarme bien y manejándola con mis brazos aún podría acercarme a visitarle. Pero no va a ser posible. Incluso noto que mi lengua se entorpece e y que mis ojos ya no hacen el mismo recorrido en la cuenca ocular. Hasta el pelo ha dejado de crecer.

    No, no creo en verdad que pueda ir a visitarle, así que, mi querido amigo, de nuevo le ruego que sepa disculparme y sin más se despide de usted,
    

            Suyo afectísimo,
                                David Bernal
 

 

                                                                                                            Marzo 2000 



4/16/2023





                             Edipo y Antígona

                                                                                     A Luis Palma, autor de los versos





                    “… y esta esperanza muda, tan tardía

                    que me sostiene anclado y luminoso.

                    …

                    Tarde de primavera, asesinato dulce

                    pasión determinada por ajados colores

                    Cobarde asumo la suavidad constante

                    vencida por la furia del cielo,

                    amenazante, provocadora de mi ceguera inútil.”



El camino que dejaban atrás lo recordaba como una larga tira de seda, de color indefinido. En el instante en que su pie abandonaba la tierra, un nuevo trozo se sumaba a la interminable cinta junto a algunas palabras pronunciadas por su padre Edipo. En su memoria la tierra y las frases se entretejían, convirtiéndose en el único pasado que existiría ahora. Sólo la cinta de polvo y piedras se asemejaba a la seda que había mantenido a su madre Yocasta suspendida hasta morir, pero esa era ya una añoranza leve y se desfiguraría al seguir andando y escuchando. El dolor de sus pies contribuía a que la cinta de seda fuera un recuerdo duro, como lo que recitaba el rapsoda.


            “Requiero entonces un dolor que me invada

            amplio y potente, como este oscuro olvido”


A partir de aquel día, sólo podría recordar palabras, por amor a su padre cualquier otro recuerdo había sido desterrado, incluso de todo lo escuchado a su padre no había forjado ninguna imagen, tenía pánico a las imágenes, a que pudieran retrotraer otras imágenes que la habían desgarrado. Edipo se había sacado los ojos para que no vieran más después de aquel día, ella había arrancado el ojo de su mente. Pero ya todo ese miedo quedaba atrás, conforme la larga tira crecía y se retorcería allí atrás, donde nunca podrían volver.

El refugio de su padre era hablar, casi sin detenerse contaba a Antígona episodios muy lejanos su vida. No estaba segura si todos habían pasado o se forjaban en aquellos momentos, o si tenían parte de verdad y parte de ensueños, pero Antígona por amor a Edipo, lo creería todo, como un inmenso mar recogería el dulce caudal, día tras día hasta el fin.

La túnica de lino, que apenas dejaba ver las sandalias, se frotaba al caminar, produciendo una música sagrada, un perfecto acompañamiento a las parábolas.

Infinitas tardes se sucedían, siempre el brazo paterno apoyado en el filial hombro, siempre el frufrú de la túnica en las palabras.

En una de aquellas tardes vio Antígona un punto que se acercaba por el camino. La figura del anciano fue reconocida por ella y le habló a Edipo, interrumpiéndolo.

-Padre, está aquí el adivino Tiresias.

Llamó al adivino y este se detuvo.

-Soy yo, Antígona. Ya sabes, Tiresias, que mi padre Edipo, como tú, también está ciego. Yo le sirvo de lazarillo por estos caminos. Vamos sin rumbo, pero algún día sabremos que hemos llegado a nuestro destino.


Tiresias habló con voz solemne y grave.

-Vosotros no sois el rey de Tebas y su hija

-¿Por qué dices que no somos Antígona y Edipo? Tú me revelaste la maldición que ha caído sobre mi familia y la ciudad. Tú sabes de mi desgracia.

-Tú no eres Edipo, él murió en Éfeso, yo escuché sus últimas palabras. Ni ella es Antígona, también murió. Fue sepultada viva en una cripta por Creonte, tu cuñado, por desobedecer la orden de no enterrar a su hermano Polinices, y, como su madre Yocasta, se ahorcó antes que su prometido Hemón pudiera rescatarla. Al verla, él se quitó la vida igualmente. ¿Quiénes sois que no habéis oído el final horrendo de esta familia? ¡Abre los ojos impostor de Edipo, tú no eres ciego!

El hombre obedeció y contempló al anciano y después a la muchacha. Tiresias comenzó a caminar de nuevo.

-¡No te vayas adivino! ¡Di quienes somos!

-Eso no lo sé. No os conozco.

Tiresias volvió a ser un punto en la lejanía, hasta desaparecer. Y aún no habían reaccionado. El hombre le habló a la muchacha.

Quizá este es el destino que esperábamos o puede que el adivino se equivoque y seamos realmente quienes creíamos. Y puede que nunca lo sepamos, pero me gustaría seguir paseando mientras te cuento. ¿Quieres?

Ella, sonriendo, le dijo que sí con la cabeza.

-Creo que hace muchos años yo escribía poemas.


E.C. 1987


                        "Fue una enorme distancia la que me unió a tu risa,

                          Oída desde lejos, próxima a la locura..."  


“Tierna de espanto, transida de ventura

gloriosa imagen, frugal y necesaria.

Cruel, melancólica ciudad de mi desdicha,

cárcel de aromas tóxicos y vagos.

Dame la suave brisa de la tarde,

la triste música, pasajera y distante

con la que colmar mi sucia desventura.”


“Ciego del vértigo feliz, preso de todo 

este mundo fugaz que me circunda.

tomo en mi mano el néctar melancólico,

desde mi marchita soledad necesaria.

Todo es un lento bullir de mi cerebro,

suave camino, tortuoso y fantástico,

inútil, necesario camino de aventuras…”