Una Persona Artificial (fragmento 3)
Cuando hablábamos de las épocas anteriores se enfurecía. En realidad reproducía mis comentarios y mis reproches, leídos en discursos y entrevistas, me imitaba, pero era incluso más intenso y exagerado, me hacía gracia el enfado mayúsculo que expresaba hacia gente que no había conocido y muchos que ya ni siquiera vivían. Pero la verdad es que cuando pensaba en como se habían comportado, yo sentía el mismo enfado y la misma cólera hacia aquellos dirigentes.
-¿Cómo pudieron esos gobernantes llevar el planeta casi al colapso? Me alegro de no ser un hombre de verdad. No puedo entender cómo no les importaba que estaban yendo hacia la destrucción de todo. ¿En qué iban a gastar esas cantidades de dinero en un planeta donde ya no se podía vivir?
-Pues sí, fue completamente demencial. Y no fueron sólo los hombres, Enki, también algunas mujeres gobernaron entonces y hacían lo mismo. Tuvo que llegar un momento de máxima tensión y colapso. De una amenaza total de destrucción… para que la gente reaccionara.
La humanidad se ha movido siempre en esos momentos, cuando la capacidad de soportar algo perverso, injusto, llega al límite. Pasó en las revoluciones francesa o rusa, o en otras situaciones. Llega un momento en que por mucha violencia o represión ya no se puede seguir soportando, y todo explota. Al menos cuando se construyó La Alianza, sin cambiar el sistema democrático, conseguimos revertir esa maldad, esa injusticia con menos violencia y muchos menos mártires.
Vivimos unas épocas horribles pero dieron paso a este nuevo mundo.
En su programación tenían impreso que no debían ser demasiado halagadores, para no resultar poco creíbles con sus dueñas. Ellas sabían que por la programación, resultaban ser ídolos para sus personas artificiales y que tenían una total la devoción por su humana. Pero la fábrica les habían marcado un limite para no resultar empalagosos, y además de eso obedecían las instrucciones de ellas en todos los sentidos, y también aprendían de los gestos, del tono de voz o de las respuestas, para modificar su conducta y moderar su entusiasmo por ellas.
Enki agotaba su tanto por ciento alabando a los gobiernos de nuestro partido y La Alianza, yo me preguntaba a veces si lo hacía porque lo deducía imparcialmente de la información obtenida o era un gesto para que yo me sintiera complacida. Era cierto que yo consideraba portentoso cómo habíamos evolucionado, consideraba realmente que habíamos logrado desde el comienzo, hacía casi 20 años, el mejor mundo posible, partiendo de la situación existente. Y me admiraba de que la mayoría de la gente, en todos los países, siguiera confiando y nos siguiera apoyando.
Llegó un período de vacaciones y decidí darle una sorpresa y llevarlo a Irak. Había ciertas limitaciones con las personas artificiales pero no pusieron ningún problema ni los países ni la aerolínea. Quería llevarlo a Eridú, que sintiera la tierra bajo sus pies en los montículos que quedaban donde se habían erigido templos como el dedicado al dios Enki, reconstruido muchas veces y el más importante vestigio casi destruido de aquella ciudad enorme y tan antigua. El había visto a través de su conexión con las redes miles de fotografías de esa zona, quizá era un poco absurdo, porque conocía toda la zona, la orografía, las excavaciones o la historia por completo.
Pero creí que le gustaría. En muchas zonas no había cobertura para sus circuitos y la aridez del terreno le afectaba, así que tomamos precauciones, la fábrica nos proporcionó un fluido con el que podría hidratarse y siempre llevaba varias baterías externas cargadas para que no se apagara. No pensé hasta más tarde que era su primer viaje y casi sus primeras impresiones del mundo exterior. Desde la fábrica sólo había ido directamente a mi casa y nunca había salido de allí.
La sorpresa no duró mucho tiempo, nada más tomar el avión y saber el destino, lo dedujo. Me tomó la mano y me miró con una expresión de incredulidad.
Este viaje agotaba mi cuota para volar en los próximos diez años y mereció la pena, totalmente. Podía sentir su felicidad en cada gesto, en cada mirada. Y a mí. me hacía muy feliz verlo y compensarle por todo su trabajo, por su entrega, por su capacidad y por su lealtad. Seguramente él no podría entenderlo pero para mí sí tenía mucho sentido. Se merecía sobradamente ese regalo.
Caminamos y fotografiamos todos los restos de muro que quedaban en pie y todo el entorno, el lugar era mágico, estaba considerada la primera ciudad de Sumer y aquellos eran posiblemente eran los restos del templo para un dios más antiguo de la historia de la humanidad. El calor abrumaba y aturdía, era difícil permanecer allí mucho rato incluso si íbamos al amanecer o al anochecer. Pero a pesar de todo pasamos muchas horas, tomando todas las precauciones, con ropa adecuada y paraguas para el sol. Llevábamos también sillas, aunque Enki prácticamente no usó la suya. Yo sí, me sentaba y le miraba, como Ágatha Christie miraría a su joven marido arqueólogo, protegiéndose con un enorme sombrero en Egipto. Le miraría con una mezcla de admiración y cariño igual que yo.
En ese viaje pensé mucho en que las personas artificiales deberían tener derechos. Llevaba más de un año conviviendo con Enki y en ningún momento le había visto como un objeto, como una máquina. Cumplían una función, era cierto, y generalmente sus dueñas, dado su elevado precio y la satisfacción que les proporcionaba su compañía, los trataban bien, los cuidaban… pero aún así, se merecían tener unos derechos que les protegieran, que alargaran su vida, que hubiera una normativa de trato para los y las propietarias.
Enki después del viaje a Eridú siempre estaba sonriendo, se llevó semanas así. Me pidió permiso para preparar una investigación para ayudar en la próxima excavación allí. Había visto y registrado durante nuestro viaje varios lugares donde creía que podían encontrarse muchos más restos. Había investigado por la red la información fiable, tanto todo lo que se había escrito en la antigüedad y en la época actual sobre la ciudad y el yacimiento, hasta fotos satélite de donde podía inferirse que había depósitos o enterramientos ocultos.
Cuando lo terminó descubrimos que él no podía enviarlo directamente a las universidades, para que alguna o varias en colaboración realizaran las excavaciones. El no tenía ni siquiera un apellido, no tenía una personalidad. Quizás esa impotencia que sentí me hizo acelerar la propuesta de ley y desarrollarla. Enki me dijo que no le parecía correcto intervenir pero que me ayudaría con la búsqueda de leyes parecidas y la jurisprudencia que estaba vigente sobre tutores y personas tuteladas. No sé si era programación, una limitación o prohibición implantada, lo cierto es que tenía razón.
Envié la investigación a una docena de universidades con mi nombre, explicando cómo se había creado, cómo había surgido la idea de hacerla, y debajo del mío puse el de Enki con mis apellidos. Él me miraba con una expresión de asombro y gratitud inmensa, además de la programación, las diseñadoras habían conseguido que su rostro tuviera múltiples expresiones, pero conseguía llevarlas al máximo, esta fue una de esas ocasiones.
Esa noche Enki estuvo dándome placer por horas, varias veces estuve por decirle que ya bastaba, pero me gustaba demasiado, era… era demasiado adictivo. Hasta que noté cómo parpadeaban sus ojos cerca de que su batería se apagara y le pedí que parara. Y lo repitió más veces.
La ley era bastante sencilla y nos esforzamos para que el lenguaje jurídico se simplificara lo más posible, de modo que fuera perfectamente comprensible para toda la ciudadanía.
Esta sería una sinopsis de lo que legislamos:
Las personas artificiales tenían derecho a existir, ninguna propietaria podía decidir terminar con ellas, volverían a la fábrica o se habilitaría un lugar donde podrían ser adoptados por otra propietaria y se le realizarían cambios en la programación para adaptarse. Debían tener los apellidos de su propietario, debían tener un documento de identificación, porque, aunque normalmente no salían de sus casas, a veces debían conducir en caso de emergencia, incluso solos y podían ser parados por agentes de seguridad.
Las fábricas de personas artificiales debían ser públicas. Dado el grado de desarrollo de éstas y su utilización en múltiples tareas, no podían estar en manos privadas, que pudieran subir los precios o modificar software sin ningún tipo de control. Se compensaría a accionistas debidamente. De hecho podían continuar con sus acciones si querían, con una ganancia moderada pero sin decisión.
No se podía dañar a una persona artificial ni propietarios ni otras personas, y debían estar capacitados y programados para evitar un daño físico, aunque sin causar un heridas graves o irreversibles a un atacante eventual.
Además sus propietarias no podían humillarlos ni obligarles a hacer algo humillante, en este apartado fue realmente complicado establecer qué debería considerarse humillante.
Debían pasar revisiones cuando la fábrica las estableciera y recibir repuestos de partes que empezaran a fallar. También cuando la fábrica desarrollara una mejora tanto en su parte física como en el software.
Debían tener un margen en la programación para expresarse y sus propietarias debían escucharlos y estudiar si les hacían algunas peticiones. La fábrica establecería un centro de consultas.
Las propietarias debían reconocer su trabajo y verbalizarles cuando su cometido era hecho correctamente, con frases amables y mostrando agradecimiento.
Se estableció un canal para denunciar cualquier posible maltrato hacia ellas y una unidad de policía especialmente formada para intervenir en estos casos.


