2/17/2023

 







                                                    El Método Boollmon (fragmento 1) Añadí un poco más


                    Para Orlando, por supuesto.



 

    En absoluto recordaba su nombre. Ni siquiera había vuelto a pensar en la nauseabunda conducta con la que le había tratado, nunca había vuelto a pensar en él. Así que cuando leí el mensaje en el móvil diciéndome que había llegado, el nombre de la persona de la que iba a ser asistente, no significó nada, no creo que sintiera siquiera un leve eco de lo que se aproximaba.

    Al igual que a los otros, le llamé a su hotel:

    -¿Sr. Boollmon? Soy la asistente que le asigna el estudio, solo quería presentarme y preguntarle si necesita algo. Imagino que está cansado del vuelo, puedo llamarle mas tarde. ¿Cómo? ¿Desea que pase a verle?... Claro, sí, como usted quiera. Sí. Estoy cerca, tardaré... un cuarto de hora.

    Llegué al hotel, un lugar magnífico, discreto, de absoluta tranquilidad, con grandes espacios y largos pasillos silenciosos donde ellos pasaban desapercibidos, siempre nos felicitaban por alojarlos allí, subí y llamé a su habitación.

    - Pase.

    - Soy Dezhna Meredith, Dezh simplemente.

    - Recuerdo muy bien su nombre.

    Le miré con sorpresa, estaba segura de no conocerle. 

    -¿Ha trabajado antes con nosotros? Lo siento, ¿en cual? ¿Hace mucho tiempo?  

    - Hace tres años. Es lógico que usted no me recuerde, porque apenas era un secundario.

            - Lo siento, no recuerdo.

            - Llegaba por primera vez a una producción tan grande y tan cara, con muy poca experiencia, pero muchas ganas de trabajar. Creo que con mucha humildad. Aquí sentí por primera vez lo duro que sería este trabajo, y que tendría que hacerme muy duro por dentro si pretendía seguir.

    Mientras me hablaba me clavó su mirada de pupilas negras, algo se revolvió en la memoria, algo confuso pero desagradable.

    - Hace tres años me habló usted con toda claridad de lo que pensaba de mis dotes y de mi futuro, me temo que yo era aún muy inmaduro para encajar sus opiniones. 


    En ese momento todo cobró sentido. Las pupilas negras, que chispeaban, me condujeron hasta aquel momento del pasado. Me maldije, me maldije por estúpida, por torpe, por haber perdido los papeles… porque aquel día que él recordaba, yo olvidé todos los principios con los que trabajo. 


- Llegué mucho antes de que vinieran los demás actores, para irme familiarizando. La admiré a usted desde el primer día, hacía tan maravillosamente su trabajo, era una profesional increíble, conocía todo, recordaba todos los detalles, yo deseaba que usted me hablara de otros rodajes, de las anécdotas que le hubieran sucedido, esperaba que sería magnífico contar con su experiencia para un novato como yo. 

- Sr. Boollmon, yo... me temo que... es muy tarde para darle una explicación... aquella conversación... no era... no era por usted, aunque no hay excusa para las cosas que le dije, yo... no sentía aquello, sólo quería evitar que usted me pidiese como asistente.

- Siento oír eso. Esperaba que usted no me mentiría, esperaba que se enfrentaría a mí, y aceptaría lo que yo tuviera que decirle.

- Por supuesto que acepto los reproches que desee hacerme, la conducta que tuve con usted fue incalificable. Pero no le miento, hice cuanto pude para que usted no pidiera trabajar conmigo, deseaba ser la asistente de Jeremy Illne, él... él  ha sido un actor fetiche para mí y sus películas las que me hicieron elegir esta profesión. Nunca habíamos coincidido en un rodaje, sólo quería alejarle a usted. No creo que desee perdonarme ni espero que lo haga, yo... le buscaré otro asistente, haré una permuta, le conseguiré a uno de los mejores, no tendrá que volver a hablar conmigo si no lo desea.

-¿No sabe lo del e-mail?

-¿Un e-mail? No.

- Le escribí al director del estudio hace unos días, para pedirle expresamente que fuera usted mi asistente, le dije que la recordaba de mi anterior visita. El estuvo encantado de complacerme, a vuelta de correo. Ahora Dezh, todo el mundo esta deseando complacerme. Es una sensación extraña y peligrosa. 

-¿Usted le escribió al director? No entiendo… ¿Quería que trabajásemos juntos a pesar de lo que ocurrió? Pero, usted debe detestarme.

- Después de todo este tiempo y de lo que ha pasado con mi carrera, no es eso lo que siento hacia usted, no es exactamente rencor. Me temo que lo que ahora siento es que usted me debe una reparación, una compensación.

Creo que empecé a mirarle con absoluta estupefacción, porque él siguió explicándome lo que se proponía. 

- Hace tres años usted tenía suficiente poder como para herirme y no volver a acordarse más de mí. He tenido suerte, no he parado de trabajar, me he convertido en un actor de moda y tengo mucho poder, puede que dure y puede que no. Ahora siento que podré afrontar cualquier realidad. Respecto a usted, ahora que se han cambiado los papeles, deseo que pruebe lo que se siente al otro lado. Deseo hacerla sentir mal. Deseo castigarla. Usted debe reflexionar sobre el daño que puede hacer a otros principiantes si les hablara igual que hizo conmigo. Yo no tengo tendencia a la depresión, quizá otros sí. Quizá otros podrían abandonar. He estado pensando mucho en lo que le diría, en lo que querría que usted hiciese para hacerse perdonar. A decir verdad, he disfrutado mucho pensando en esto Dezh. Como compensación voy a obligarla a hacer cosas que usted no querrá. Pero que hará, las hará porque yo la obligaré a hacerlas.

Fui incapaz de decir una palabra

-Por ejemplo, la obligaré a vestirse con la ropa que yo le diga cada día. Le compraré ropa que me guste. Se trasladará a vivir aquí, a mi suite, no irá a ningún sitio sin que yo lo sepa, le he comprado un móvil para localizarla en cualquier momento y sólo yo sabré ese número. 

Le miraba a sus pupilas oscuras y él sabía exactamente que es lo que estaba pensando, yo calculaba cuanto de cierto había en sus palabras, ¿era una broma? Por un momento la tensión se aflojó dentro de mí. Tenía que ser eso, su venganza consistía en asustarme. Como actor que era, estaba realizando una interpretación magnífica, así, si yo le creía, doblemente él ganaba, porque si podía engañarme así es que era muy buen actor.

Boollmon seguía mirándome fijamente.

- No es una broma, no me estoy burlando de usted.

- Sr. Boollmon, creo que... siento no saber pedirle disculpas mejor de lo que lo he hecho. Me comporté muy mal con usted, y tiene todo el derecho a sentirse enfadado, a no olvidarlo...

Boollmon sonreía con una extraña dulzura.

- Creo que seguiré diciéndole qué más cosas voy a obligarla a hacer. Será mi sombra todo el día. Vendrá conmigo a todas las citas que el estudio me fije: prensa, actos, cenas, pruebas de vestuario, al peluquero... estará siempre que ruede, quiero tenerla dentro de mi campo de visión. Si tiene que ir a algún sitio me lo dirá y yo decidiré si le permito ir.

- Sr. Boollmon. Oswald... Basta, tiene que dejarlo ya, lo que está hablando es una idiotez. Usted ha perdido el sentido. Si está interpretando un nuevo papel conmigo, le felicito, lo hace muy bien, pero pare por favor. Si quiere que trabajemos juntos lo haré, lo haré encantada, intentaré borrar lo que hice, le trataré mejor que a nadie, pero basta, por favor déjelo ya.

- Imagino que es difícil de aceptar. Aunque terminará haciéndolo. No va a tratarme mejor por su voluntad, voy a obligarla a que lo haga.

- Usted no puede obligarme.

- Es evidente que no contaba con que sus remordimientos bastarían. Aún no ha entendido usted qué es lo que va a pasar. Yo no esperaba que al contarle quien era yo, usted se sintiera mal y decidiera compensarme en esta ocasión. Ahora yo voy a hacérselo pasar mal, y ¿cómo? pues obligándola a hacer cosas que no le gusten.

- Usted no puede obligarme.

- Se equivoca.

-¿Cómo cree que va a obligarme?

- Si usted no acepta este pacto, le haré una cabronada.

-¿Qué pacto? ¿De qué está hablando?

- El pacto consiste en que usted acepta compensarme. Durará hasta el último día de rodaje. En ese tiempo, me obedecerá, se plegará a los pequeños caprichos que le estoy contando, dominará su rabia, se mostrará amablemente condescendiente, se doblegará. Trabajará conmigo en el rodaje como si no ocurriera nada, estudiaremos los guiones, nos comportaremos como los otros, aunque cada vez que la mire y no estemos solos, quiero que piense en lo que ocurre y quiero ver pasar por su mirada cómo se siente. 

-¿Y si no acepto?

- Puedo hacer muchas cosas. Puedo, por ejemplo, decirle a su director que la he sorprendido vendiendo secretos de la película.

De nuevo enmudecí. Oswald Boollmon había estado pensando mucho en cómo vengarse de mí. Lo que me estaba diciendo era tan espantosamente horrible como sencillo. Si dijera aquello sería un estigma para siempre, él lo sabía igual que yo, no volvería a trabajar en ningún estudio, nunca, no eran necesarias pruebas, su palabra bastaría.

-¿Cree que la escucharía su director? ¿Qué piensa? ¿La creería a usted o me creería a mí? 

- Está hablando en serio. ¿Verdad?

- Ahora está usted empezando a entenderme.

- Sr. Boollmon, aunque pueda hacerlo, moralmente es una iniquidad, usted tiene poder para destruir mi carrera pero no ganaría nada, ¿se sentirá mejor? ¿Cambiará algo de lo que pasó?

- Supongo que ese era el último cartucho pero es en vano de nuevo. Bien, estoy decidido a cumplir mi amenaza, por si se lo estaba preguntando. Pero sé que usted va a aceptar el pacto, no ha llegado tan lejos para tirarlo todo ahora, ¿y por qué? Sólo tiene que complacerme, sacrificarse, humillarse un poco. Serán unos cuatro meses. Déjeme que le cuente lo que falta ¿qué es lo más terrible que la obligaré a hacer? Me dejará desnudarla, acariciarla y besar su cuerpo, lo cierto es que deseé mucho hacerlo hace tres años. No la obligaré a nada más, ni iré más allá, ni siquiera quiero que finja que le gusta.

La sorpresa y la indignación iban parejas.

- ¿Qué? No puedo creer que toda esta locura la haya preparado para acostarse conmigo. Usted puede tener a cualquier modelo, actriz, a cualquier chica que le guste, seguro que a las puertas del estudio tendrá un grupo de admiradoras todos los días. Yo soy una mujer normal, tengo bastantes años más que usted. ¿Qué le interesa de mí?

- Lo que me interesa ya lo sabe. Me debe esta compensación. ¿Sabe que había imaginado exactamente como reaccionaría? Siento decirle que me excita demasiado verla así. Dezh, no quiero acostarme con usted, quiero humillarla, quiero que cuando la mire, observe como le repugna lo que la obligo a hacer y como se controla y se domina para hacerlo sin pronunciar una palabra.

-¿Tan claro tiene que voy a aceptar?

- Sí. Dezh. Ya ha aceptado. Usted es como yo, tiene un objetivo en la vida, un sueño, hace tres años lo percibí claramente. Su trabajo es todo para usted.

-¿Sabe Sr. Boollmon? Nunca me he ido de copas con mis jefes para conseguir nada, no he utilizado atajos. Yo no me he quitado la ropa para tener este puesto...

- Si usted fuera una trepa de ese tipo, ahora estaría despedida, pensando de qué le sonaba mi cara de cabrón. Vamos, no es usted tan puritana, como para que no pueda soportar mi pequeño y malvado plan. Le aseguro que en cuanto a sexo, solo llegaré a la superficie de su cuerpo, se lo juraré solemnemente si quiere, pero sabe que hablo en serio, y por supuesto usted no va a hacerme nada sexual, ni siquiera tocarme. Sé… que no tiene pareja.

Le miraba y miraba al suelo alternativamente, creo que pasó un rato o quizá fue solo un instante. El lo sabía perfectamente, sabía lo que pensaba, sabía cómo era yo. No sé cómo, pero él parecía conocerme de una forma desconcertante.

- Estoy seguro de que no va a llorar.

Le miré por primera vez tan furiosa como hacía tres años, cuando aquel chico se me acercó con timidez para decirme que le gustaría que fuera asistente suyo.

-¿Bien?

- Júreme que mantendrá lo que ha dicho, júreme que no cambiará de idea más tarde, que no me obligará a tocarle y que me dejará en paz cuando acabe la película.

- Se lo juro.

- Júreme que no afectará a mi trabajo, que no me hará hacer nada que pueda perjudicarme profesionalmente.

- Se lo juro.

Fue hacia mi bolso y lo vació en la cama.

- Usted no se ha acordado pero yo sí, siempre llevaba su grabadora en el bolso. No lo piense, yo lo hubiera borrado. Bueno. No quiero que usted pase todo el día nerviosa, esperando qué es lo que voy a hacer cuando vuelva, así que vamos a despejar sus dudas. Dese una ducha y venga con el albornoz a la cama.

                                     




Me resultó difícil de creer pero mi cuerpo se movió, mi cabeza daba vueltas, tanto que en algunos momentos pensé que perdía el sentido, pero mi cuerpo siguió moviéndose con pasos cortos y suaves, entré el baño. Era de un lujo extremo, había mucha luz. Vi una banqueta forrada con la piel de algún animal y me senté, bajé la cabeza y la sujeté con las manos, la sangre me golpeaba a intervalos, tenía que esforzarme para pensar, tenía que recordar qué cosas habíamos hablado, recordar cómo se había desarrollado esta situación. Yo estaba acostumbrada a leer y a memorizar guiones. Así me sentía, como si uno me hubiera atrapado dentro.


Pasaron unos minutos y empecé a tener la cabeza más clara. Oswald Boollmon había vuelto. Hacía tres años yo le había tratado como a una cucaracha. Él no era nadie y yo no iba a permitir que me quitara la posibilidad de trabajar con Illne. Yo había deseado tanto ser la asistente de Jeremy Illne aunque fuera sólo una vez, que el chico me puso fuera de mí, no me frené, le dije que yo sólo asistía a protagonistas, que él nunca llegaría a estar en ese grupo porque su capacidad de interpretación era nula, que debería marcharse a vender hamburguesas. No quise frenarme, él no era nadie, así no volvería a hablarme. Ahora parecía conocerme profundamente, pero entonces no advirtió que era sólo rabia, creyó que le hablaba en serio. Yo apenas me había fijado en su personaje, él interpretaba a un chico joven, un poco chulo, puede que fuera exacto a él, casi no me había fijado. Y todas las cosas horribles que le dije, las había grabado a fuego. Yo no le había vuelto a recordar. Me sentí mal por él, en un estado paralelo al que tenía, sentí que había sido de una crueldad feroz y gratuita con él, no sé si es lo peor que he hecho en mi vida, no podía recordar otra situación en la que hubiera sido tan malvada. No lo hice porque deseara hacerle daño, pero no me importó hacérselo, y eso era tan grave como haberlo hecho a propósito.


Oswald Boolmom había vuelto y quería una compensación. Y tenía derecho a pedirla. ¿Pero cómo iba yo a aceptar lo él quería? Todas aquellas locuras. ¿Aceptar? Ya había aceptado, estaba allí para ducharme, en algún momento tendría que levantarme de la banqueta y ducharme, porque él me había dicho que lo hiciera. ¿Qué pensaría hacerme? Solo quería tocarme, eso me había dicho ¿cómo iba a soportar eso un día y otro? Pero la alternativa no existía, Boollmon lo sabía, ¿coger mis cosas y marcharme? ¿Adónde? ¿A trabajar en qué? Llevaba diez años allí, no tenía amigos fuera de este círculo. No iba a irme. No había alternativa. El plan de Boollmon podía haber sido peor, aunque me resultaba repugnante, pero solo tendría que dejarle tocarme. Nadie lo sabría. Cuatro meses, o cinco meses, eso duraría, el tiempo podía pasar rápido. ¿Cómo iba a aceptarlo? No podía aceptarlo.


 Pasaron otros minutos y mi mente se quedó en blanco, eso me ayudó a descansar y relajarme un poco.  Me levanté, miré los productos que ponía el hotel y los que Oswald se había traído en su neceser, tomé un sobre de gel del hotel y me duché.




2/05/2023

 







                                            













LAS LUMINOSAS

                                                                 Para Regla




Sihmé era la segunda hija del Sol, la mirada cálida y los ojos dulces se estrechaban cuando sonreía, y Sihmé siempre sonreía, cogía su vestido blanco con las puntas de los dedos y daba vueltas, corría por los jardines, todo la divertía.


En el reino solar no existían las preocupaciones, nada era pesado o triste, nada era oscuro, nada era maligno. Siete eran las hijas del Sol, vivían en palacio de luz, y en la sala del trono, invadidas por esa luz que desprendían las paredes y los objetos de la sala, se adormecían en divanes colocados de una manera mágica. La luz se apoderaba poco a poco de sus mentes y atravesaba sus cuerpos volviéndolas luminosas también, la piel se les tornaba transparente y experimentaban sensaciones que nunca conocieron otros mortales. Esta ceremonia se realizaba los días dedicados al Sol, después las hijas se levantaban como en sueños, y marchaban adormiladas por el palacio, volviendo a sus habitaciones.

De todas sus hermanas, Sihmé adoraba a la Primera, mayor que ella un año, Sepbé era de movimientos lentos, hablar pausado, sus hermanas la buscaban para que les contara historias. Sepbé caminaba hasta el río que fluía dulcemente al pie del palacio, y allí se sentaban las seis alrededor de ella, o a veces una le cepillaba el pelo, y a hija mayor comenzaba con voz suave y sibilante uno de sus relatos, todos eran inventados por ella, pero Sepbé les decía que esas historias se la habían contado los extranjeros que una vez llegaron al reino Solar y de eso hacía mucho, mucho tiempo.


Después de cada uno de esos días dedicados al Sol, cuando Sepbé despertaba en su cama negra, toda su mente se encontraba llena de imágenes que se iban transformando en fragmentos de historias, que luego ella completaba. Para Sepbé, el acto de contarlos se convertía en un sacrificio, pues sentía desprenderse trozos de su carne cuando lo hacía, pero al mismo tiempo era algo necesario, así lo sentía.

En las últimas historias que había contado, Sepbé hablaba mucho de los hombres extranjeros, hablaba de sus costumbres y de sentimientos que no habían conocido las Luminosas. Sihmé escuchaba a su hermana, y veía, a veces, retazos de imágenes que bullían en la mente de la Primera, así contempló a uno de los extranjeros, bebía agua de un río, y se volvía para sonreír. No dijo nada a Sepbé pero no pudo olvidar aquel rostro.

Sepbé contaba así:

“Hace mucho, mucho tiempo, encontraron nuestro reino de la Luz unos hombres que venían de tierras extrañas. Llegaron después de un viaje de varios años y se sorprendieron tremendamente con nuestras costumbres ya que no habían visto nada igual en su viaje. Eran hombres guerreros, traían grandes espadas. Eso ocurrió antes de que llegara nuestra hermana, la Segunda, siendo yo muy joven, casi una niña. Los hombres se sentaban ante un gran fuego por las noches y contaban historias. Otra que recuerdo es esta. 

“Una expedición de hombres de su tierra había viajado tanto como ellos y llegaron a un país de un sol cegador, era muy difícil penetrar en la capital, pero ellos eran valerosos y lo consiguieron tras atravesar numerosos peligros. Por fin llegaron hasta el palacio real. Uno de aquellos hombres decidió tomar como esposa a una joven del reino, y la boda se celebró entre muchas lágrimas, el velo de la novia fue tejido por sus hermanas, y tantas lágrimas derramaron sobre él que tuvo que ser dejado todo el día al sol, y aún no estaba bien seco cuando la novia se vistió sus galas nupciales y se dirigió al templo.”

Sepbé se detuvo, sus hermanas la apremiaron para que siguiese, pero Sepbé que había palidecido ligeramente dijo que había olvidado como seguía. Pidió a la pequeña que le cepillase el pelo y comenzó un nuevo relato.

“Os contaré otro, vivían en una ciudad muy lejana y extraña a ésta dos muchachas de familias diferentes. El azar hizo que fueran a estudiar con el mismo maestro y pronto nació entre las dos un afecto tan grande que se consideraban como hermanas. Pero las familias se trasladaron a otras ciudades y las muchachas tuvieron que separarse y pasaron varios años. La mayor de ellas gustaba de escribir historias en papiros, tuvo una idea para intentar encontrar a su amiga. Escribió un relato de dos hermanas a las que sucedían grandes aventuras que las dos habían soñado en sus charlas. Pagó a varios rapsodas para que aprendieran el relato y lo repitieran de pueblo en pueblo, y así sucedió, se relató de lugar en lugar hasta que la amiga lo oyó en su ciudad y comprendió claramente que era su amiga su “hermana” que la llamaba y le daba detalles precisos de donde vivía. Viajó hasta la ciudad donde terminaba la historia y preguntó por una plaza con siete fuentes, allí estaba la casa de su amiga, una casa blanca con grandes ventanales de celosías. Las dos se abrazaron llenas de alegría y la mayor le confesó la argucia del relato, ella había sido destinada a casarse con un letrado real, y este joven tenía un hermano menor tan agraciado y de buen carácter como el mayor, estaba segura que si se conocían nacería el mismo afecto que había entre los prometidos. Y así sucedió, y se celebró la doble boda con el contento de las tres familias. Las dos amigas fueron a vivir a casas cercanas y nunca más se separaron”

La historia gustó mucho a las hermanas que no querían que los finales fueran tristes, y Sepbé siembre evitaba contar estas. Después las hermanas jugaron por los jardines del palacio y cansadas, se retiraron a sus habitaciones. Aquella noche Sihmé soñó con el rostro que había en uno de los relatos de su hermana y se preguntó a qué relato correspondería, y si Sepbé lo contaría pronto, aunque quizás ella no supiera que se refería a él, y con estos pensamientos se quedó dormida.

Sepbé no dormía, estaba asomada al balcón de su cuarto, tenía malos presagios. Ella vivía en el reino de la luz y allí todo era hermoso y alegre y quiso desechar esas ideas que afluían a su mente, y no pudo. ¿Acaso no recordaba ahora claramente que ella, Sepbé la Primera, sufría el castigo divino de la clarividencia? Hasta que no llegara otro día Luminoso Sepbé no recobraría la paz, pero esa paz ¿era verdadera? Entonces sintió un pánico insoportable y fue a despertar a su hermana Sihmé la Segunda.

El cuarto, rosa y blanco, se veía difuminado por la poca luz que entraba por el balcón, en la noche, Sihmé parecía flotar entre las sábanas suaves y despertó a medias, pero no malhumorada. Al ver el rostro de su hermana recobró la razón completa y se intranquilizó.

Sepbé comenzó a hablarle.

-Hoy mi mente está poblada de presentimientos malos sobre nosotras y nuestro reino, no puedo desechar estas ideas, y me temo que algo va a ocurrir.

Sihmé la miró sonriendo y le hizo una caricia.

-Hermana, nada malo sucede en el reino de la Luz, aquí todo es amable y feliz, no existe daño que pueda alcanzarnos.

Sepbé movió la cabeza negando.

-Eso es lo que sientes en los días dedicados a nuestro Padre, incluso yo olvido que sufro un castigo terrible, porque la luz sagrada nos llena de paz, y algunas veces no recuerdo bien a que se debe. Pero hoy lo he recordado todo y quiero contártelo, para que si las dos lo conocemos, podamos recordarlo siempre. Sé hermana, que puedes ver en mi mente jirones de imágenes, os dije que las historias que os cuento las había oído hace mucho tiempo, a veces ni yo misma sé si eso es cierto, pues me parece natural cuando lo digo, pero ahora sé que no es verdad, las historias son producto de imágenes que pueblan mi cerebro, y esas imágenes son visiones del futuro entremezcladas con fantasías, y nunca podría discernir cuáles son verdaderas o lo serán y cuáles no, ese es castigo que padezco, que se me impuso por amar a un hombre.

Sihmé abrió sus grandes y bellos ojos sin poder creer lo que contaba su hermana.

-Tenía quince años, aún era una niña y entre esos extranjeros que llegaron una vez aquí, viajaba uno tan hermoso como la luz que atraviesa nuestros cuerpos, no podía mirar a ninguna parte sin ver su cara y su pelo, sin oír su voz. El amor que infundió en mí fue el sentimiento mayor que jamás he sentido. Toma mis manos e intenta sentir lo que fue mi amor.

Sihmé la obedeció, pero cuando encontró las imágenes que su hermana forjaba para ella y notó en sus sentidos cuánto le intentaba contar Sepbé, dio un respingo hacia atrás y soltó las manos de Sepbé. Esta se encontraba tan ensimismada en los recuerdos que no lo notó.

-En aquella época yo comenzaba a ser una Luminosa, los sacerdotes me descubrieron, era impensable que ese sentimiento humano me hubiera alcanzado, el extranjero fue desterrado aquel mismo día, nunca supe qué fue de él, ni apenas le he recordado en este tiempo. En el siguiente día Luminoso el dolor y la angustia que me ahogaban desaparecieron, después sólo me sentía cansada, así me he sentido… tantos años...

Sihmé estaba pensativa, y alternativamente miraba a su hermana y al vacío con ojos de asombro. Tenía que creerla porque ella había visto las imágenes, había visto cosas y seres  que a estremecían, había visto seres que… pero todo resultaba absurdo en su mundo, no cabía, todo eso no podía pertenecer a su mundo, y sin embargo ¿por qué parecía todo tan cierto?

Sepbé se había calmado y recobraba su lasitud habitual, caminó con suaves pasos hacia la puerta y desde allí le sonrió a Sihmé.

-Lo que tenga que ser, será, eso no podemos modificarlo. Duerme tranquila, pero por favor, no olvides lo que te he dicho, hoy he descubierto que yo tampoco quiero olvidarlo.

Durante un tiempo siguieron las hermanas haciendo su vida como acostumbraban, vinieron días Luminosos, pero entre Sepbé y Sihmé, una simple mirada o un roce servía para atrapar los recuerdos añorados, y aunque no los tuvieran presentes, sabían que no los perderían ya.  


Sihmé tenía predilección por correr por los jardines, le gustaba sentir el viento en su cara, como si atravesara muchas sábanas blancas y húmedas, y llegaba corriendo hasta el río. Allí se detenía a descansar, y se mojaba los pies en la orilla. Un día se aproximaba al río y se detuvo al escuchar chapoteos en el lugar donde normalmente se sentaba. Cruzó la espesura que la separaba de la orilla del río y le vio. Era desde luego de otro lugar, sus ropas no se parecían a las que se usaban en la Región de la Luz, llevaba una larga espada como sólo las había visto en la mente de Sepbé. Estaba agachado, bebiendo agua del río, y su caballo entraba y salía del agua, algo más abajo. Incapaz de pronunciar una palabra, esperó sabiendo lo que iba a ver, y recordó las palabras de la Primera, Sepbé dijo que tendría que ser, y estaba siendo, el extranjero se volvió y al verla desplegó una gran sonrisa. Sin prisa ni precaución se puso en pie y avanzó hacia la Segunda. Esta reaccionó al fin e inició una loca carrera hacia el palacio sin detenerse ni volver la cabeza para ver la expresión risueña y los ojos brillantes de él.

El resto de los extranjeros llegó y se presentaron en palacio. Se les acogió como se tenía memoria que debía hacerse, con la hospitalidad de los pueblos míticos. Estuvieron un tiempo conociendo la región, la lengua. Y Sihmé conoció al capitán, aunque ya le conociera anteriormente. Pensaban quedarse sólo unas semanas pero la estancia se alargó mucho más. Cuando ya hacían los preparativos para marcharse ocurrió un imprevisto increíble, uno de los capitanes de la expedición, conocido por su sonrisa indeleble pidió la mano de la Segunda Luminosa, Sihmé y ésta aceptó. 


Sepbé obligó a los sacerdotes a aceptarlo, como Hermana Mayor, como la Primera, era la máxima autoridad en el país. Las tradiciones decían que el velo de la novia debía ser heredado o tejido por su familia, y como la familia de Sihmé eran sus hermanas, se escogió el más delicado lino y se comenzó la labor entre los lloros de las hermanas menores y la pasividad de la mayor, una pasividad teñida de pena. Alguna que otra mañana se encontraba el velo menguado, aunque nunca se descubrió quién lo deshacía, posiblemente era el deseo de todas las hermanas que la labor durara o más posible, y trabajaban lentamente aunque sin pararse. Y al fin llegó el día en que se acababa el velo nupcial, aquel día arreciaron los llantos sobre él, y cuando el último cabo estuvo tejido, estaba tan mojado como sacado del mar. Lo extendieron al sol, sobre una de las terrazas blancas, durante todo el día. Al caer la noche, Sihmé vistió sus galas de boda. Al ponerse el velo, éste aún estaba húmedo, cogió un extremo y lo lamió, lo retuvo en la boca, tenía el sabor amargo y salado de la pena, pero significaba la dicha, el futuro, de eso estaba segura y caminó con pasos seguros hasta el templo.

Sihmé se arrodilló ante el ara y depositó su diadema y sus pulseras doradas, era el acto final que terminaba con su existencia de Luminosa, dejaba de ser Sihmé la Segunda y se convertía en Sihmé la Extranjera. Un sacerdote realizó después el rito de la unión. La última imagen que vieron sus hermanas fue, como montada en el caballo de su marido, la Extranjera se volvió y les hizo un gesto de adiós, aún llevaba el velo, por lo que no se distinguían bien sus facciones, y los dos grupos partieron en direcciones direcciones diferentes.


En el siguiente día luminoso, Sepbé olvidó a su hermana Sihmé y olvidó absolutamente todo lo que había ocurrido en su pasado. Las Hermanas siguieron como antes, sin encontrar significado al diván vacío de la sala de la Luz, sin recuerdos y sin pena, pero volviéndose cada vez más apáticas, más cansadas, casi existiendo exclusivamente para el día de la Luz.


Cuando la Extranjera volvió a su país, la decadencia era una enfermedad extendida, para las personas y las cosas, todo se degradaba por instantes. Llegó junto a su antiguo palacio, y observó dolorida las resquebrajaduras de los muros, los escombros caídos por los jardines, éstos arrasados. Penetró hasta la sala de la Luz, los divanes con la seda desgastada seguían en igual disposición a como los recordara, aunque las paredes eran las únicas que se conservaban intactas. 

Las hermanas aparecieron, en la sala de Luz había una extranjera que llevaba una larga espada.

Sihmé intentó besarlas, pero ellas no la reconocieron, la miraban extrañadas, entonces empezó a gritarles.

-¡No podéis seguir aquí, el país está destruyéndose. Nuestro mundo se acaba!

Las Hermanas sonrieron. 

-Este es el reino de la Luz, aquí todos son felices, nunca pasará nada malo a sus habitantes.

-Todo eso es falso. La Luz os hace creer esas mentiras. La vida está fuera de aquí. Yo fui una Luminosa como vosotras pero amé a un hombre y me convertí en su esposa. Así conocí la felicidad y también el dolor cuando el murió en una batalla. La vida no tiene nada que ver con vuestra existencia, además el sueño se destruye, nuestro país se desmorona, debemos irnos cuanto antes.

Sin entender bien lo que oían las Hermanas la miraban con una mueca de cansancio, algunas se tumbaron en sus divanes.

Sihmé alzó la espada de su marido y arremetió contra las paredes cristalinas, con dolor y furia controlada destruyó los objetos que integraban la luz, el suelo quedó alfombrado de pequeños cristales de colorines. Ante este gesto reaccionaron las Luminosas, pero sólo las invadió el asombro y el temor de que se había cometido un crimen. Sihmé corrió hasta Sepbé y la zarandeó hasta asustarla. La tomó de la mano y a tirones la sacó fuera del palacio, las demás las siguieron.

-¡Hermana, soy Sihmé, tienes que recordarme! Mira estos jardines, ahora sólo son tierras devastadas, yo corría por aquí jugando. En ese río conocí a mi marido, vosotras tejisteis mi velo llorando, tenéis que recordarlo.

Sepbé se cubrió los ojos, miró entre las lágrimas a Sihmé y ésta pareció venir de lejos, como entre gasa, cada vez más definida, cada vez más conocida. Las dos hermanas se abrazaron, poco después todas se unían.

Sihmé no perdió tiempo, tenía que sacarlas de allí y pronto. Sepbé le dijo que ella no se marcharía, era demasiado tarde, le faltaban fuerzas para enfrentarse a nada. Sin hacer caso, Sihmé la obligó a andar, y durante dos días caminaron casi sin detenerse en dirección al mar. De pronto oyeron la explosión, aquel hubiera sido el siguiente día Luminoso, todas las Hermanas sintieron dentro de ellas como se destruía su templo y eso liberó a las menores, y no se asustaron siquiera con los temblores de la tierra, continuaron su marcha cada vez más deprisa, sólo Sepbé parecía estar completamente perdida. Al llegar al puerto las cinco menores se diseminaron entre la multitud que embarcaba desordenadamente. Sihmé y Sepbé consiguieron subir a uno de los barcos más grandes, y cuando se alejaban ya hacia el este, vieron como se abría una gigantesca falla, la tierra se hundió casi por completo, el barco fue bamboleado por olas terribles pero les acompañó la suerte llegaron hasta un puerto muy lejano y seguro. En su peregrinaje, las dos hermanas llegaron hasta un lugar llamado Cumas y allí se asentaron. No tardaron los habitantes en enterarse de las visiones de Sepbé e iban a consultarla. Comenzaron a llamarla en Cumas, Sepbilá por sus maneras hieráticas casi pétreas, de ahí su nombre derivó a Sibila.


A pesar del cariño y los ruegos de su hermana, Sepbé no conseguía llenar su vacío interior y acabó refugiándose en el templo. Sihmé se casó de nuevo con noble de la ciudad. Sepbé hubiera acabado sus días en el templo de no ser por un joven sacerdote con el que se fugó, aunque se dijo al pueblo que la Sibila se había convertido en una estatua de piedra y su espíritu había ascendido al Olimpo, fue adorada como semidiosa. Sólo Sihmé sonreía con malicia cuando pasaba cerca de la estatua de la Sibila. 







Hace muchos años que escribí este relato para Regla, estudiábamos empresariales y la vida se abría ante nosotras como una maravillosa aurora que prometía todo y más.

Aun hoy podemos tonarnos una cerveza y reír como en aquellos dias. Seguimos vivas.


12/29/2022

 


                                                        Orlando (fragmento)



5.

Orlando descansaba tumbado en la cama y mirando al techo. El paseo le había sentado muy bien, le había relajado estar afuera, había podido ver que el lugar era precioso y se perdía en la distancia sin verse los límites, tal como le habían dicho. 



Sonó un golpecito en la puerta y se abrió. Hesperia le traía la cena, fuera, el cielo comenzaba a tener tonalidades cenicientas, la chica encendió la luz y la ventana les reflejó.

-¿No tienes hambre?

-Empezaba a tener algo. Gracias.

-Mañana te llevaremos a conocer el castillo y comerás con todas nosotras, con las que están aquí. No estamos todas ahora.

-¿Están en alguna misión?

-Parte sí y otras están en sus otras vidas. No vivimos aquí entre trabajo y trabajo.

-¿Desapareces de tu vida para hacer estos trabajos?

-Más bien tengo una tapadera que puedo dejar para dedicarme a esto que me encanta.

-¿Y cual es tu tapadera?

-Más adelante te lo contaré. Cuando tenga más confianza.

-Genial. Yo debo ganarme tu confianza. ¿Llevas una doble vida, con familia y todo eso…?

-¡No! ¿Cómo iba a hacerlo? No es compatible con este trabajo. No, nosotras somos como los jedis, prohibidas las relaciones duraderas. Quizás eso explique un poco que le cobremos cariño a desconocidos.

-Eso iba a preguntarte, ¿cómo se puede tener afecto a alguien que no se conoce? Vosotras podéis ver mis entrevistas, mis películas… pero podría ser todo una fachada, yo podría ser un completo imbécil. Seguramente os he decepcionado, seguro que os parezco un cobarde.

-No ¿por qué?

-No he luchado, no he intentado escaparme.

-Eres listo. No lo habrías conseguido y lo has descartado. Has captado la situación. Has dudado muy poco de la información que te hemos dado.

-¿Y eso demuestra que soy listo?

-Sí. A pesar de que era inverosímil lo que te estaba ocurriendo, has tomado las decisiones correctas, esperar y encajar. Cualquier otra reacción hubiera sido torpe.

-Gracias, lo consideraré un halago. Dime una cosa ¿soy o no soy muy diferente a la imagen que tenías de mí?

-Es curioso pero no lo he pensado todavía. Aún no es posible que te comportes tal como eres, no es como si nos hubiera presentado un amigo en una fiesta. Pero pensándolo, te diré que por ahora, no hay nada que me haya extrañado o decepcionado. Y tampoco a las chicas por lo que han dicho.

Hesperia comenzó a andar hacia la puerta.

-No te vayas.

Ella se paró y se volvió a mirarle. Orlando tenía un gesto serio.

-Ese afecto que me habéis cobrado siguiendo mi carrera, esa predilección por mí ¿qué es exactamente?¿incluye también el deseo?

-¿El deseo?

-Quiero saber hasta dónde queréis llegar. Me habéis secuestrado, habéis vuelto mi vida del revés, iba a casarme dentro de quince días, y me habéis traído aquí, en mitad de la nada, narcotizado. Cuando pienso en todo eso, siento una gran ira recorriendo mi cuerpo. De verdad. Siento un gran enfado por la impotencia frente a esta situación. Sé que os habéis mostrado amables, quizá también eso me cabrea. Y esa ira… me… hace tener unas sensaciones muy fuertes y contradictorias.

Y no sé por qué maldita cosa, pero esa ira me excita. Quiero saber ya que me encuentro aquí, impotente en esta situación, si puedo empezar a desahogar esta ira contigo.

Hesperia le miraba sorprendida. Orlando caminó y se quedó junto a ella. 

- …perdona… yo… no me imaginaba… no esperaba…  que te sentías… así…

-Joder, te he hecho balbucear. Juraría que no te pasaba desde hace años. Sabíais que me gustan las emociones fuertes, lo que quizás no sepáis es que la adrenalina me provoca otros efectos colaterales. 

-Ah…

-¿Sabes qué es lo que me gustaría hacer ahora?

-No… 

-Me gustaría inclinarte sobre la cama y penetrarte a empellones hasta que no me queden fuerzas.

Hubo un momento de silencio.

-En fin, por tu forma de mirarme, supongo que nunca habrías imaginado que iba a decirte eso.

-Lamento… que…  espero… que… nos podrás perdonar…

Ella fue a moverse, pero Orlando la sujetó por los brazos.

-Espera. Lo que te dicho ha sido muy grosero. Algunas veces soy así, un salvaje lascivo y soez, eso supongo que no lo sabías. No soy ningún caballero inglés y menos con en situaciones estresantes. Pero me gustaría saberlo ¿realmente, como admiradora me deseas? ¿Has imaginado alguna vez cómo sería? ¿Cómo te tocaría?

Ella volvió a hacer un amago de volverse y él la sujetó aún más fuerte. Le pasó un brazo por detrás y la mantuvo sujeta por la cintura. La otra mano fue al pantalón, y consiguió introducirse dentro, bajó recorriendo su vientre, sintiendo que ella estaba muy tensa, pero no había un claro rechazo tampoco. Empezó a tocarla y esta vez él fue el sorprendido.

-¡Vaya! Te ha gustado imaginártelo. Fíjate. Nos parecemos Hesperia, la adrenalina tiene sobre ti el mismo efecto.

Hesperia reaccionó por fin.

-¡Ya está bien! –le tiró con brusquedad del brazo y lo sacó de su pantalón. Estaba respirando agitada. Quería recuperar el control, ¿Qué había pasado? ¿Cómo había dejado que la situación se le escapara? Empezó a caminar hacia atrás, hacia la puerta. Movió el picaporte mientras lo miraba. Orlando desvió su mirada hacia el ventanal.

-Lo siento, discúlpame. Ha sido un desahogo. Después de todo lo que ha sucedido hoy, entenderás que estoy fuera de mis casillas.

Hesperia abrió la puerta y le contestó saliendo.

-No, yo lo siento. Te comprendo… comprendo como te sientes.


Transcurrieron unos diez minutos y la puerta volvió a abrirse.

-No estoy acostumbrada a quedarme sin palabras. Me bloquée… necesitaba unos minutos para reaccionar, no me lo esperaba. Esto sí que no lo esperaba.

Me has preguntado si se incluye el deseo en la inclinación por alguien famoso que admiras. En tu caso, existe, por supuesto. Me atrevería a decir que todas nosotras lo sentimos. No esperaba esa reacción y me has cogido a contrapié, me has desconcertado. Aunque… has podido comprobar que no me has resultado desagradable a pesar de tu rudeza. 

Bueno Orlando, aquí estoy. He apagado las cámaras. Si necesitas descargar tu ira, si aún deseas hacerlo, puedes descargarla conmigo, yo estoy dispuesta a recibirla.

Orlando se acercó a ella de nuevo.

-Ahora soy yo quien se ha quedado sin palabras. –la sujetó y empezó a morderle en el cuello- Las cámaras… has ido a apagar las cámaras… ¿las otras nos estaban viendo?

-Espero que no, creo… que están cenando. Cuando vuelva… borraré nuestra  conversación. 

Siguió recorriendo su cuello, a medias entre la suavidad de rozarla con los labios y a veces apretándola más, incluso ella notó sus dientes en algunos momentos, mientras le musitaba al oído palabras y trozos de frases.

-Me estabais vigilando… espero que no tengáis… cámaras en el baño.

-No, -jadeó una risa- no somos tan retorcidas, sólo tenemos un sensor de calor. –La respiración de Hesperia comenzaba a agitarse de nuevo- Sólo para saber si estás allí… nada más.

-Así… que has apagado las cámaras… ¿Cuándo… has decidido… aceptar?

-No estoy segura… quizás cuando cerré la puerta… no… lo recuerdo…