9/29/2022

 


                                                            Orlando (fragmento)

Lalaith avanzaba deprisa y el grupo la seguía, Orlando empezaba a estar impaciente por descubrir qué nueva sorpresa le esperaba, por fin ella alcanzó el final de la escalera y de nuevo otro pasillo. En ese momento, Orlando no tenía la más remota idea de en qué lugar de las tripas del castillo estaba, ni cómo llegar allí, pero sería el único, Lalaith no había dudado ni un segundo. Siguió internándose alumbrándose únicamente con la lámpara de aceite, llegó al final del pasillo y abrió otra gran puerta de madera. De ninguna manera estaba preparado para lo que iba a ver, después de los pasadizos secretos, mazmorras medievales auténticas y un torreón reconstruido casi a la perfección, azotados por la lluvia y el viento, bajo los rayos y los truenos, mojados y helados, de pronto, tras la puerta, un remanso de paz, un lugar vasto donde se percibía mucho calor y en el centro, un cuadrado de al menos 15 metros de lado, calculó, donde increíblemente, había agua y parecía caliente.

La -¿Increíble? No, tenemos una terma. Hay un manantial de agua caliente cerca, Lunkel ideó un sistema para que el agua fluyera constantemente dentro y desagua por otro conducto hacia la salida del manantial. Así nuestra piscina se mantiene caliente siempre y limpia. Tócala.

Orlando estaba maravillado, le daba un poco de vergüenza confesar que estaba tan congelado como las demás y desde luego sumergirse en aquel agua era lo más apetecible que pudiera pensar.

Lalaith trajo toallas de un armario para todos.

La -Reaccionad de una vez. Apagaremos las lámparas, no hay luz natural aquí, así que estaremos completamente a oscuras, nos quitamos la ropa y nos tiramos al agua, hay espacio más que suficiente para todos. recordad donde dejáis vuestra ropa y el que se harte se puede salir y secarse. Orlando, la sensación de estar sumergido en agua caliente y no ver nada, también es muy fuerte pero sé que te va a gustar.

O -Por mí está bien. Me parece buena idea.

A -¿A qué estamos esperando?

R -A la de tres soplamos todas las lámparas ¿Ok?


Cogieron las toallas y se distribuyeron alrededor de la piscina, las dejaron cerca del borde donde podrían encontrarlas fácilmente. A la de tres soplaron todos y las luces se extinguieron con un corto temblor. Orlando escuchó sonidos de cremalleras, chasquidos de jerséis que se despegaban del cuerpo y no esperó a oír nada más, estaba deseando meterse allí, se quitó los zapatos, los calcetines, los pantalones y el resto en un minuto. Tocó el bordillo con la mano para asegurarse de donde estaba y se sentó. Despacio estiró un pie para ver a qué temperatura estaba el agua, éste se recubrió de un fluido algo más caliente que su sangre. Ya sin miedo empezó a meter el resto de su cuerpo y a notar una sensación de placer nuevo que le subía a oleadas. Se sumergió completamente. Desnudo como estaba, bajo el agua, parecía sentir una caricia que se extendía por toda su piel, el calor le reanimaba cada miembro, cada músculo. Sabía que había cabinas en algunos spas que simulaban estar en el vientre materno, pero también sabía que eran pequeñas, no podrían compararse en absoluto con lo que él estaba sintiendo, al poco se deslizaba por el agua con toda libertad y la desorientación le provocaba un leve aturdimiento que aumentaba el relax. 

De pronto notó otra piel que le pasó rozando y en ese momento fue consciente de que no estaba solo, que las chicas desnudas compartían a oscuras la terma con él, no había pensado en eso, concentrado como estaba en sus propias sensaciones. Nadie hablaba, pensó que estarían igual que él deleitándose y entrando en calor, de nuevo sintió que le rozaban, esta vez parecía una pierna que al nadar había pasado al lado suyo. Algo después volvió a notar una presencia detrás, unas manos le tocaron la espalda, los brazos y siguieron deslizándose cercándolo y después acariciándole el pecho. Pensó que Amelie le había encontrado, se giró para buscar sus labios en la oscuridad, tocó su pelo mojado, sus hombros y la sujetó mientras su boca no tenía dificultad en aprisionar la de ella y sin ningún ruido morderla a gusto, con su mano derecha buscó sus senos para acariciarlos y besarlos cuando cortó el movimiento en seco. Los pechos de Amelie habían aumentado y no tenían la misma forma, en ese instante estuvo seguro de que no era ella, retiró la mano que aún recubría a uno de ellos un tanto azorado, pero la propietaria la encontró y la llevó de nuevo al mismo lugar mientras dirigía con la suya una caricia para sí misma con la mano de Orlando. No duró demasiado, ella pegó su cuerpo cuanto pudo al de él y le besó antes de alejarse nadando.

Aún estaba algo confuso cuando empezó a notar que alguien se acercaba de nuevo desde otra dirección, en una situación parecida a la de antes, una de las chicas llegó hasta él y le tocó comprobando que era Orlando. En un tono casi inaudible éste le dijo:

-¿Amelie?

Escuchó una ligera risa mitigada, prácticamente ahogada, y la boca de ella fue a su pecho y lo recorrió con los labios, bajando hasta el agua, entre el borboteo de su respiración al soltar el aire escuchó la respuesta que pretendía, igualmente susurrada.

-No

Notó la boca de ella bajo el agua como seguía recorriendo centímetros de su piel hacia abajo y se descubrió paladeando aquella situación extraña. Sabía que Ulises no había llegado ni siquiera a ver a las sirenas, pero la situación le recordó a él por algún motivo, se veía a sí mismo como un Ulises sumergido en medio del mediterráneo cercado por aquellas criaturas que le deseaban. Las sirenas de Ulises tenían hambre y las sirenas de Orlando también. Mucha hambre. Su obligación debería ser satisfacerlas y esa idea le gustaba. Doce, como los trabajos de Hércules, doce sirenas, doce diosas para él.


9/23/2022

                                         




                                                    Orlando (fragmento)

7.-Háblame en élfico.

Cuando Hesperia entró a media tarde, encontró a Orlando en la misma postura del día anterior, estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, miraba por los ventanales cómo el sol iba bajando poco a poco y la claridad iba disminuyendo. Ella dejó la bandeja con el té y los pastelillos en la mesa. Orlando la miró con una sonrisa.

-Ven aquí. Dejemos que se enfríe un poco.

Obedeció y llegó hasta la cama, se descalzó y se sentó encima de él, a horcajadas, Orlando la atrajo más hacia sí mientras se sentaba y empezó a besarla.

-Has tardado demasiado.

-Me encanta esa percepción del tiempo. 

La mujer deslizó los dedos por entre el cabello ensortijado y oscuro, después de darle un largo beso, le sujetó del pelo para impedirle besarla de nuevo aunque sus bocas se mantenían apenas separadas.

-Nada de lo que hagas, va a librarte de leer la ira del Pelida Aquiles, el de los pies ligeros. 

-No pienso resistirme.

Hesperia le fue desabrochando los botones de la camisa, despacio y la abrió, le acarició el pecho con las yemas de los dedos, dulce y lentamente.

-Tienes una piel deliciosa, tan suave. Me encanta que apenas tengas vello.

-Pues eso me tenía bastante acomplejado hace años.

-La adolescencia es dolorosa pero necesaria ¿verdad?

cogió su brazo derecho y le miró con gran interés el tatuaje en la cara interna. Luego lo recorrió también con la yema del dedo una y otra vez.

-Me haces cosquillas.

-No sabes cómo he deseado besar estos tatuajes. –acompañó el gesto a la frase y comenzó a lamerlo –Nueve, ¿sabes cómo se pronuncia en élfico?

-Sí, lo busqué. Néter.

-Suena bien. ¿Por qué no me hablas en élfico? Me gustaría escucharte ¿No recuerdas algunas frases del guión?

-¡Uff! Hace tiempo de eso…, pero déjame recordar…

Hesperia se alzó un poco y tiró de él hacia abajo para que se quedara tumbado sobre las almohadas. Volvió a lamerle el número élfico pasando la punta de la lengua, apenas rozando por las líneas que lo formaban.

-Me acuerdo de algo, en “La dos Torres”, se lo decía a Aragorn, espero pronunciarlo correctamente… hace mucho tiempo. No seas demasiado exigente ¿de acuerdo?

         “Le ab–dollen.” y él me respondía “Hannon le”, ah he recordado otra, escucha “Aragorn, nedin dagor hen ú-´erir ortheri. Natha daged dhaer”

-Me trae muy buenos recuerdos, un poco más por favor. 

Hesperia volvió a su pecho, siguió besándole y acariciándole con los labios mientras lo notaba coger aire para darle más énfasis a las frases.

-¡Ah! Esto te va a sonar, seguro que lo recuerdas. Como fue al principio, lo grabaron tantas veces que todos nos lo sabíamos… “I amar prestar aen”   “Han mathon nen nen”     “Han mathon ne chae”   “A han noston ned’wilith”

- “El mundo ha cambiado… , lo siento en el agua…, lo siento en el aire… " Es tan bonito…, es difícil que hubiera podido encontrarse un comienzo mejor que ése.

-“Lasto beth nîn, tolo dan na ngalad” ¿A qué no sabes qué significaba ésta?

-Sigue hablando y déjame seguir con lo que tengo entre manos.

-Está bien –un amago de risa acabó en un jadeo-. Se lo decía Arwen a Frodo… cuando le había herido el espectro… Decía: “Oye mi voz, vuelve a la luz”

-No. No volveré a la luz.

Orlando ya no pudo volver a concentrarse en las frases, ella le estaba lamiendo el sol, notaba las cosquillas alrededor de su tatuaje tan intensas que casi no podía resistirlas, y justo en ese extremo, notaba cómo se volvían ráfagas eléctricas que su miembro acusaba, ella le estaba encendiendo más deprisa de lo que quería. Hesperia empezó a pasarle la lengua por la línea de carne al borde el pantalón del pijama, de su pecho comenzó a brotar un murmullo de placer que acabó convirtiéndose en un rugido gutural muy fuerte. Hesperia alzó la cabeza y le miró con ojos divertidos.

-Has rugido.-le dijo riendo- Creo que he descubierto una de tus principales zonas erógenas. 

9/18/2022



                                                                Lunkel y el prototipo (Orlando fragmento)

        Fue hacia un armario y sacó una cajita, la abrió. Envuelto en papel de seda azul, había algo que no consiguió adivinar, era algo pequeño hecho de tejido claro, semitransparente, fino y ligero, parecía haber bastantes iguales, Lu cogió uno y se lo enseñó.      
         -Es uno de mis últimos prototipos, está basado en ecuaciones no lineales, ¿sabes? la Teoría del Caos. Un paso más allá de los fractales. Habrás visto Parque Jurásico ¿no? El doctor Malcom lo explicaba muy bien cuando llegan a la isla.          
        Orlando hizo el mismo gesto que Laura Dern en la película, pasó la palma de su mano sobre la cabeza mientras silbaba un “Fiuuuu”         
        -Sí, recuerdo la película pero no tengo la menor idea de qué son las ecuaciones no lineales ni los fractales.     
        -Ok, a ver. Los fractales son representaciones de ecuaciones no lineales, claro que si toman las incógnitas de una progresión ordenada de números pueden tener una apariencia previsible. En este caso las incógnitas son exactamente incógnitas así que los resultados son totalmente aleatorios, basados en la imprevisibilidad en sistemas complejos. ¡Es puro azar, con mayúsculas! He puesto una batería de nanotecnología de última generación, recargable con la temperatura corporal, por calor, ni siquiera necesita luz, emite corrientes en un voltaje bajo, los resultados a las distintas ecuaciones determinan la duración, intensidad, longitud y recorrido de las corrientes. Y a veces pueden duplicarse en otra zona o comenzar una corriente antes de que termine la anterior. No más de dos porque sería demasiado. Toman las bases de las variaciones mínimas en nanogrados de la temperatura, sentido del movimiento, grado de humedad, velocidad de fricción, cosas así, con sensores indetectables. En cinco millones de corrientes, no creo que se aprecien dos iguales. –los ojos emitían chispas al hablar de su invento- Es una maravilla, y no puedes encontrar ni con los dedos donde está la batería, los ingenieros lograron una textura del tejido asombrosa, polímeros empleados en trajes de astronautas, pero es aún más suave que la seda, y por supuesto, totalmente impermeable, claro. Tiene la elasticidad y compresión exactas, vuelve a su estado una vez que se deja de ejercer presión, reparte la tensión por igual en todas las fibras, no se deformará ni aunque lo utilices mil veces, claro que habrá que lavarlo después de cada uso, lo cual es poco asquerosillo, pero bueno, el tejido se limpia muy fácil con jabon neutro. No lleva latex, es totalmente hipoalergénico. Y se adapta con tanta precisión que no se mueve un milímetro, ni se enrolla, un defecto de los otros que no han conseguido solucionar, bueno, la verdad es que el campo me permitía innovar muchísimo, y los medios con los que cuento, es cierto, son inalcanzables para estas empresas, pero ¿quién sabe? Puede que en algunos años estén a la venta, donaré la patente por supuesto... ¿No te parece asombroso?          

        -Ahhhh … -los ojos de Orlando estaban abiertos de par en par, lo que le parecía asombroso era que hubiera acabado aquel diluvio de datos científicos y que Lunkel se mantuviera callada unos segundos.
        -Sí… ciertamente… ¿y qué es? 
        -¿Qué es? ¡Pues un preservativo! 

         Por un tiempo que a él le pareció bastante largo y que le hacía sentir como un ignorante paleto, estuvo procesando lo que recordaba de la descripción e intentando asimilarla. De pronto sus ojos se abrieron. 
        -¿Corrientes eléctricas? ¿Un preservativo que da descargas eléctricas? 
         -Bueno, descargas no, algo más suave, como un cosquilleo. -Lunkel rió- No hay posibilidad de electrocución. 
        -Porque la temperatura, la humedad y la fricción aumentarán y las ecuaciones esas igual se disparan y… ¿estás segura que la batería no podría explotar? 
         -Habrá que probarlo para asegurarse. -Lunkel siguió riendo divertida. Se alejó hacia un mueble y accionó un equipo de música que inundó su habitación de la alegría y el ritmo de One Love.
        -Nunca hago el amor sin Bob Marley.

7/06/2012

La Espera





            Estoy envuelta por ella, me rodea, llena toda esta gruta, traspasa los objetos y hasta a mí misma, me penetra, mi carne se ha agrietado para que pase la espera. Ha modificado mi cerebro para que no piense, ella no quiere que piense, mi mente ya no se ocupa de buscar salidas, de pensar estrategias, las ideas se han apagado en mi cerebro. Mi organismo le ordena que mueva mi cuerpo para las funciones básicas que necesito para sobrevivir y nada más.

            Sobrevivir es una palabra mal elegida, sí, mal elegida, pero no se me ocurre otra, ni siquiera quiero pensar en elegir palabras, en cuáles son más acertadas o no, sólo dejo que pasen por ahí, por detrás de mis ojos, que se formen ellas solas, no quiero expresar nada, no quiero pensar en que estoy contando mi historia, no, sólo es un acto más de esperar el formar frases, sólo estoy esperando, no hago nada más…
La espera, la espera me envuelve, me ha concedido la calma por fin. No tengo por qué recordar nada, ahí se ha hecho el vacío hace tiempo, la memoria se ha secado como un charco al sol. El vacío de mi memoria y de mi mente se ha llevado el miedo, la desesperación, la agonía, y eso es lo único que quiero, que se hayan apartado de mí hasta el final. No quiero sentir miedo, no, no quiero sentir el miedo de cuando llegué aquí, el miedo que me paralizaba, que me convertía en una estatua de piedra, con las manos como garfios, aferradas a la pared y sólo el sudor moviéndose helado por la espalda, por los brazos, la vista agigantada, los ojos desmesuradamente abiertos, contemplando sin poder apartar la vista, sin poder cerrarlos, sin poder moverme.
Ese miedo desapareció hace tiempo, tampoco sé cuanto, aquí dentro no se distinguen los días, no hay luz, no hay noche. Este aislamiento ha acentuado a mi amiga, la ha convertido en reina, ella desbancó a todos los otros sentimientos que tuve o que pude haber sentido. Libraron una batalla, al principio ganaban el miedo y el dolor, después, por un breve período, la esperanza, entonces fue cuando mi mente trabajó por última vez, ideando planes estúpidos para poner fin de una manera u otra a este destino, y por fin llegó ella, mi aliada, librándome del peso insoportable de tener esperanzas, se compadeció, ha tenido misericordia conmigo, así que ahora ella y yo estamos solas aquí.
Bueno, no exactamente solas, existe él, pero ahora ya no le veo, no le miro, aunque esté siempre ahí, la gruta es grande pero no tanto que podamos perdernos de vista.

Esperar, esperar, no tengo prisa, no tengo miedo, espero con tranquilidad, espero, nada más. No quiero que llegue el final ni que no llegue en este segundo, se han unido mis deseos contrapuestos, quiero que el tiempo se detenga y avance a la vez, necesito todo pero no necesito nada. No importa, estoy en un limbo cálido, con el olor cálido del azufre, así parece un sueño todo lo hay aquí, incluso él parece irreal. Puedo pensar que él forma parte un sueño extraño, un sueño de mitad de la noche, de los que uno nunca recuerda, eso es, uno de esos sueños invisibles, que son como si nunca hubieran existido, en esta luz azul, todo lo que pasa es un sueño olvidado y perdido para siempre.

Espero, me he convertido en una piedra milenaria, no sé que sentirán las piedras, ellas que han estado observando desde el principio, ¿pensarán algo?, ¿Querrían haber participado en la vida? Creo que no, creo que están bien así, han alcanzado la plenitud, seguramente no sienten ni desean nada, exactamente igual que yo. Soy eso, una piedra a la que el tiempo acaricia lentamente, quizá no estoy esperando sino que el tiempo se ha detenido, se ha detenido de una manera distinta, es como una tregua, un tiempo fuera del tiempo, en este lugar fuera de todos los lugares, fuera de la vida real.
Es una idea bonita pero yo sé que no es cierto, no hay nada detenido, sólo que aún no ha llegado el momento. No sé como habrá sido las otras veces. Puede que sea algo muy rápido, que pasaría en segundos, apenas me daría cuenta de lo que estaba sucediendo, que el dolor sea intenso pero breve, no sé exactamente qué dolor. Puede que escuche como últimos ruidos mis huesos rompiéndose, o quizá llegue la nada y la oscuridad tras un instante.
No tengo miedo al final ni a él, ahora le doy la espalda, no escucho sus pasos, ni mi piel se queda tensa esperando el contacto que estoy esperando, para el que estoy aquí.
Durante otro período de tiempo él me provocaba una viva curiosidad. Me acercaba y me ponía delante de sus ojos, viendo mi reflejo, intentaba encontrar una explicación, pero sus ojos solo me devolvían mi imagen vidriosa como un espejo centenario. No parece pensar en nada, él también espera sin nunca haber dado un atisbo de respuesta a por qué o a cuánto más. Y su espera provoca la mía, realmente mi espera no existe, ahora yo solo vivo la vida de él, ya no existo, desde que entré aquí mi historia se terminó, desde entonces sólo soy una parte de su historia, me temo que una parte minúscula e insignificante.

Dentro de su espera, espero yo, dentro de su historia, mi pequeña historia, mi no-historia, no hay nada por lo que pueda decir que aún vivo, que soy una persona, nada me queda de mi condición de ser humano salvo esta amiga que me ha librado de mis horrores, y a la que me entrego como a un amante. Sólo temo una cosa, que se prolongue este estado de extraña placidez tanto que venga otro a sustituirlo, como antes ha pasado, ¿podré soportar otro? ¿Qué me invadirá ahora? ¿La locura? Puede que no haya nada más. Dentro de una enajenación total creo que no tendré miedo, no estaré esperando el dolor, quizá el dolor no llegue a mi cerebro. La locura debe cortar los mensajes que llegan al cerebro, pero ¿sabré que es dolor? ¿Sabré que es mi dolor, el de mi carne? ¿Será insoportable?
Quizá nunca llegue ese otro estado. Sólo quiero esperar y no sentir, debería haberse anulado ya también la capacidad de pensar, de formar estas frases que pasan por detrás de mis ojos, que aún son coherentes, eso me dice que aún queda un recuerdo de la persona que fui, muy leve, difuminado, pero queda algo. Es posible que una persona no pueda borrarse, no pueda diluirse en la nada solamente con su voluntad, y esto es lo que yo estoy intentando, no ser nada más que un trozo de carne esperando el momento de ser útil.
Me he vuelto a mirarle. ¿Cuánto más? ¿A qué estamos esperando? ¿Aún no tienes hambre?¿Cuánto te duran tus ofrendas? Yo necesito comer a cada rato, me acerco a las que caen del pozo y como. Come ya tú también, come de una maldita vez.
No. No debo pensar de esta manera, tengo que estar en calma, ya viene amiga de nuevo a hacerme compañía. Relaja mis músculos, cierra mis párpados y me hace dormir, mi respiración se vuelve de nuevo pausada, mis manos pierden la crispación y el sudor cesa. En el suelo de la gruta miro hacia la pared milenaria, nada ha cambiado, esperaremos más, esperaremos todo.


Abro los ojos y me doy la vuelta, él se ha acercado y me observa con esos ojos vidriosos, de sus fosas nasales suben hilachas de un azul, abre la boca enorme y me enseña los colmillos blancuzcos, se mueve con soltura, hay en él una belleza extraña y diferente, él sí es realmente salvaje y fuerte, ha sobrevivido a muchos más tiempos que los hombres, su existencia es mil veces más importante que la mía, que la nuestra incluso. El debe alimentarse y siento que va a alimentarse ahora. Ha acercado su hocico y me envuelve en el humo azul de su nariz, me observo y parezco una figura fantasmagórica, el humo azul me hace dar vueltas o sólo las da mi cabeza, los sentidos han dejado de percibir. ¿Así es como va a ser? ¿De veras la espera ha terminado? El sigue mirándome, mi cuerpo está cayendo lentamente al suelo, primero de rodillas, luego de costado. Alzo la mano para tocarle, de pronto he tenido la urgencia de tocar al ser que voy a hacer vivir un año más, la piel del dragón está fría y húmeda pero no es desagradable, me trae un recuerdo del frescor de los campos, de los ríos, sus dientes son hermosos, largos... blancos... fríos. El espera un poco más, mis párpados han caído también, todo cae ya aquí dentro... todo se va cerrando y se queda a oscuras.
Es cierto que oigo crujir mis huesos... pero está sucediendo... muy lejos.


7/05/2012

Locura Transitoria




            Mi abogado me ha aconsejado que alegue “Locura Transitoria”. Si tengo una buena actuación durante el juicio es posible que ni siquiera llegue a pisar la cárcel, estilo americano: lágrimas, cara de desesperación, aparecer enajenado, suplicar el perdón. Si lo hago bien, es posible que me internen en un centro de mejora del coco, él dice que ha funcionado en casos parecidos al mío y que… bien pensado, me dice, es como unas vacaciones largas en un balneario. Puede ser cierto, calma, serenidad, al fin y al cabo es lo que he perseguido siempre… el silencio.
            Después de ese tiempo largo, volver a la vida normal, como antes, es posible que pueda olvidarlo por completo, el tiempo desfigura los hechos, quizás también para los demás fuera un recuerdo difuminado y lejano. Yo podría seguir con mi vida como si hubiera sido un mal sueño, un espejismo, una película de terror.

            La idea es excelente pero no es factible en ningún modo. Ahora mis facciones denotan bienestar, paz interior, mis miembros están relajados, hasta mi caminar y mi habla se han vuelto pausados y dulces. Todo me parece hermoso de nuevo, he vuelto a mirar a los niños con ternura.
            El juez no me escucharía ni cinco minutos, imposible fingir ese estado de perturbación, de pena… la versión de mi abogado no aguantaría, ¿mostrarme arrepentido, deshecho? No tengo la más mínima oportunidad, cuando el juez me pregunte, que lo hará, acerca de mis sentimientos hacia los hechos, sé que mi cara no podrá contenerse y romperé a reír hasta que me duelan los costados, y cuando mi cuerpo deje de doblarse por los espasmos de la risa y sea capaz de pronunciar algunas palabras, creo que lo único que alcanzaría a decir entre las carcajadas sería algo así:
            -Con la venia, Señoría, ¿Qué siento acerca de lo que pasó? ¿Cuál es mi percepción de lo sucedido? Pues… francamente… perdone que no pueda parar de reír… nunca me había sentido tan bien, mi vida cobró sentido el día que asesiné a esa familia del piso de al lado que hacía tanto ruido. 

7/03/2012

Habana Club de 7







Como decía Billy Kwan en El Año que Vivimos Peligrosamente: "El hambre es un poderoso afrodisíaco"






  -¿Me llevarás contigo papi? Por favor, me portaré muy bien contigo, todos los días. Te daré cariñito del rico papi, anda di que sí.

     -¿Qué…?
     El hombre se removió en la cama, la sábana acabó por deslizarse hasta el suelo después de haber estado en equilibrio durante un buen rato. El hombre la miró con los ojos enrojecidos, cabeceó.
     -¿Esta es tu casa?
     -Sí.
     -¿Aquí vinimos ayer? ¿Dónde está Carlos? El… el amigo que venía conmigo. La cabeza me va a explotar, ¿Tienes una aspirina?
     -No, pero te voy a la farmacia de los dólares, yo me voy a portar muy bien contigo, dame algo y vuelvo corriendo.
     -Déjalo ¿Hay un baño aquí?

     La chica señaló con el dedo una puerta y el hombre se fue hacia allá. Un poco oscilando al andar y tapándose a medias los ojos con una mano. La chica lo oyó vomitar un buen rato. Después sonó el agua del lavabo, una y otra vez, se estaba echando agua a conciencia. La chica esperó todo el tiempo sentada en la cama. La habitación estaba pintada de azul, desvaído después de muchos años sin dar una nueva mano de pintura, y con grandes manchas grotescas de humedad. La cara de ella tenía una expresión expectante aunque no demasiado. El salió por fin y la miró, ella se acercó.

     -Dime papito, ¿Te voy a la farmacia de los dólares?¿Te duele la cabeza de los mojitos? Tú no estás acostumbrado a tomar, ¿A que no?
     -No, no mucho. Déjalo, no vayas. Me voy ahora mismo al hotel. Carlos… espero que Carlos haya sido discreto, me he perdido el comienzo de la convención. Tengo que irme.
     -Nos vemos esta noche, mamita no te va a dejar beber tanto, para que papito no se ponga enfermo por la mañana.
     -No. Hoy… va a ser imposible. Tenemos cena en la convención.
     -Después de la cena, voy a buscarte al hotel.
     -No, no puedo irme, tenemos que estar allí, hay una fiesta, todo muy aburrido pero no puedo irme.
     -Bueno papito, te esperaré, cuando acabe la fiesta, te llevaré a pasear, a sentir el fresco de la playa.
     -De verdad, no, no puede ser. Yo te llamaré, déjame un teléfono.

     El hombre miraba a la chica. Era una mulata bastante guapa, un poco bajita.
     -¿Qué edad tienes?
     -Dieciocho.
     Empezó a vestirse, y de pronto comenzó a buscar desesperadamente en la cama, en la mesilla, debajo de la cama.
     -¿Qué se te ha perdido papito?
     -¿Dónde está el maldito condón?
  -¿Condón? Anoche no querías ponértelo, te lo pregunté pero tu no querías.
     -¿Qué?¡No!¡Eso no es posible! No puede ser. ¡Mierda! –se giró hacia la pared y le pegó un puñetazo –No es posible ¡Maldita sea!¡Maldita sea!
     Siguió vistiéndose a toda prisa.
     -Papito, no tengas miedo, yo soy una chica limpia, sólo he ido contigo. Tú sólo debes andar conmigo, yo no te voy a engañar. Anda, vamos a quedar esta noche, después de la fiesta. Venga, yo te voy a dar cariño rico, tú no te enfades conmigo, yo sólo quiero que tú te lo pases bien.
     El seguía tambaleándose un poco y el rostro no había recuperado en absoluto el color rosado.
     -Te busco esta noche. Mira, yo te estaré esperando fuera del hotel, y cuando acabe la fiesta te vienes conmigo, yo estaré allí, no te importe si es tarde, yo te estaré esperando.
     -No, ya te he dicho que no puede ser, no voy a poder irme.
     -Bueno, no importa, te esperaré. Si no sales, te esperaré mañana.
     Cerró los ojos para contener otra arcada que ya le subía por el estómago. Cinco segundos más tarde, cuando se había aplacado, se puso en marcha, comprobó la cartera en el bolsillo, la corbata derecha, se peinó con la mano  salió rápido.
     -Adiós.



     Llegó al hotel y miró dentro de la cartera, no se le había ocurrido antes. Carlos lo divisó cuando salía de los lavabos.
     -¡Grandísimo golfo! Qué noche has tenido que pasar para tener esa cara.
     -¿Qué les has dicho?
     -¿Qué les iba a decir? Que la cena te había sentado como un tiro y que habías estado toda la noche vomitando. Y realmente parece que sea eso lo que te ha pasado.
     -Me siento bastante mal. Voy a ducharme y a acostarme un par de horas. Luego bajaré. Carlos, yo… no sé… estaba borracho… yo nunca…
     -Pero bueno ¿Es que te estás justificando? ¿A qué crees que hemos venido aquí? A los jefazos les gustan las mulatitas, esta vez nos han dejado a los vendedores probar un poco. Todo el mundo va a hacer los mismo, la única diferencia es que tú, cabrón, te has adelantado. Y eso que parece que nunca has roto un plato. Venga, descansa, nos vemos luego.
     -Pero es que es una cría. No puedo dejar de pensar en eso, sólo es una niña, me ha dicho que tiene dieciocho.
     -¿Dieciocho? Pablito, esa cría no ha cumplido los quince. Era un bombonazo. Parece mentira, asco me das de la suerte que tienes.
     Pablo se quedó mudo, las arcadas subían de nuevo.
     Entró despacio en el ascensor, no había nadie más esperando para subir. Se miró en el espejo y desvió la mirada, abrió de nuevo la cartera.
     -Ni siquiera me ha quitado dinero.
    


6/29/2012

Hermes




Creo que tengo una obsesión infantil con los caballos y las islas.





            Mi padre nos había desterrado a una isla de sus posesiones, perdida, alejada en muchas leguas de mi casa, conseguía así separarme de su memoria, no recordar nunca más a una hija díscola que lo había avergonzado. Eso me dijo el día que embarcamos.

            Aquí la soledad no parece onerosa. Es una soledad suave, como la arena y el océano, soledad de silencios. Antes de conocer a Hermes, esta vida me habría parecido abominable, una tortura apenas imaginada en una mente enferma porque yo amaba las reuniones, las deslumbrantes fiestas de la Corte, hablar y bailar sin descanso, amaba estar rodeada de gente. En verdad adoraba todo eso pero no conocía esta otra vida. Creo que si hubiera seguido allí tarde o temprano habría huido, hastiada, habría buscado refugio…
            Mi refugio se llama Hermes. Hermes y yo estamos siempre juntos, día a día, y no deseo a la gente a mi alrededor, en realidad ahora, no podría soportar el contacto humano de mi anterior vida. Sólo necesito sentir que se deslizan los días suavemente, como gotas que resbalan por mi piel, una tras otra. Así son los días al lado de mi amor. ¡Cómo deseaba gritarlo en mi casa antes de que se descubriera todo! Es mi amor, mi felicidad.

            Mi padre no intentó nada contra él. Lo hubiera matado con gusto pero tuvo miedo de que me suicidara, un escándalo que no podía permitirse. Recuerdo su cara desencajada, llena  de incomprensión y asco, y sé que él recuerda la mía, la de una mujer segura, fuerte, completamente entregada a este amor. Nos alejó para siempre, quizá alguna de sus fibras se conmovió por nuestra pasión.

            No deseo pensar en mi familia, aquí no existimos más que él y yo. Puedo imaginar en esta isla que somos los únicos habitantes del mundo, esa fantasía la tengo a menudo, un segundo paraíso terrenal, comenzaríamos Hermes y yo una nueva historia, aunque, me temo, y rompo a reír mientras se lo cuento, que sería muy diferente de la anterior.
           
            Hermes me comprende a su manera. También él depende de mí, no soporta estar alejado, me busca, quiere estar siempre a mi lado, oír mi voz. Lo que más le gusta es cuando nos tendemos juntos en la arena al atardecer y le cuento historias. Cuando son divertidas, su piel vibra como si riera. Luego me pasea por la playa hasta que no se ve nada y regresamos a la casa.
            Alguna vez me despierto durante la noche, asustada, creyendo que he vuelto a mi casa, y oigo las idas de las criadas por el cuarto, preparando la ropa. Me sobresalto, pero no, las suaves crines de Hermes están a mi lado, me aferro al cuello negro y lo beso mil veces. Mañana me llevará en su lomo otra vez a la playa, nos bañaremos. Nada ocurre. Nada. Es de nuevo el paraíso.


5/25/2012

Arturo


                                                                                  Para Luis, que también creó un reino, y con la generosidad heredada de los reyes míticos, nos sentó a su mesa y nos hizo sentir su Corte en fantásticos banquetes. Nada de lo que suceda en el mundo, nada, podrá borrar el brillo de aquellos días.

            Luis quería ser un mago de cuento, un día le llamé para decirle que tenía la historia y todos los personajes pero que él en ningún modo era El Mago, él era Arturo de Camelot.







                                                                      Arturo 



            “Estemos donde estemos, seamos quienes seamos, sean nuestros deseos y ambiciones diferentes, e igualmente distintos los motivos que nos incitan a vivir y a elegir nuestros destinos, siempre estamos solos. Solos con nuestros pensamientos.”





Morgana.
            La noche era muy fría. Al soplar el viento helado por la humedad gemían los árboles a ambos lados del camino. En algunos tramos se acercaban tanto que apenas permitían el paso a caballo y jinete, sin embargo el azote de las ramas no disminuían la decisión y el ímpetu de éste, si acaso aumentaban el vértigo de su carrera. La muchacha, que se dirigía hacia la choza del mago Gandalf, no sentía en aquel momento el frío, el viento o las hojas, había pasado mucho tiempo pensando hasta convencerse de que ésta era la única opción posible. Ahora que sabía lo que iba a hacer, sus sentidos no percibían, sólo estaban esperando el momento del reencuentro, sabía que no iba a ser agradable. Estaba segura que Gandalf accedería a sus deseos, porque ella iba a darle algo que el Mago había deseado siempre. Sólo tendría que convencerlo de que esta vez estaba diciendo la verdad.

            Morgana había contribuido generosamente a la expulsión de la corte de Gandalf. Ella, como nadie, algo que por otra parte consideraba meritorio, había derramado mucho veneno en los oídos de su hermano para alejar al Mago. En aquellos momentos era contrario a sus intereses. Gandalf debía entenderlo, él había subsistido en la Corte muchos años, sabía perfectamente cómo se actuaba, cómo se permanecía allí. Había cometido errores, se creyó muy valioso para el rey y su confianza en sí mismo le perdió. Ahora le necesitaba. En fin, podía poner un precio, Morgana estaba dispuesta a pagar.

            A lo lejos intuyó la choza en la penumbra, a un lado del camino por una débil columna de humo grisáceo. Desmontó y ató el caballo, el diminuto empedrado estaba casi destruido. Desde luego Gandalf no estaba viviendo sus mejores tiempos. La puerta crujió y notó la bofetada de calor impregnada de olores que la hicieron encoger la nariz una fracción de segundo. Vio a Gandalf mirarla con sorpresa y aparecer la ira en sus ojos a la vez que se acercaba a ella.
            -Buenas noches Mago.
            No se cubrió cuando él descargó su mano sobre ella, tenía que dejarle desahogarse un poco, aunque no había calculado su fuerza. Se vio arrojada al suelo y se golpeó en la caída con una mesa. Quizás no había sido una buena idea, nadie sabía que estaba allí. Gandalf se acercó de nuevo, la levantó del suelo agarrándole la capa a la altura del cuello y aproximó su cara a la de él.
            -Maldita bruja, hija de una puerca, ¿qué haces aquí?
            -He venido a traerte buenas noticias. –tosió y se llevó la mano a un costado- Hoy ha cambiado tu destino.
            El Mago la cogió por el pelo y volvió a acercar su cara a la suya, investigó el fondo de sus ojos de color caramelo.
            -Podría matarte en una fracción de segundo, y te aseguro que me agradaría, si no fuera porque tu presencia me repugna.
            -Lo que vengo a decirte es breve. Necesito un bebedizo. No he alcanzado el grado de sabiduría que tú posees. Por mucho que lo intento la fórmula se escapa de mis manos una y otra vez. El tiempo se agota y necesito esa pócima. Ahora la suerte de los dos corre paralela, ¿por qué no aprovecharla Gandalf?, ya sabes que he venido sin siervos, estoy a tu merced. No lo hubiera hecho si no supiera que eres un hombre sabio. Pero la decisión queda en tus manos… si tanto te repugna mi presencia, quizá no puedas…

            El Mago seguía mirándola, con las caras pegadas, Morgana percibía claramente el olor del hombre como principal nota del resto que impregnaba la casa, intentó excluir de su cabeza ese sentido y se maldijo por haberlo tenido siempre tan acusado.

            -¿Y cómo no se lo has pedido a tu buen amigo Merlín?
            -Estoy aquí. Los días de Merlín empiezan a languidecer.

            Le soltó el pelo alejándola de él con un ademán de su brazo. No había desaparecido la ira de sus ojos, pero en ningún momento había percibido repugnancia. Bien, Gandalf había reaccionado como ella esperara. Ahora tendría que empezar a pagar.

            El mago descorrió una cortina mugrienta en un rincón dejando ver algo parecido a un camastro en el suelo, cubierto de mantas, al parecer del mismo tejido y estado de descomposición  y suciedad que la cortina que los ocultaba.
            -Desnúdate.







Ginebra.
            En el horizonte comenzaban a verse hebras de color violeta, Ginebra respiraba llenando el pecho del aire nocturno, frío pero puro. La reina no dormía bien últimamente. Miró hacia Arturo en el lecho, envidiaba su sueño reparador. A la mañana siguiente sería, como cada día más difícil, disimular sus ojeras, del color del día que despuntaba.
            En aquel momento entraba al patio el caballo de Morgana. La maldita bruja vendría de buscar sus hierbas, o de practicar repugnantes ritos para emparentarse con el Diablo. Aunque fuera su hermana, no podía comprender cómo Arturo no veía la maldad y el desastre en aquella criatura. Dudaba de que fuera hermana realmente del rey, Morgana tenía por fuerza que ser un engendro del Mal.
            Al menos daba gracias que Lancelot no estaba en el punto de mira de la hechicera. Lancelot… todo lo puro y hermoso de la tierra se resumía en Lancelot: el valor, el honor, la bondad, la gracia, la lealtad… algo crepitó en el pecho de la reina, respiró de nuevo hondamente… si tenía que existir Lancelot al tiempo que Arturo, hubiera podido ser su hijo. Ella hubiera podido quererle hasta dar la vida por él, sin que ello fuera extravío.




Arturo.
            Arturo y Lancelot despertaron a un tiempo en sus lechos, ambos también a la vez, con un ligero sofoco, el que provoca esos sueños extraños que no recordamos bien, pero que sabemos que son contrarios a lo que consideramos bueno y recto, sueños perniciosos, que nos embargan de fantástica lujuria y de sentimientos de culpa. Ambos recordaban haber soñado con mujeres equivocadas, envueltas en historias mágicas y extrañas, sin poder precisar mucho más lo que había ocurrido en ellos, y por es mismo motivo, era mayor aún el sentimiento de placer y de culpa.

            Morgana, pensaba Arturo, vivía por y para él, la ternura y el cariño que le demostraba su hermana constantemente le hacían vacilar siempre que se trataba el tema de su boda. Ella era una buena baza para conseguir una alianza importante, pero no tenía valor para separarla de él. Morgana sufriría tanto lejos de Camelot y de Arturo, que la pena la consumiría. Y él, acaso podría él vivir lejos de Morgana, sin ver su sonrisa cada mañana, sin sentirse arropado por su cariño maternal y espontáneo.
            Amaba a su esposa. Ginebra tenía las cualidades de una reina, había nacido y sido educada para ello. Admiraba el control de sus emociones, su carácter imperial y magnánimo a un tiempo, cómo gobernaba el palacio, cómo había conseguido infundir una mezcla de devoción y respeto no exento de temor a los sirvientes. Y no sólo a los sirvientes, había visto ponerse nerviosos en presencia de su esposa a altos dignatarios de otros países, incluso a príncipes. Delante de Ginebra las personas medían mucho sus palabras y sus acciones, pero no podía dejar de pensar que su piel estaba recubierta de una fina capa de hielo.
            Morgana en cambio era cálida, tremendamente llena de vida, su risa fácil inundaba a menudo las habitaciones. Ninguna otra mujer de la Corte podía competir con su inteligencia y cultura, ni muchos hombres, y no por ello perdía ni un ápice su encanto femenino, ni su atracción. Era muy hermosa y muy deseable.

            Había pasado una semana y no conseguía olvidar lo que había ocurrido en su habitación. Una tarde la había sorprendido entrando de pronto para contarle alguna cosa, y Morgana, que salía de su baño, se quedó paralizada mirándole. Sus mejillas se habían llenado de color, y él… él no conseguía apartar los ojos de sus cuerpo, de los chispazos del sol en las gotitas que cubrían sus senos, su vientre…
            Tenía que conseguir borrar de su cabeza esa imagen.




Lancelot.
            Lancelot no albergaba ninguna duda respecto a sus sentimientos por la reina, ya no. Había estado incluso enfermo de fiebres para poderse confesar a sí mismo cuánto y cómo la amaba, tanto que le dolía el cuerpo si ella se acercaba demasiado o le miraba. Sin embargo la naturaleza le había dotado de la fuerza necesaria para que su amor fuera tan inmenso como casto y consiguiera pasar desapercibido para todos. Si bien eso era estando despierto, cuando dormía no podía reprimir los sueños, cada vez menos castos y por los cuales se maldecía cada mañana. La reina podía ser amada por él, eso no era mancha alguna para los dos. Ella era inalcanzable, él lo sabía. Aunque en los sueños no podía dominarse, temía hablar en ellos y ser escuchado por alguien, y éstos cada vez iban un poco más lejos, esa noche él la abrazaba en el lecho de Arturo y entraba en ella, cuando despertó vio en las sábanas que había consumado su placer en la imagen incorpórea de Ginebra, y esto le llenó de horror. Se llevó las manos a la cabeza y lloró.








            En el baño, que rezumaba espuma, se sintió de nuevo protegida, en casa. Los planes se habían cumplido. Mientras frotaba enérgicamente su cuerpo recordaba cuánto los había meditado, hasta casi la extenuación. No era sencillo, no sólo actuaba ella, tenía que suponer lo más acertadamente los movimientos de los demás. Era como una gran partida de ajedrez en un tablero gigantesco. Pero había ganado esta jugada. Los hombres se movían en base a dos estímulos: alcanzar más poder y satisfacer sus deseos. Era sencillo, por tanto, conseguir cosas de ellos, si se era lo bastante sutil como para hacerles creer que habían deseado lo que se les prometía y que lo obtenían por sus propios medios.
            Aunque tenía que hacer una objeción al respecto de su hermano. Arturo también se movía para obtener más poder, pero en él era natural gobernar, tener ascendencia sobre los demás. El pueblo le amaba en una mezcla de admiración y lealtad, nunca los había traicionado, el ejército le respetaba, nunca había abandonado a los soldados en una batalla por dura o perdida que pareciese. Arturo generaba en las personas un amor espontáneo, limpio e inagotable. Los miembros de la Corte de la Tabla Redonda intrigaban para que el rey les prefiriera, no era cuestión de enriquecerse, la influencia sobre el rey, su aprobación, era la recompensa buscada.
            Desde niña, Morgana había escuchado en palacio cuánto le permitían sus ágiles piernas y sus receptivos oídos. Sabía cuántas cosas estaban en juego, su propia vida sin ir más lejos. Todos intrigaban. El viejo Merlín, el principal consejero, tenía mucho ascendiente sobre el rey, y conforme se iba haciendo más viejo, sus objetivos eran más recónditos y oscuros. O Ginebra, la serpiente, haciendo creer a todos que era una vestal de hielo, cuando dentro de su piel ardían pasiones ilícitas que por el momento se negaba, sintiéndose como una diosa por ello. Morgana estaba segura que los remordimientos la carcomían y no se le ocurría otro motivo para ello.
            O los caballeros de la Tabla Redonda, bravos luchadores pero mediocres como personas, persiguiendo alternativamente ser considerados el mejor servidor del rey. De todos, Lancelot era el que menos buscaba el reconocimiento. Sus pensamientos o sentimientos eran difíciles de adivinar. Hablaba muy poco y con cautela, las misma que despreciaba en las batallas. Su valor y lealtad hacia Arturo, al que protegía con riesgo de su vida, le habían hecho ganar una predilección tan sutil de parte del rey que no había despertado las envidias de los demás caballeros.
            El horóscopo no dejaba lugar a dudas, todas las predicciones, hechas por todos los medios que conocía, le decían lo mismo, tenía que aprovechar el momento, éste no se iba a presentar nunca jamás. Era ahora, o acabar para siempre con todos sus sueños. Morgana no vivía en paz desde que lo descubrió hacía unos meses. Si dejaba que se escapara, si dejaba pasar la vida y que ésta marchara sola a su cauce, sin intervenir, sin involucrarse, la vida la dejaría de lado, ella no sería nada, nadie la recordaría por nada, su vida sólo sería un maldito devenir con algún pretendiente que le hubiera gustado mas a su hermano, del que tendría unos hijos grises que tampoco dejarían su huella en ninguna parte. Morgana sabía a que estaba destinada, lo supo antes de que aprendiera a hablar, ella no era nada, una moneda de cambio apenas, una figurilla que desaparecería sin haber entendido que existía. Pero se rebeló contra su destino. Había trasgredido todos los límites, y se preparaba para transgredir los más sagrados, había dedicado todas sus energías al conocimiento, a los saberes ancestrales, a averiguar el futuro. Por medios normales y por medios mágicos, había aprendido de cualquiera que pudiera enseñarle. ¡Cómo había engañado al viejo Merlín! el pobre iluso, llegó a pensar que ella le quería.
            No sentía miedo. Meditar sobre la vida que le esperaba le producía intensos vómitos, así que ella pasaría por encima del destino, ella era igual que Arturo, su sangre corría también en las venas del rey. El y ella eran diferentes, superiores, de otra raza. Sus nacimientos habían sido predichos, y a partir del gobierno de Arturo, no había recogidas más predicciones, nada estaba escrito, ella podía cambiar las cosas. Sí. Ella podía cambiar todo e iba a hacerlo.
            Miró hacia el estante donde había colocado la poción que había conseguido de Gandalf, el líquido verde, espeso, con minúsculas luces doradas que aparecían y desaparecían le esperaba allí arriba, el contenido de ese frasquito de cristal suponía la conquista de su vida. Lo utilizaría dos días más tarde. De alguna manera haría que Arturo lo tomara, él la confundiría con Ginebra y le engendraría un hijo que se haría en el futuro con el poder en Camelot.
            El hijo de Arturo y Morgana sería un astro… un dios…
            Su hijo.





            Arturo había descubierto la sensación de poder mucho tiempo después de acceder al trono, él nunca deseó ser rey salvo para dirigir a su pueblo hacia una situación de bonanza y paz duraderas. Amaba Camelot, su gente, sus tierras, sus fuentes de agua, deseaba para ellos una situación envidiable, y además se sentía fuerte y capaz de lograrlo. Organizar, mandar para conseguir algo para todos ellos. Había nacido para eso, no necesitaba que nadie se lo dijera, o pruebas. Era el rey de la nación más próspera y feliz de la tierra, donde la gente se quería y respetaba, en especial los miembros de su Corte. El poder tampoco lo había sentido cuando creó la Tabla Redonda, sencillamente la idea brotó para cumplir un fin, ése había sido su mayor logro, sentar juntos, con el mismo trato a los principales señores de Camelot.
            Había sido después, no sabía exactamente cuando, quizás en el momento en que recibió y rechazó la primera petición de mano para Morgana, quizás al conocer a Lancelot, un príncipe que había abandonado su patria y recorrido miles de leguas para rogarle pertenecer a su escolta, quizás cuando firmó el primer acuerdo con un país vecino.
            Como fuera, ahora le embargaba la sensación de poseerles, a todos, a las personas y a las cosas, él los tenía en su mano, no para hacerles mal, pero les poseía, podía decidir qué destino les convenía más, él decidía la vida que más convenía a su gente, y esa sensación le gustaba y le turbaba al mismo tiempo.
            Les miraba mientras cenaban en la Mesa Redonda, ¡qué bello espectáculo! A su derecha Ginebra, tan hermosa. Su hermana Morgana a su izquierda, esa noche estaba particularmente bella, había dejado sueltos sus cabellos, que la cubrían como una lluvia dorada. Lancelot estaba más animado aquella noche, le preocupaba Lancelot, que cayera enfermo de nostalgia de su patria, sin duda era eso lo que sucedía a su campeón, habría que organizar más juegos y festejos para alegrarles en los tiempos de paz. O quizás buscar nuevos horizontes. Merlín le hablaba de las cuentas reales, de las cosechas de los campesinos, de cuando comenzarían las lluvias, de los visitantes que próximamente vendrían de Francia, la vida era buena con él. La vida le había dado todo.           





Merlín.
            Para Merlín la vida era ya una lenta pero inexorable cuenta atrás. A pesar de sus vastos conocimientos de la magia, la astrología y otros saberes que había tenido el privilegio de aprender, nada de ello podía alargar, detener o invertir su vejez. Únicamente conocía lo suficiente para no sentir los dolores del desgaste de sus huesos y ello producía la ilusión de que estos seguían estando bien. A pesar de la rabia de la impotencia, después de haber dedicado su vida a lograr esos conocimientos y haber sacrificado miles de cosas por ello, para conseguir tan poco, era feliz en su actual momento. Era el principal consejero del rey de Camelot, y estaba orgulloso de él. Realmente consideraba un privilegio haber conocido a este joven lleno de fuerza e inteligencia, este rey sensato, que no tenía miedo a ser grande, a ser el más grande. El sería recordado también por las gestas de Arturo, ésa no era desde luego la inmortalidad que había perseguido pero al menos la vida le daba algo a cambio. Quizás ese era el sentido de la vida, después de innumerables esfuerzos y sacrificios para lograr algo, cuando la desesperación ha hecho mella en uno, la vida, en una cabriola infantil, te regala un simulacro, una miniatura de aquello que querías, pero que te hace muy feliz, incomprensiblemente.
            Pero el rey estaba rodeado de alimañas que no dudarían en causarle cualquier daño para conseguir sus deseos. Morgana, la astuta, él tenía la culpa del saber que atesoraba la bruja, era tan joven cuando acudió a él, casi una niña, con esos ojos llenos de inocencia y el cuerpo candoroso y acogedor. Cómo estuvo tan ciego como para creer que ella sería siempre la alumna paciente y sumisa, admirada de su sabiduría. Ese, pensaba, había sido su último error. No estaba seguro pero creía que lo que perseguía era la posición de Ginebra, no podía casarse con Arturo evidentemente, pero no soportaba que otra mujer tuviera en el reino una posición más privilegiada que ella, la detestaba de tal modo que había visto transformarse la cara de Morgana en la de un animal en algunas ocasiones mirando a la reina. Esta tampoco era digna de Arturo, ejecutaba su papel como una actriz, perfecta, pero no parecía sentir, no ponía pasión. Era distante y orgullosa,  jamás habría consentido en mezclarse con el pueblo en algún festejo como hacía el rey, incluso en la Corte, todos le guardaban una distancia prudente. Al acercarse a ella, se percibía un espacio de aire helado.
            Gandalf afortunadamente estaba lejos, ¡Cómo había intrigado para que el rey dudara de Merlín! Sólo por la envidia de no poseer sus conocimientos. Gandalf era un triste aprendiz de mago, aunque ladino e inteligente para disimular sus carencias. O Lancelot, el misterioso, haciendo esfuerzos ímprobos por demostrarle al rey su lealtad… Merlín suponía que era su forma de compensarle por algo, aunque de momento, no había logrado averiguar el qué.






            El plazo se había cumplido. En la fiesta que estaban celebrando, en la Mesa Redonda, había podido verter la pócima en la copa de Arturo, y éste la bebía tranquilamente, sin imaginar nada. Entonces el estómago de Morgana se contrajo, sus pensamientos se desataron… ¿se volvería ella atrás?... había luchado contra todo para llegar hasta ese momento, había eliminado los obstáculos… ¿se arrepentiría en el último acto? Durante unos instantes se sintió paralizada. Sólo unos instantes. Reaccionó. Ella había hecho todo lo que había que hacer. Sí, ahora iría y recogería los frutos. Ahora no podía vacilar, ahora no podía asustarse, todo estaba ya pensado, decidido, aceptado. Sí, ahora se tornaba realidad, el sueño estaba a punto de ser real, y sólo había que dar un último paso.
            Sintió más deseos de vomitar, pero bebió otro sorbo de vino y comenzó a encontrarse mejor.


            Arturo se retiró pronto a sus habitaciones, se sentía un poco mareado, más bien tenía la sensación de que flotaba ligeramente, no se sentía nada pesado, estaba feliz. Al doblar por un pasillo, Ginebra apareció de pronto. Le sonreía de una manera cautivadora. La miró con más detenimiento, sí, su mujer sonreía con una extraña plenitud, le cogió de la mano y lo llevó por los pasillos, ella sí parecía flotar, riendo, le hizo entrar en una habitación, aquella no era la sala real, Ginebra estaba jugando. Estaba tan hermosa como el día en que la tomó como esposa, pero esta noche estaba más cálida, más viva. Empezó a besarle como nunca lo había hecho, sin duda el vino les había transformado, tendría que encargar más barriles. El vino, incluso le hacía tener visiones que exaltaban su excitación, veía la cara de Ginebra transformándose en la de Morgana por instantes, y ella no disminuía las caricias, no podía sentirse más feliz de lo que lo era en aquel momento. Dio gracias a los dioses que le protegían y tomó a aquella mujer voluptuosa sintiendo también la excitación de la culpa de soñar que estaba tomando a su hermana al mismo tiempo.




            Despertó. No sabía cuanto tiempo había pasado. La luna entraba por la ventana, miró hacia el lecho y descubrió una cabellera rubia cubriendo a medias un cuerpo desnudo, un cuerpo deseado y amado por él. Le acarició el cabello, sin saber aún que ocurría. Se sentía confuso, algo era anormal, acarició de nuevo su pelo intentando pensar, que se aclarara esa niebla. Ella despertó entonces, miró sus ojos de color caramelo… los ojos de Ginebra… ¿Ginebra tenía los ojos de color caramelo? Ginebra… Ginebra tenía el pelo… negro, ¿negro?...algo era extraño, anormal, algo no era como debía. El rostro gatuno y hermoso le sonreía. Su nombre llegó de un golpe. Morgana. La mujer desnuda que estaba a su lado era su hermana Morgana, algo iba mal, algo horrible estaba pasando… ¿por qué sonreía Morgana cuando él era incapaz de hablar?
            -Hemos engendrado un hijo hoy.
            Arturo la miraba sin creer aún lo que estaba sucediendo.
            -Un hijo que será un dios y gobernará después de ti. Nuestro hijo será el único heredero que tendrás. El oráculo se me mostró claramente, nuestra sangre debía enlazarse y así llegará un nuevo rey a Camelot que será como tú, un ser mítico al que recordaran infinitas generaciones. Ahora me marcharé para tenerlo en un lugar oculto, y volveré de nuevo con él en el momento oportuno para que ocupe tu lugar.
            -Morgana, tú no estás pronunciando estas palabras, esto es irreal, no está sucediendo.
            -Perdóname. No puedo evitarte el dolor. No hay en el mundo un hombre más digno que tú, y mi hijo sólo podía ser engendrado por ti. Aunque esto te repugne ahora al pensarlo, lo irás aceptando, como irás aceptando otras cosas que van a suceder. Arturo, tú no eres de este mundo, tú permaneces puro, la vida no te ha corrompido como les sucede al resto de los seres, a todos a tu alrededor. Me marcho, te evitaré la vergüenza de mi estado en la Corte y no puedo correr el riesgo de que alguien quiera acabar con su vida. Adiós, quiero que sepas que es un hijo engendrado con amor.


            Vio a Morgana vistiéndose y al poco salir por la puerta después de volverse a mirarle por última vez. Estaba sentado en la cama, paralizado, ensimismado. Ahora estaba seguro de que su hermana le había dicho la verdad, había en sus palabras tal determinación y sinceridad que habían despejado la niebla, la repulsión. Sólo habían dejado ternura. Amaba a Morgana aunque se lo había negado muchas veces, ahora ella se adelantaba haciendo algo descabellado, pero no podía culparla. Entendía sus motivos, sus anhelos, sentía una completa comprensión y cariño hacia ella. El tendría que seguir adelante, mantener todo, ser fuerte y seguir gobernando.
            Se marchó hacia sus habitaciones a esperar el nuevo día.






            Habían pasado unos meses desde la marcha de Morgana y Camelot era completamente distinto. Después de irse ella, un caballero de la Tabla Redonda acusó a Ginebra de adulterio, Lancelot había defendido su honor y dado muerte al calumniador pero ese fue el detonante para que ellos no pudiesen reprimir por más tiempo lo que sentían el uno por el otro y al fin habían huido. El príncipe francés, furioso por no obtener la mano de Morgana y no creyendo las explicaciones sobre su paradero, había declarado la guerra, algunos caballeros se le habían unido para vengar al que había muerto a manos de Lancelot, más tarde se unieron los demás, ahora todos pensaban que la acusación era verdadera, que el rey había permitido, aun a sabiendas del delito, que Lancelot le matara. Corrían en la Corte y el reino las más peregrinas y escabrosas historias para explicar la desaparición de Morgana, algunas la relacionaban con los amantes, otras incluso se atrevían a insinuar de que el rey la había asesinado, o Lancelot porque ella los habría descubierto y denunciado. Merlín se había refugiado en el bosque.



            Arturo se encontraba en la sala del trono, no tenía miedo, sólo estaba aguardando, algunas tropas le eran fieles y aún podía producirse un milagro. En realidad no lo esperaba, posiblemente moriría en la batalla pero no iba a morir con deshonor. Había comprendido, quizás por la cercanía de la muerte, que no se puede pretender mantener la felicidad eternamente, la desgracia y la felicidad se alternan, y el hombre debe mantener su dignidad en ambas situaciones, a eso aspiraba.
            De pronto Morgana entró en la sala y fue hacia él.
            -Arturo…
            -¿Por qué has venido? No debes estar aquí, márchate, corres peligro…
            -Eres tú quien debe marcharse, ahora mismo, la batalla es un suicidio. Podrás reclutar tropas más lejos y volver, Camelot volverá a ser gobernada por ti.
            -Camelot me ha abandonado. Todos lo han hecho. Intentaré parlamentar con los emisarios franceses, hacerles comprender el beneficio de la paz, intentaré pactar con ellos para que no haya sufrimiento en mi reino. Yo me sentía dueño de este reino, ya ves que era una mentira, ellos no me pertenecen en ningún modo, no puedo gobernar en sus cabezas ni en su corazón, casi ni siquiera les he hecho compartir mi sueño, pero no me siento traicionado o derrumbado, quizás yo estaba ciego. Les defenderé mientras mi brazo pueda levantar la espada, sigo siendo el rey de Camelot. Pero tú… debes marcharte, tus anhelos se han cumplido, debes ponerte a salvo y tener a nuestro hijo. Conseguiste tu sueño, es lo que deseabas, ahora debes mantenerlo, luchar por él, vamos márchate, ponte a salvo.
            -Mi sueño no es ése. No me has comprendido hermano, no sabes lo que quiero. Deseé este hijo en el mundo en que vivíamos porque dentro de aquella realidad era la mayor proeza, el triunfo sobre todo lo que me encadenaba, sobre todas las tradiciones y las obligaciones, era subir por un momento hasta lo más alto, igual que habías hecho tú encumbrándote al trono de Camelot. Era mi proeza, la que me equiparaba a ti, la que me convertía en tu igual, por eso, nuestro hijo sería un dios entre los hombres, un hijo engendrado por dos seres capaces de todo. Lo que no sabía hasta aquel momento es que lo deseaba por ti, no me di cuenta de que amaba profundamente al hombre, de que a pesar de los oráculos, del poder, de quien eres, bajo todo eso, no era más que una mujer enamorada que defiende su pasión contra todo.
            Yo no te he abandonado, no pienso irme, esperaré contigo y tu destino será mi destino, si consigues tu propósito de detener la guerra o ocurre algo milagroso que te permita ganar, instauraremos un nuevo orden, con leyes nuevas, un mundo nuevo en el que no será contra natura que nos queramos y conoceremos una felicidad que no ha sido aún descrita. Pero si el destino no permite que tal suceda, no seguiré viviendo sin ti. –se sentó en el trono de la reina y tomó una mano entre las suyas-  Estaré en mi lugar y aguardaré contigo.