5/21/2012

El Horror




        El mundo apenas recuerda ya lo que fue. Este mundo, como salido de una pesadilla, es el legado de nuestros mayores, un inmenso basurero donde no se puede respirar fuera de los recintos donde se habita. La sensación de que estás atrapado te persigue durante todo el día. Se engaña a la gente diciendo que se va a poner en marcha un proyecto que oxigenará el exterior, pero yo, que trabajo en las plantas de regeneración de aire, sé que es mentira, todo lo que se cuenta es mentira, hemos perdido para siempre el bosque, la playa, pasear bajo el sol. Dentro de cien años no habrá aire para los que habitamos el planeta, a pesar de que somos la centésima parte de los que habitaban la Tierra cuando estalló la guerra. Se ha prohibido absolutamente procrear, tan solo nacen algunos niños manipulados genéticamente, los nuevos habitantes tienen que ser resistentes a las condiciones adversas y su coeficiente intelectual altísimo. Quizá alguno de estos superdotados encuentre soluciones para subsistir. Se vive con esa única esperanza porque todos los proyectos de vida en otros planetas han fallado. Fabricar comida es un reto día a día, aparte de las píldoras de vitaminas, los alimentos sintetizados escasean, las reservas no duraran mucho más. Hay algunos viveros con plantas que no se contaminaron, crecen con luz artificial, pero nuestros organismos ya no están acostumbrados, estos alimentos provocan enfermedades nuevas.

            Trabajo catorce horas diarias, algunos días más, pero puedo pasar tres horas a la semana con el siquiatra de mi sección. Si no fuera por ellos, muchos de nosotros, tal vez yo también, se decidirían por el suicidio. Los gobernadores tienen que evitarlo a toda costa, una cadena de suicidios sería imparable, para nuestra sique débil, soñar con ese descanso es sumamente peligroso, por eso suicidio es una palabra prohibida. A pesar de que somos muchos para compartir los pocos recursos que quedan, nos necesitan a todos para mantenerlos. Locura es otra palabra prohibida, la locura induce a los hombres a desastres, si se boicoteara una máquina de oxígeno en un acceso de locura morirían mil personas ese día.

            Nadie tiene derecho a negar su cuerpo a otro. No puedes dañar la autoestima de otro superviviente, ni nadie dañar la tuya. Pero cada vez se desea menos a alguien aquí, el encuentro es rápido y maquinal. Los hombres parecen como sombras que pasan a tu lado, con la piel macilenta y el alma cansada. Nunca sonríen, nadie sonríe aquí.

            La única religión permitida es el amor a la vida. Cualquier otra de las que una vez existieron sería más fácil de practicar. Estaban concebidas para momentos límite, para resignarse con la vida que tuvieras, prometiendo otra maravillosa después de la muerte. En gran parte, esas religiones fueron las culpables de los enfrentamientos, estableciendo diferencias entre los hombres. Ellos que predicaban que un único Dios era el padre de toda la creación, no aceptaban a los que tenían una fe diferente. Ahora, tristemente, todos somos hermanos, la misma ración de aire para cada humano, la misma dosis de agua reciclada, los mismos gramos de alimento, básicamente lo necesario para subsistir. Es irónico que la destrucción de la Tierra, provocada por las guerras de religión, haya conseguido convertir a todos los hombres en iguales.

            La desesperación tamizada, la angustia tamizada, el dolor a través de un velo, que sólo te produzca malestar en el estómago, un deseo perenne de vomitar, pero controlado, sujeto, para que nunca traspases la barrera. Para seguir adelante, para no pensar en el horror de esta vida. Para no pensar. Para vivir en el Horror.

Voyeur


                       
                             
                                                                      Para Iván, por sus ojos almendrados.


Los perfumes exhalaban sus aromas en vahídos vaporosos que llegaban a cada extremo de la sala, el baño parecía una enorme cama, húmeda y ardiente. Los pies llegaron desnudos, como siempre, palpitando en el mármol negro, la túnica de seda chasqueó al separarse de la carne y cayó pesada, el agua negra se abrió y vi deslizarse su cuerpo como una estela. Nadaba sin ruidos, algo que la molestaba siempre, y muy despacio, para alargar los segundos, para convertirlos en infinitos. Miles de veces había contemplado aquella escena, había sentido miles de deseos hacia ella, pero el contacto no era posible, yo no estaba destinado a eso, sólo a verla, escondido como una rata, animal de mi última reencarnación y del que aprendí a deslizarme por los pasillos como el humo. A pesar de lo que se pueda creer, mi vida de rata no fue penosa, ni siquiera sabiendo que antes había sido un príncipe. Conocí cosas y seres increíbles, y a ella. Por eso, cuando de nuevo vivo, era otra vez hombre, me apresuré a buscarla, abandonando a la familia en la que había nacido y entré a su servicio, no con pocos esfuerzos, debido a que no había cumplido los ocho años aún. Este tiempo no la había envejecido, la había hecho, si era posible, más perfecta.
         Cuatro meses habían pasado desde nuestro reencuentro y ya conocía donde estaba cada momento del día. En una persecución implacable, la miraba día y noche, cuando el sueño me rendía, me tumbaba en el mármol recubierto de piel, detrás de una cortina. Por la mañana me despertaban los ajetreos de las criadas, y empezaba de nuevo.

         La mujer había contemplado los grandes ojos castaños del niño cuando pidió trabajar en la casa y no había podido resistirse a su encanto. Era un pequeño extraño, siempre deambulando por las habitaciones sin que lo sintiera. A veces le parecía un espíritu que podía atravesar las paredes, alguna vez pensó que sería la reencarnación de algún amante que intentaba vengarse y ese pensamiento le hizo más valioso a sus ojos. Miró desde la piscina hacia el cortinaje que se había ondulado de forma imprevisible. Sonrió, era él, de nuevo, sin haberlo sentido, allí estaba. Se sintió hermosa, fuerte, increíblemente hermosa, increíblemente fuerte, se deslizó por el agua oscura soñando en otro tiempo.


         Había mirado hacia donde yo estaba y desplegó su peculiar sonrisa, mitad complicidad, mitad misterio, algún descuido sin duda, salí corriendo y por los pasillos tropecé con una sierva que llevaba el té, chilló, cayó la bandeja y se desparramaron los pastelitos, la muchacha me tiró la taza y la tetera pero no logró darme, ya había desparecido.


         Salió del agua con facilidad, su cuerpo liviano la obedecía mansamente. Volvió a notar la presencia del niño, ese pequeño extraño, ambos tenían muchas soledades que compartir. Nunca lo había visto jugar con los hijos de las criadas, ni con los animales de su casa, ni había roto cojines o porcelanas. Siempre escondido o ahí, enfrente, con esos inmensos ojos, mirando, mirando. Alguna vez le recordó a Ahmed, pero no, era imposible que hubiera vuelto en él, Ahmed era incapaz de tanta quietud. Podrían ser muchos, había intentado a veces recordar a todos los que habían pasado por sus habitaciones y no podía. Muchas veces era sólo un recuerdo, una sombra en el cuarto, la impresión de una mano fría, un beso, los recuerdos no tenían cara ni nombre, eran páginas a medio dibujar en su memoria, allí estaban, indelebles un segundo y desaparecidas al siguiente. Se había sentado tantas veces en la mecedora de su cuarto recordando a esos hombres y ya apenas los diferenciaba unos de otros.
       
          Ahora había conocido la soledad. Aunque vinieran a veces aquellos días de locura en los que se sentía fuerte como un león, ahora su cuerpo marchaba despacio, caminaba adormecida, se tumbaba al sol tibio de la tarde y se bañaba dulcemente en el agua de mármol negro. Soledad y silencio, sosiego.
         Algunos días se levantaba henchida de fuerza, titánica, y se arrancaba a golpes toda la languidez de semanas anteriores, luchaba y luchaba contra ella, a veces, ferozmente, hasta que se dejaba vencer al final de la noche cuando el cuerpo de bronce había desaparecido en la penumbra, dejando el vacío vibrante.


         Los hombres de aquellos días no se parecían a los del pasado, Ahmed, Ben, Hayle, Sem… todos habían sido especiales, hermosos, divertidos. Habían perpetuado su recuerdo en la casa antes de marchar, y a veces los veía por los pasillos interminables, entre niebla y sol, sonriendo, intentando llevarla en volandas. También había otros hombres… con la mirada de odio y amor al mismo tiempo, llenos de una pasión fatigosa y extenuante, a éstos los había amado aún más y siempre había tenido que apartarlos violentamente de su lado, los hombres malignos, delgados, de pelo negro, pero qué hermosos cuando lloraban en su túnica o maldecían o amenazaban o habían daño, qué bellos entonces.


         Acarició la cabeza del niño sentado a sus pies. No hacía falta hablarle,  con sus grandes ojos, pendientes de su rostro, casi sin parpadear, parecía comprenderlo todo, saberlo todo.
         -Vete ahora.
         El niño se levantó y se marchó corriendo. Por el pasillo saltaba de alegría y se reía con fuerza, daba vueltas, cogiendo los pliegues del vestido rojo, demasiado ancho para él.
         

            El hombre apareció una mañana en la puerta de entrada. Llevaba una ropa ligera, chaqueta deportiva y un pañuelo en el cuello. Su coche quedó aparcado un poco atrás, bajo los ramajes, era un coche nuevo, de color blanco, tapizado en negro, parecía adecuado para él. La mujer lo vio desde una ventana, no comprendió su significado enseguida, le costaba recordar, su cara aparecía somnolienta como casi siempre, y él era tan joven. Un criado le había abierto el portón para entrar, cerró el coche y caminó hasta la casa, resonando sus zapatos en la gravilla. Por el pequeño sendero miró hacia los jardines y sólo un punto en sus ojos pareció demostrar asombro, los jardines estaban en estado salvaje, los árboles eran gigantescos, enormes troncos clavados en la tierra y las ramas se entrecruzaban de tal modo que apenas dejaban pasar la luz del sol, había caminos pero era imposible seguirlos con la vista, parecían una invitación muda. Su tío había escrito jardín, era realmente extraño llamar jardín a aquello.


            Le hicieron pasar a un salón, se sentó y contempló la estancia que estaba a media luz, los muebles parecían tener cientos de años, destacaban muchos detalles orientales pero la sensación que transmitían no era liviana, era de solidez, de pesadez, como si dormitaran en una siesta eterna.
         De pronto se encontró frente a un niño como de ocho años, vestido de una forma extraña que le miraba. Le sonrió divertido y confuso.
         -¿Quién eres tú?
         La mirada de almendra y miel fue la única respuesta.
         -¿Eres su hijo?
         Negó con la cabeza y se marchó corriendo.

         Este joven podría ser la solución, alegre, despreocupado, dulce, sería una solución, Vio llegar a la muchacha de nuevo, ésta le dirigió a otra sala. Tuvo que quedarse detrás de la puerta y sólo escuchó retazos de la conversación. Dezhna hablaba.
         -¿Su tío?... No comprendo. ¿Me conocía?... No lo sabía, lo siento… ¿El le habló de este lugar? ...lo dejó escrito, ya... ¿No saben por qué se…?... Claro… no importa…, no se preocupe por no haber avisado, claro, sí puede quedarse. Quédese.


         El muchacho pertenecía ya a otro tiempo, fuera las cosas cambiaban y la gente era diferente, tan distintos que podían pasar por otra raza animal. El se había quedado asombrado ante la mujer, petrificado, sintió que se encontraba en el cuerpo de su tío treinta años atrás, sintió que todo le era familiar, sintió que era su tío.
         La mujer también sintió el asombro y los recuerdos, alguien lejano, pero no leve o desfigurado por el tiempo, sino un hombre completo, hasta sus detalles más escondidos, hasta los repliegues del cerebro de aquel hombre, cada uno de sus dedos, sus cejas, su pelo, visto desde todos los ángulos, su boca, su mirada, cada manchita de sus iris. Era uno de sus hombres terribles.
         Extenuada por el esfuerzo de recordar, se dejó caer en la mecedora cubierta de cojines, ¡Cómo le dolían los recuerdos! Los que traen tiempos que se perdieron, que no se pueden aprisionar entre los brazos, y sin embargo, que se ven casi, tan vivos como entonces. El dolor es insoportable ahora.
         El niño había vuelto, le acarició el pelo con ternura y buscó la fuerza para comenzar de nuevo, comenzar a tejer recuerdos futuros, recuerdos para otros tiempos.


         Beril apareció una mañana de sol, esa mañana Dezhna había recordado a su tío, pero no le dijo nada sobre sus recuerdos. El muchacho no comprendería y él había venido para comprender. Intentó en los siguientes días que se marchara, pero sin rudeza, con la misma laxitud de siempre. El muchacho hacía aparecer la parte de su cerebro que pensaba, los otros no. Si había conseguido la paz era desterrando pensar, sin pensar, los recuerdos aún podían ser agradables, las imágenes entrecortadas sabían a dulce y a sol, los instantes que volvían  por unos segundos sólo cosquilleaban, haciendo una vaga sonrisa en su cara. Pero los recuerdos perennes, los rojos, negros y dorados, los que eran completos, de los que uno no podía huir si los encontraba, los recuerdos de pasiones, que seguían viviendo en lugares secretos de su cerebro, a la espera de aguijonear, de saltar sangre, de estallar en su cuerpo, los recuerdos terribles de pensar porque necesitaban de la mente para vivir, sabían a agonía. Dezhna comprendió que la paz había sido una mentira.


         Yo le había abierto la puerta, puede que quisiera, de algún modo, que ocurriera, que el vaho que flotaba en la habitación del tío penetrara en el muchacho, que asumiera su vida anterior, aún cuando esa vida sólo le hubiera sido transmitida a través de la sangre. Le abrí la puerta de aquella habitación, cerrada hasta entonces, para volver a recorrer, entrando en el aire verdoso, el polvo de los muebles con la mano, le abrí la puerta para que fuese su habitación, para que se incorporara adonde debía pertenecer y no me equivoqué, porque cuando bajó a cenar, su aspecto había cambiado como en una gran oscilación de un péndulo. Se había vestido con ropas orientales de seda blanca, guardada en los armarios, y también, como solía hacer su tío, había pasado por su cabellos cremas con perfumes extraños que había comprado en los bazares y zocos treinta años atrás. Sus manos de deportista, algo cortas, se habían alargado, y destacaban, morenas, entre los pliegues de las mangas. Hasta su voz había recobrado los registros sibilantes y se ondulaba en palabras que nunca antes había pronunciado.
         Beril no parecía extrañado ni confuso, o se comportaba como si todo fuera un juego o había olvidado todo lo anterior.
         Una de aquellas noches conoció la habitación de las cortinillas de seda y gasa, y de nuevo se sintió en su lugar, plenamente, como una esmeralda en su engarce. Así pasaron unos largos días. Entre los cortinajes, de vez en cuando, una carita aparecía, sonriendo sus ojos de miel y almendra.


         Dezhna había vuelto a pensar. Poseía una mente que había vivido con ella tres mil años y la temía. Su mente era a veces superior a su persona, casi a sus mandatos, pretendía una vida separada. Su memoria, que había grabado también esos tres mil años, era, quizás, el único asidero para no perderse en grandes elucubraciones, la memoria aún podía vencer a los complicados procesos mentales que pugnaban por comenzar, la memoria y las sensaciones… el muchacho. Volvió a pensar.


         El muchacho, continuar con él supondría un cambio, comenzar con un nuevo hombre terrible era volver atrás, y él lo era, se convertiría en uno de los peores, ya había visto en sus ojos la mirada oscura. No debió dejar que se quedara, si se hubiera marchado, nunca habría descubierto el instinto. Los hombres no habían cambiado, seguían naciendo, bajo máscaras de modernidad, bajo ropas fingidas, alentaban seres que podrían superar a sus predecesores porque toda la fuerza de la vida, que les había transmitido la dama negra, estaba oculta. El beso de lava y escarcha no había dejado marcas en su frente, pero oculto en algún repliegue de su cerebro o de sus vísceras podía renacer como un alarido si entraban en la circunstancia oportuna, y eso había hecho ella con Beril.
         Volvía a pensar, quizás no podría reprimirla mucho más tiempo.
         El niño apareció tras una puerta.


         Corrí hacia ella y la abracé, y bailamos por la sala. Mis recuerdos de otras vidas desaparecían, mis instintos de rata se mezclaban con otros instintos, los de niño, supongo, y ya me atrevía a tocar su carne. Tras las cortinillas de gasa y seda, bajo el complicado ramaje cruzado de su dosel macizo, en el dormitorio negro, rojo y dorado había tocado con mis manos, todavía cortas y regordetas, su cuerpo dormido, calmo y suave, dorado y negro. Eran maravillosos días en que me permitía dormir con ella.


         Beril odiaba al niño, no soportaba verlo ni intuirlo detrás de los muebles. Cada vez con mayor frecuencia abandonaba los escondites sagrados hasta entonces, y se mostraba francamente, mirando y sonriendo, desafiándole. En esos momentos, lo habría destrozado con sus manos. Sabía que Dezhna le tenía más cariño cada día, y ni aún golpeándola podía sentirse libre de la presencia del niño, no soportaba la idea que le robara sentimientos de ella. Ella sólo debía sentir por él.
         Desde la ventana vio el coche blanco, tuvo una sensación en el estómago, de locura. El pasado le estaba gritando, le miraba asombrado. Lleno de furor bajó sus cosas al coche, metió sus maletas con la ropa que había traído, las raquetas, la colonia, la cartera con su anterior nombre, las fotos de Mavi y de su madre, y les prendió fuego.


         Bajo las cortinillas, respiraba exhausta, miraba dolorida los moretones y pensaba en el niño, Beril podría hacerle daño. Su pasión no tenía fisuras, ni su odio tampoco.


         Los ojos almendrados contemplaban el fuego. Dentro se retorcían objetos negruzcos, irreconocibles. Beril había dado la vuelta y caminaba de nuevo hacía la casa. Beril no era bueno, ya no quería que se quedara allí, que fuera un padre para él. El tenía que ser el padre, él tenía que proteger a Dezh.
         Subió a la azotea y pisó con las zapatillas de seda bordada en las losetas gastadas de color rojizo. Los grandes macetones almenaban el borde bajo que daba a la puerta de entrada. Necesitó todo su esfuerzo para mover uno, y logró sudando que se inclinase lo suficiente y que cayera. No hizo ningún ruido hasta llegar. Corrió abajo, Beril yacía en el suelo de la entrada, con el cráneo partido, cubierto de tierra y flores. El niño hurgó en sus ropajes rojos, sacó un objeto estilizado con mango de piedras oscuras y golpeó a Beril en el pecho con él, la sangre empezó a brotar, manchando la seda blanca.







         La tarde lo había vuelto todo rojo. Salieron de la casa y caminaron por el pequeño camino de gravilla. El niño se había quedado algo atrás y Dezhna se volvió a contemplarlo, encontró la mirada castaña de almendra y le sonrió, ofreciéndole la mano.
         -Ven a los jardines.

         Los caminos se entrecruzaban bordeados de setos semisalvajes que impedían la visión, así los ropajes de colores se perdieron pronto entre el verde impenetrable y sólo quedó el recuerdo de miel, la mirada del niño que se había vuelto un momento y en la que aparecían unas pequeñas manchas oscuras.

  

                                  


        





5/20/2012

Energías


                                   

           
            Sentada entre centelleantes personas, hablando como ellos, viviendo la magia de las palabras, la crisis, el esfuerzo de pensar antes de hablar, sentada entre personas luminosas, entre seres de energía, ya sin palabras, a través de una corriente subterránea en el aire, sintiendo, escuchando, compartiendo. Y me siento sola, estamos condenados a la soledad, pero no a una soledad silenciosa, es una soledad de aparatos inservibles, llena de otra gente, ya nunca como antes, ya eres de soledad, estás marcada por ese vacío lánguido, aunque lleno interiormente pero vacío exterior, vacío al fin. He descubierto que no hay saldos de islas, no podré vivir mi soledad dignamente, no podré volver a la madre tierra desde un lugar aislado, roto, desgajado del mundo. No, me es negada la posibilidad de sumergirme en mi soledad, estando llena de tierra y mar, me es negado incorporarme a la tierra y al mar hasta desaparecer físicamente, en la soledad, siempre en la soledad, con los árboles, con el mar, con las gotitas cristalinas que ya no deslizarán por mis senos, ya nunca en la soledad siendo ellos y yo, siempre sola, eternamente sola. No, nunca la isla, nunca los libros y Chopin, ni la limonada del anochecer, ni la cama inmensa, nunca la isla, nunca sola pero aún más terriblemente sola, para siempre, sola entre otros, sola, hasta olvidando las palabras que me hicieron descubrir el mundo de los sueños, sola de palabras, sola de música, sola con los ruidos.


            Vagaba en ese limbo donde olvido muchas cosas. No, me encuentro bien, sí, no debo pensar demasiado, no debo permanecer mucho tiempo encerrada. Soy un alma libre, de bicicleta en la noche, de catedrales nocturnas, de energías mágicas pero accesibles, sin pensamientos tenebrosos o rabiosamente complejos, no debo dejar que mi mente vuelva a los procesos mentales, soy un trozo de materia feliz, sin pensar, aún puedo ser feliz sólo con la memoria. Los recuerdos que vuelven  por unos instantes, recuerdos de vidas pasadas o de vidas futuras, recuerdos vividos o recuerdos soñados, sólo recuerdos. Pensar puede destrozarme, como en el orwelismo no-pensar, no hay nada que pensar, sólo recordar y escribir, y no olvidar, nunca olvidar. Yo no quería construir recuerdos futuros como María Iribarne, pero no puedo dejar de construirlos, los recuerdos son parte esencial de mi vida. 

Barba Azul

                                                                       Para Ángel Luís



24-Septiembre.
            Mi profesor es Barba Azul, lo sé desde el primer día que vino, lo vi desde la ventana de clase y bajé hasta la entrada del colegio corriendo. Andaba como él, casi podía escuchar el roce de los brocados y el manto por el suelo, casi el ruido de sus espuelas, y habla como Barba Azul, le oí con el director, tan despacio, no puede pronunciar bien. Es él.
            Le han hecho tutor de mi clase, llegó con ese andar señorial que tiene, serio, con su barba y sus ojos oscuros. Es exacto al retrato del libro de la abuela. Encontré el libro en una caja de cosas inservibles de ella, iban a tirarlo, era muy viejo ¡Mi libro de Barba Azul! Lo he releído cien veces y aún más desde que él ha venido, incluso huele a él, mi libro tiene el perfume del señor. Nunca podré saber quien le regaló el libro o de donde lo sacó, ahora ya no. Algunas veces me mira cuando explica, he descubierto su secreto y creo que lo sospecha, me mira como preguntándome. Sí, te conozco, sé que eres él.

5-Octubre.
            Ayer le escuché reírse, es la risa de Barba Azul, como dice el libro, estentórea, sonora, fuerte. Es la risa de un poderoso.

12-Octubre.
            A veces me inquieta, me explica las cosas que no sé igual que a las demás, pero yo descubro detrás de su mirada afable, otra terrible, le he sorprendido en ocasiones mirando algo de esa manera, después la cambia en un instante y vuelve a parecer normal. Tengo que ser muy fuerte, tengo que dominar el miedo.

20-Diciembre.
            Me invitó a su casa y me dio limonada. Me encanta como la ha adornado, tiene muchos libros y cuadros de caza. Me regaló una foto de un pueblo con un castillo, allí nació él. Después escuchamos música antigua en dos sillones, él mío era un poco grande. Le veía a él enfrente, tenía los ojos cerrados, había encendido la chimenea y las llamas se reflejaban en su cara, hacía una mueca graciosa al escuchar. Era el señor en su palacio, ¡tan fuerte!
            Casi me llama Blanca, se le escapó la primera sílaba pero lo corrigió enseguida. Yo me parezco a ella, no me había dado cuenta hasta ahora, la Blanca del cuento tiene mis ojos y mis labios, en estos días aún me parezco más, noto que estoy cambiando.

4-Febrero.
            Mis amigas dicen que es muy guapo, sé que algunas están enamoradas de él, como Victoria o Ana. Para ellas sólo es un profesor, no conocen nada, no saben mirar detrás de su mirada, si lo vieran enfadado se llenarían de terror, yo conozco sus enfados, los he leído muchas veces, yo sé que no olvida, que no perdona, que es inflexible. Sé que no puedo cometer ninguna falta, sé que en su venganza no habrá piedad. Le temo pero me siento atraída hacia él. He leído su vida durante tanto tiempo y ahora él existe, vive cerca de mí.




15-Marzo.
            He vuelto a leer el libro de Barba Azul. Las otras niñas decían que el libro me apasionaba demasiado, que era un cuento para niñas pequeñas, pero yo comprendía, yo imaginaba la angustia de Blanca rezando en el campanario, me estremecía cada vez que él le gritaba -¡Baja o subo a buscarte!- yo estaba en la boda, miraba a los invitados, yo pecaba igual que Blanca por curiosidad, temblaba con ella cuando bajaba a los sótanos del castillo, a los lugares prohibidos… Y ahora Barba Azul existe, está aquí.

31-Marzo.
            He vencido al miedo, anoche llegué hasta su casa, en las sombras, esperé vigilando, le miraba, no sé, no aguardaba nada concreto, me bastaba saber que estaba allí, que era él, que no fingía.
            Empieza la curiosidad a dominarme, estoy cambiando, le miro los apuntes de clase cuando no me ve, los papeles, las llaves. Sé que es Barba Azul, pero me gustaría encontrar una prueba.

9-Abril.
            ¡Qué extraño cuando habla dulcemente! Quisiera que se mostrase como es, espero su furia contenida, su cólera. Mi abuela era demasiado buena y demasiado vieja.

2-Mayo.
            Noto que ocurre algo, hablan de mí, me miran con curiosidad, los profesores y las monjas. Estoy nerviosa, no pueden haber descubierto el diario. No sé lo que pasa.

8-Mayo.
            ¡Ha ocurrido! ¡Tengo un padre! Barba Azul me ha adoptado. Y ahora yo seré por fin Blanca, como la Blanca del cuento. Ya no escribiré más, ahora viviré.




Acteón





         La mujer caminó por la playa, la arena ardía bajo el sol de la tarde. Arrastraba su larga túnica dibujando suaves ondas. No pensaba, trataba con esfuerzos desesperados de fundirse con aquellas cosas que por fin eran suyas. Abandonarse, dejar de existir, convertirse en la playa, en el mar, ser un grano de arena y al mismo tiempo, toda una isla. Se tendió soportando el calor que emanaba del suelo. ¿Por qué no lo conseguía? Según había leído su mente era poderosa, ¿Cómo no lograba su mente convertirla en lo que tanto ansiaba?
         Escuchó unos pasos y se volvió. El hombre caminaba lentamente hacia ella. En su rostro serio se veían la frustración y el dolor. En el corazón de la mujer hubo una contracción, como una arcada de desdén.
         -Llamaron del hospital. Ha muerto.
         No esperó que ella se moviera o dijera una palabra. No lo habría hecho. Se volvió y lentamente se alejó de ella.

         La mujer ya no podía controlar su pensamiento, no quería pensar en nada y para evitarlo, se desnudó y se sumergió en las aguas del océano. Allí recobró la serenidad, de nuevo pensaba en fundirse con el mar, ser una gotita cristalina entre un millón de gotitas cristalinas, y ser al mismo tiempo, el mar, pleno, el mar de su isla, el mar, la palabra mar, sería algo infinito, y permanecer siempre igual, no existiría el tiempo ni las personas, ella sería el espacio, el mar, la playa, la isla, el aire, el mundo. Sola, sola para siempre.




         El hombre de la barba llegó a la casa y se dispuso a partir. Pensaba en la mujer, ¿sufría en silencio o realmente no le importaba nada? Era tan distinta… y él únicamente podía resolver el tema con el hospital y volver todo a la normalidad, seguir adelante… pensar que no había pasado nada…  seguir dentro de aquel círculo en el que había vivido los dos últimos años. Sólo era un trabajo… dos años y apenas había cruzado unas cuantas frases con ella. Era muy extraña… y era impensable… era una idea ridícula intentar sonsacarle una confesión.




         Hacía una mañana soleada el día que Alberto llegó. Era fascinante, una oportunidad única en su vida de gigoló, ejercer en exclusiva nada menos que en una isla.





         La mujer reposaba en un diván forrado de seda, la habitación estaba en penumbra, sonaba una melodía de Chopin y se escuchaba también el mar. Pensó que era una situación idílica, en realidad se había rodeado de situaciones idílicas, de decorados perfectos, que acariciaran los sentidos uno a uno, o varios a la vez, aunque predominaban los dedicados al tacto, la suavidad era una de sus obsesiones. Antes pensaba que quizás fuera esquizofrénica, o que se estuviera volviendo loca, ahora ya no, ahora no pensaba, se limitaba a vivir, a que sus sentidos estuvieran siempre satisfechos, como fuera. El dinero no la preocupaba, había hasta aborrecerlo, y con dinero se lograba todo, la música deliciosa, los decorados, las sedas y los terciopelos, la comida sutil, la única que podía comer, la isla, el mar, hasta el mar lo había comprado su dinero… y los hombres, también había comprado hombres, lo último que necesitaban sus sentidos. No, aunque lo quisiera, no era lo último que exigía su cuerpo, a veces era lo primero… lo único.



         El hombre de la barba hacía tiempo que había cumplido la treintena y a veces empezaba a sentirse cansado y mayor. Ahora viajaba con aquel joven, Alberto, en el barco. Era hermoso y fuerte, a ella le gustaría. Igual que el otro, también le había gustado el otro cuando llegó… si algo le ocurriera a Alberto… ¿No tendría también él culpa por haberlo llevado allí? Le miró. El muchacho sonreía soñando, seguramente, con su nueva vida.



         La casa le pareció enorme, allí podían vivir decenas de personas cómodamente. Sus habitaciones, aunque pertenecían a la casa, eran independientes. Una única puerta daba al exterior, no se comunicaban con ninguna otra estancia. Le servían la comida allí, a él solo, nunca había comido con ella o con Frank. A veces le exasperaba que le mantuvieran apartado de ese modo, llevaba en la isla un mes y sólo había visto a la mujer unas cuantas veces, siempre de noche. El pensaba que quería un jovencito para tener cerca, que calmara sus instintos de mujer y de madre al mismo tiempo, como ya le había pasado. En vez de eso se había encontrado con una mujer muy joven, que quería verlo muy pocas veces y únicamente para hacer el amor.



         La mujer salió aquella mañana a cabalgar, tenía una hermosa colección de caballos, todos negros, muy parecidos, aunque prefería a uno especialmente. Le había llamado Hermes en honor de su dios favorito de los quince años, cuando  decidió abandonar la religión que le habían enseñado siendo una niña. Estudió otras… pero adolecían de los mismos errores, y desencantada, descubrió la belleza y poesía que habitaba en la mitología griega. A partir de entonces decidió que seguiría algunas de sus costumbres y vestiría como ellos cuando pudiera. Otra cosa que decidió fue que Dios no existía.
         Galopaba sin silla, tenía que sentir vibrar al caballo bajo su piel, tenía que ser parte del caballo, compartir su esfuerzo y correr con él, correr cada vez más veloz.
         Corrió por la playa y se bañaron juntos, después regresó a casa con la túnica blanca empapada, a lomos de Hermes. Bajó de un salto. Frank salía de su despacho.
         -¡Quiero verlo ahora!



         Alberto obedeció extrañado la orden, nunca había ido siendo de día. Entró en la habitación. Habían corrido las cortinas de espeso terciopelo negro, en la habitación había una suave penumbra que permitía ver la decoración, algo que nunca había distinguido por la noche, lo que se debía a una poderosa razón, casi absolutamente todos los objetos de la sala eran negros. La cama, esplendorosa, inmensamente grande, parecía de madera negra, tenía cuatro columnas labradas y un dosel. La colcha, la había sentido algunas veces, era una soberbia pieza de visón negro que llegaba hasta el suelo, forrado con la misma piel. El papel en los muros tenía ondulaciones doradas, no había cuadros en las paredes. Vio al fondo una peinadora de la misma madera y se imaginó a la dueña de aquella extraña habitación peinando sus largos cabellos. No había sentido hasta entonces belleza en lo que hacía pero ahora, su imaginación perfilaba imágenes incoherentes pero hermosas y dulces de ellos dos en la habitación y en la isla.

         La mujer vestía su mejor túnica blanca, tenía suaves encajes que cosquilleaban sus muñecas y sus pies desnudos. Esta vez había sido muy fuerte, en realidad, cada vez que montaba a Hermes, su deseo crecía hasta límites increíbles, casi no había podido soportar el agua antes de su encuentro con el muchacho. Le deleitaba pensar que su Hermes era el causante aunque, obviamente, no podía hacer el amor con él.
         Aquella noche Alberto se detuvo más que nunca en las caricias, y ella estaba tan hermosa, parecía tan humana, por primera vez se estaba acercando a él.



         Ella lo mandó venir muchas veces aquella semana, y en momentos de placer infinito lo llamaba Hermes. En la penumbra, sus ojos semicerrados podían alargar su cuerpo, volverlo de una negrura grandiosa, hacer aparecer crines donde sólo había suaves rizos. Y cuando cabalgaba a lomos del auténtico también recordaba al muchacho, pensó alguna vez que quizás era otro eslabón, como la isla, como la suavidad, como Hermes, como el océano… de su recorrido y permanencia en el placer, o en esa búsqueda del placer absoluto y eterno.



         Alberto también recordaba todos aquellos momentos. Con qué pasión la tomaba ahora, con qué angustia se separaba de ella, cómo adoraba ya su cuerpo, de una suavidad imposible, tan fresco, impregnado de suaves esencias, dorado por sus frecuentes baños… Ella era tan hermosa, su cuerpo estaba acoplado a una figura de arte, a una escultura delgada, flexible y maravillosa.



         Se levantó con la necesidad de estar a su lado. Intentó encontrarla por la playa, que tenía que conseguir verla y hablarle. La vio cabalgando por la arena en dirección a él. Venía deprisa, su túnica eblouisante se llenaba de viento, como su cabellera negra y suelta.
         El rostro de ella se torció en una mueca de disgusto y extrañeza, siguió galopando más fuerte, sin mirarlo. Al pasar a su lado Alberto le gritó.
         -¡Quería verte!



         Aquella noche ella pensó mucho en él. Había desobedecido… él sabía que no podía estar allí… pero…  quería verla. Quizás el muchacho podía… ser como Hermes. Quedarse. Quedarse allí a formar parte de la casa y de la isla… de su… decorado.
         Al día siguiente lo llevó a su paseo. Cabalgaron un rato por los prados, bajaron a la playa e hicieron el amor. Alberto no pensaba en lo extraño del cambio, sólo en que se sentía feliz a su lado, en que ella comenzaba a sentir algo por él.
         Tumbados en la arena, siguió acariciando su pelo, intentando que tomaran forma en su mente todas las preguntas que quería hacerle y lograr que ella le hablara. Empezó. Las palabras comenzaron a surgir, tímidas, las frases deshilvanadas fueron poco a poco tejiéndose por sí solas, intentando expresar lo que sentía. Y en otro momento, abriéndose paso como la luz, la voz de ella, saliendo de la espesura en tinieblas.

         - …leía mucho, siempre me recuerdo leyendo… era una niña alegre y somnolienta a la vez, soñaba… no quise enfrentarme a la vida, la odiaba, odiaba la vida que me estaba destinada… quería ser feliz, busqué mi felicidad… él apareció… tenía mucho dinero y me dejaba sola siempre que yo quería… cada vez más, cada vez más a menudo necesitaba estar sola… No sé si se suicidó, fue extraño… me refugié aquí, en la naturaleza, aquí me siento feliz… he creado un mundo de placer… aunque a veces pienso que es como un espejo, como un sueño… tengo miedo de darme cuenta de que vivo en un sueño y que despertaré de pronto algún día.

         Miró a Alberto con extrañeza. Montó en Hermes y se alejó.

         Aquella noche no pudo dormir. Lo había desvelado. Algo inimaginable, había profanado sus secretos, le había contado sus más íntimos recelos. Nacía en ella un odio desmesurado hacia aquel mortal.




         Alberto estaba como loco, la quería desesperadamente, y ella por fin le había hablado, ahora era ya un poco suya. Se levantó de la cama y fue a buscarla por la casa, tenía que encontrarla y abrazarla de nuevo, con más fuerza. Entró en el dormitorio y la vio, de pie, frente al ventanal. Se movió para que él no la tocara y vio claramente en sus ojos el desprecio, el horror, el asco… Alberto no comprendía… abrió los ojos desmesuradamente, algo abominable, espantoso estaba ocurriendo. Se arrojó al suelo y se abrazó a sus tobillos, frotó su cara en la túnica de nieve, gimió, lloró, suplicó en vano mientras notaba crecer en ella la cólera.
         -¡Vete! No te atrevas a tocarme, maldito seas, vete, no puedo soportar verte ni oírte, márchate de aquí. No quiero verte nunca más.
         Alberto seguía llorando, alzó la cara para mirarla y consiguió preguntarle en un quejido.
         - … ¿por qué?... ¿qué he hecho?
         Ella lo miró rabiosa.
         -¿Cómo te atreviste a preguntarme?
         Alberto se levantó lentamente, habían parado las lágrimas pero su rostro seguía mostrando la incredulidad y la confusión, se limpió la cara con el dorso de la mano.
         -No comprendí… esa pintura de la entrada. Hasta ahora no tenía sentido… ese cazador al que devoran sus perros, ¿quién es ella, la que está desnuda en el agua?... creo que eres tú.
         La voz de nuevo llena de desprecio le hirió en lo más profundo.
         -Es Artemisa. Una diosa griega, el cazador se llamaba Acteón, era un imbécil… ¡Vete, no quiero verte más! Frank te pagará y te llevará al puerto.



         Frank lo encontró. Se había tirado desde una ventana. Estaba muerto, de nuevo, la misma pesadilla…
         Ella salió como cada mañana a cabalgar. Se encontraron un momento.
         -Qué debo hacer?
         -Contrata a otro. Busca… y no pienses. Tu preocupación es inútil.




         La mujer caminó por la playa, la arena ardía bajo el sol de la tarde. Arrastraba su larga túnica, dibujando suaves ondas, no pensaba, trataba con esfuerzos desesperados de fundirse con aquellas cosas que por fin eran suyas.

Un pequeño comentario sobre mis relatos

   
    



                Siempre he considerado mis relatos inconexos, diferentes, tanto en la forma como en las ideas, como un grupo de hermanos bastardos que se miraran incrédulos en la extraña reunión de la carpeta de mi ordenador.

Un día una amiga de la blogosfera me dijo que este relato "Philip" era una revisión del mito de Narciso y francamente me quedé sorprendida porque aunque es palpable que es cierto, nunca lo había pensado. Descubrí así que había en mis relatos mucha más materia mitológica de la que era consciente. Lo podréis comprobar al leerlos, no podía ser de otro modo dada la cantidad que he bebido en esas lagunas estigias entre el mundo y el infierno. Mientras leía devorando todas las entradas  que ponían mit. en la enciclopedia de casa, supongo que mi mente quedó para siempre impregnada, henchida de sentimientos y visiones.  A la fuerza, mis hijos, que se han creado a sí mismos, entre espasmos y locura, casi todos hablan de mitología.

Aunque quizás ese substrato se encuentre aún más profundo, como una memoria maldita que compartimos como especie, un inconsciente colectivo que nos atrae irremediablemente, porque está quizás hasta en nuestro adn, como los conocimientos de los neandertales. Puede ser que así nosotros hemos preservado la historia mítica. Me gusta pensarlo.

Philip


                                                                                  


                                                                                     Para Agustín que nunca supo que la tenía.  


            Estaba acabando de escribir mi novela, la máquina seguía tecleando metódicamente, paré un momento, frotándome los dedos entumecidos, y miré a Philip, estaba observando fijamente su imagen en el cristal del ventanal. Al principio creí que miraba abajo, no se puede ver bien la calle desde la planta 58. Me gusta la altura de este bloque de apartamentos, el cielo parece más claro y la gente apenas se ve, es un respiro. Sí, creí que miraba abajo pero no, de nuevo comenzaba con sus obsesiones, el médico me lo había predicho. No sé por qué me turbó tanto, era algo calculado, calculado en mis horas de imsomnio, calculado en mis duchas rápidas, calculado en los instantes después de un orgasmo, sabía que volvería, sí, calculado, tenía que repetírmelo hasta convencerme por completo. Esa era la verdad, estaba calculado, predicho, era esperado, aunque yo pensé alguna vez… Es inútil, Philip había vuelto atrás, hace cinco años lo traje a vivir aquí conmigo. Tienes que aislarlo, eso me dijeron, eso me dije, aislado no pasará nada, sólo conmigo; una vida aburrida, yo escribiendo, o saliendo para ir a trabajar, o corriendo, o ahogándome yo; yo y Philip, Philip y yo; nadie podría decir que yo no quisiera eso, ni él tampoco, algunas veces lo vi riéndose fuerte, como antes, algunas veces…

            Sí, creí que podríamos estar siempre así. ¿Por qué no? Yo le había librado de aquella primera chica y de las otras locas estúpidas, y él me lo agradecía, aunque sin decirme nada, era natural, pero estaba agradecido, lo sé, yo lo conozco mejor que nadie, sí, mejor que nadie. Pero era inútil, volvía de nuevo a sufrir su enfermedad, y lo peor se acercaba, él me rogaría, lloraría para que… ¿Qué más da?

            El cristal del ventanal le devolvía su imagen de siempre, como siempre, como si no hubieran pasado tantos años, igual que cuando lo conocí, entonces no había descubierto el placer de los espejos; es un nombre ingenuo, lo sé, pero lo describe perfectamente. El placer de los espejos lo descubrió algunos años después, en realidad, era la gente la que lo había llevado a aquella situación, de nuevo la maldita gente, y aquella chica sumisa, enamorada, tonta y las otras. El no debió dejar que ocurriera, pero él nunca ha tenido verdadera conciencia de lo que le pasaba, yo tenía que vigilar constantemente, constantemente preocupada, siempre detrás. Y de nuevo tendría que hacer frente a lo que pasara, tenía que buscar una solución, más médicos no, de eso estaba segura, no lo comprendían, no eran capaces de dar un diagnóstico, y algunos era peor, lo miraban de una manera… los médicos también son humanos, qué miradas, máldita gente.

            El placer de los espejos es algo que sólo he observado en él, no he oído hablar nunca más de otro caso. En realidad, poca gente encuentra placer en eso. Claro que con Philip es distinto naturalmente. Al principio eran los halagos, las miradas arrobadas, el poder llevarse a la cama a cualquiera con sólo un vistazo. Era algo tan excitante que creo que nunca disfrutó demasiado con el acto en sí. Aunque en estos cinco años me gustaría pensar que fue distinto, aunque quizás yo no haya sido nada para él. Es un ser desagradecido, después de todos estos años, mírale ahora, se acerca al cristal, ahora sólo existe él, su rostro, su cuerpo. ¡Cuántas veces lo he visto llorando por no poder abrazar su reflejo! Conmigo fue distinto. Lo creo, lo sé, pero es igual, ha vuelto atrás, roza el cristal, se besa, intenta acariciar a ese reflejo, gime. Es inútil, no habrá ningún tipo de solución, y ahora menos, no tiene nigún deseo de curarse, de ser normal, lo presentía, estos últimos días le había visto algunos detalles. No desea curarse, podíamos haber vivido siempre así pero el acaba de destrozar todo, de tirarlo, nuestros años de convivencia, nuestras palabras, nuestras caricias, caricias para dos. Ahora sólo hay espacio para uno, caricias para uno.

            Pienso en que una vez me dijo – Me doy asco – Eso me dijo, resultaba extraño siendo tan bello, su cuerpo es el más bello y perfecto que existe, como si todas las fuerzas de la naturaleza en su compleja y arbitraria combinación, por azar, hubieran dado con los ingredientes exactos para crearle. – Me doy asco- eso me dijo, y ahora… míralo ahora, no es el mismo, pero su cuerpo sí, su cuerpo sí.

            Me giré y me levanté, caminé hacia él. Se encontraba ya en pleno frenesí, arrebatado, desforado. De pie, pegado al cristal, movía sus labios ritmicamente, y los apretaba al igual que su cuerpo contra el ventanal que llegaba hasta el suelo. Suspiré, ya no había nada que hacer. Lo empujé con todas mis fuerzas, el cristal se quebró en un quejido que se confundió con los de él, creo que no se dio cuenta hasta que llegó abajo. Pasó algo que no esperaba, aunque era lógico, algo que él no hubiera creído nunca. Estaba horrible cuando lo subieron a la ambulancia.



7/11/2006

Orlando


Orlando Bloom o también llamado Oswald Boollmon pertenece al Jardín. Le utilizo para pasar al otro lado como Sting en "Julia y Julia", no será un mito del cine ni un icono sexual del milenio pero en sus ojos se encuentra la malignidad suficiente, el lazo invisible, el poder, la fuerza del poderoso. Entrégate a esos lagos negros, deja que sea el dueño de tu irrealidad.

6/16/2006

Relatos

    

    He creado este blog para poner mis relatos aquí, mis manzanas de oro, podrás darles bocados o comertelas enteras con avidez y gula, al igual que las manzanas del Jardín de las Hespérides, mis relatos pertenecen a la irrealidad y te sumergirán en ella. Quizás después sea ya demasiado tarde para salir porque el veneno estará en tu estómago, sólo espero que el veneno te guste tanto como a mí, el veneno te hará pasar de un mundo al otro con la extraña facilidad de los iniciados.

    Quizás descubras después que no estabas seguro de vivir en la realidad o que la realidad no existe, pues la mente nos fabrica a cada segundo una realidad propia para vivir.

    Se bienvenido Viajero.