5/03/2024

    AMELIE 2 (Orlando fragmento)


Amelie se había serenado y ya no temblaba. En ese instante era una mujer completamente segura de lo que quería.

-¿Con quién podría ser mejor que contigo?

-¿Quieres que sea yo? 

-Claro que sí. 

-¿Confías en mí?

-Confío.

-Bien. Te prometo que intentaré que este sea el paso del ecuador más dulce que nadie haya podido soñar, un bollito de leche se merece toda la suavidad del mundo. 

-Si me sigues hablando en ese tono voy a acabar de desmayarme –dijo Amelie sonriendo. –Necesito más aire

La tomó de la mano y la condujo hasta la cama 

-Ven. Siéntate, la fuerza de la gravedad actúa mejor aquí. –Orlando rebuscó en un cajón y sacó un mando. Lo había encontrado hacía poco, apretó uno de los botones y los cristales antibala de su cuarto se oscurecieron lo bastante como para dejar la pieza en una penumbra dorada, aunque suficiente para ver las expresiones de sus rostros.

Orlando se sentó también pero más en el centro, en su postura favorita, con la espalda en el cabecero, atrajo a Amelie para que quedara sentada en sus piernas, de costado, la inclinó para que su espalda quedara apoyada en el brazo derecho, y así la estrechó, la meció y empezó a darle pequeños besos en la nariz y por toda la cara.

-Me gustaría que sólo pensaras en el placer que quiero que sientas, no estés preocupada por nada. Hacer el amor es fantástico, si no lo es, se deja para otro día. Si algo va mal, si en algún momento quieres parar sólo tienes que decir mi nombre o “Para” y seguiremos cuando tú quieras.

Amelie asintió con la cabeza mientras le sonreía.

-Lo único que no puedo evitarte es que sientas pudor, ese es el precio.– terminó de desabotonarle la chaqueta y se la quitó con suavidad, la dejó caer al suelo, siguió con los botones de la blusa y poco a poco la carne de ella iba asomando tímidamente, notó que sus pezones se endurecían y la piel de gallina cubría sus pechos, Orlando empezó a besar cuanto el sujetador dejaba al descubierto, mientras terminaba con los botones de la blusa que fue a hacer compañía a la chaqueta. Volvió a estrecharla y a mecerla, después la reclinó un poco más y se quedó un momento observando el rostro de ella. 

-Quiero recordarte así.

Después la besó en los labios mientras recorría con los dedos la carne en el borde del sujetador. Incorporó a Amelie y la dejó sentada en su lugar, él se colocó delante de ella, se acercó y le soltó el sujetador que cayó encima de la otra ropa. Volvió a quedarse un momento mirándola, a ella se le encendieron las mejillas pero no hizo ningún amago de cubrirse. Orlando empezó a lamerle el hombro, desde el brazo, subió hasta su cuello y bajó de nuevo, su boca hizo presa en el terreno que había liberado y no le ahorró besos ni saliva mientras Amelie aprendía cómo se conseguía aire cuando apenas se podía respirar. Sus gemidos y sus jadeos lo encendían. 

    Descubrió un rostro que tampoco había visto hasta entonces, vio claramente que Orlando la deseaba y se sintió salvajemente feliz.

Se dejó adueñar por sus besos y se hundió en el ensueño de placer que por primera vez estaba sintiendo, algo después pudo darse cuenta de que estaba desnuda, tumbada en la cama, que la boca de Orlando seguía recorriendo su cuerpo, que su sexo vibraba dentro y fuera, Orlando se acercó a besarla en los labios y su mano tomó el relevo, esta vez fue directamente al centro de placer de Amelie y mientras seguía besándola, uno de sus dedos se adentró en la vulva y con un roce liviano se deslizó una y otra vez, y empezó a penetrarla. Las paredes de su vagina estaban húmedas y suaves, su cuerpo se dulcificaba para aceptarle. Orlando sonrió cerrando los ojos y suspiró.

-Creo que es el momento.

Se movió y cogió algo de la mesilla.

-Una regla. Nunca, nunca, nunca, ¡jamás! lo hagas sin preservativo. 

-Te lo juro. -le dijo ella sonriéndole entre jadeos

-¿Estás segura? ¿Sigo adelante?

-Nunca he estado más segura de nada en mi vida.

Se colocó el preservativo y fue colocándose encima de ella. 

-Voy a ir muy despacio, me pararé en cuanto lo digas.

Amelie empezó a notarlo, la sensación no se parecía a nada conocido, el dolor que le habían advertido tantas veces no existía, Orlando se iba adentrando en su cuerpo, ocupándola, llenando un vacío que le había estado esperando todos estos años, sólo alguna ligera molestia, su miembro retrocedía y volvía a avanzar a pequeños pasos hasta que supo perfectamente que había llegado, tuvo un pequeño estremecimiento dentro que Orlando también notó, él volvió a besarla dulcemente.

-Sabes a nata.

-Y tú sabes a chocolate.

-¿Estás bien?

-Me siento flotar.

-Entonces tendré que bajarte de las nubes.

Empezó a mover su cuerpo, Amelie notó como primero muy levemente y cada vez de forma más clara su miembro se movía en un vaivén delicioso.

-¿Duele? ¿Te molesta algo?

-No, no…  sigue así.

Cerró los ojos para concentrarse en lo que estaba sintiendo. Era su paso del ecuador, uno de los momentos más importantes de su vida y ¡estaba ocurriendo ahora! ¡Y estaba con Orlando! con un ser que consideraba inalcanzable hasta hacía poco. No quería entender cómo había llegado hasta aquel momento, sólo quería seguir sintiéndole allí, seguir abrazándole y esperar que pudiera terminar de hacerle el amor antes de que la muerte viniera por ella, porque su corazón, como el de Tita y Pedro, estaba a punto de explotar de felicidad. En ese momento, en que oía los latidos golpeándola, escuchó como Orlando gemía al correrse, se abrazó a él aún más para sentir todos sus estremecimientos.


Se quedaron tumbados de lado, frente a frente, sin hablar, Orlando pasaba la mano a lo largo del cuerpo de Amelie, lenta y delicadamente, en una caricia que no quería finalizar. Miraba el cuerpo de ella a la vez que su mano se deslizaba por la piel blanca, Amelie no sentía ya ningún pudor. No había más que entregar a Orlando, le había dejado que conociera cada rincón de su cuerpo, y había sido más fácil de lo hubiera pensado. Ahora se sentía distinta, como si hubiera dejado atrás un caparazón, una muda de piel pequeña para ella, ahora se sentía fuerte, se sentía segura, se sentía hermosa como nunca. Amelie flotaba pensando en cómo había sido de maravilloso este encuentro, admiraba a Orlando como actor,  y hasta entonces, le parecía simpático, espontáneo, amable, pero jamás hubiera imaginado cuanta dulzura era capaz de dar, cómo había llegado a este extremo de ternura y mimos maravillosos.

Orlando la miró a los ojos, deslizó la mano por su brazo, tomó la mano de ella y se la acercó a los labios para besarla.

-Ha sido un honor.

Amelie irradiaba felicidad.

-Estaba pensando en lo triste que es, que todas las mujeres del mundo no puedan sentir esto en su primera vez. Creo que es muy injusto.

Orlando le sonrió y se acercó para estrecharla.

-Eres un bocado de nata. Te haría el amor otra vez ahora mismo. Te aseguro que la próxima vez te gustara aún más. ¿Sabes Amelie? Cada vez que haces el amor es distinto. Ya lo irás comprobando, no habrá dos veces iguales, es como la vida, nunca dos conversaciones son iguales o dos puestas de sol son iguales. Hacer el amor es un momento intenso de vida que se queda congelado. Y estos deben ser parte de los momentos más dulces que tengas a lo largo de tu existencia… lo que me recuerda que no puedo postergar por más tiempo una obligación que no me apetece nada. ¿No tienes hambre?

-De pronto me he sentido hambrienta.

-Es otro efecto secundario. También podrás comprobarlo más adelante, se abre el apetito. Voy a ver qué hora es.

Se levantó y tomó el reloj que había dejado sobre la mesa, Amelie lo observó mientras caminaba desnudo por aquel suelo que no emitía ruidos. Para la constitución ligera de Orlando, su miembros tenían la musculatura justa. Más desarrollada no sería tan hermoso, la espalda estilizada acababa en las nalgas fuertes y redondas, para ser tan delgado, pensó, tenía un culo precioso.

-Casi hora de comer. ¿Bajamos juntos o mejor no?¿Qué prefieres?

-Voy a ir a arreglarme un poco a mi cuarto y a ver si consigo no estar sonriendo cono una boba todo el rato. No sé qué voy a hacer, no quiero pensar en nada triste. ¿Cómo se consigue? Tú tienes que tener más práctica.

Orlando empezó a reír.

-No quiero que dejes de sonreír… aunque tienes razón. Cuando salgas de tu habitación piensa que tus padres nos acaban de sorprender entrando por la puerta, creo que eso puede cortarte hasta la digestión. -Amelie rió de buena gana la ocurrencia.

-Está bien, desde luego es un buen antídoto.

-¿Crees que las demás intuirán…?

-Seguro que intuirán… pero son discretas.

Se acercó a la cama y se sentó, tomo la mano de Amelie.

-Tu sabes…

-Hesperia. Sí… lo sé.

-Y… ¿te afecta?

-Pues… dado que no es posible clonarte, en cual caso yo pagaría cuanto tengo y he ganado en mi vida, para conseguir el primer clon, entiendo que la vida debe ser compartir, además es uno de los principios básicos de todas las religiones ¿no? Y  dicen que se debe predicar con el ejemplo.

-Una filosofía muy coherente en nuestra situación.

-Ellas son como mi familia. Además nos regimos por las leyes jedi, ¿no te lo han dicho? ya sabes “El apego está prohibido, la posesión está prohibida.”

-¿Sois maravillosas o es un narcótico de Nibbi con el que me habéis hipnotizado?

Se besaron de nuevo durante unos largos minutos y no sin un esfuerzo decidido de voluntad consiguieron al fin separarse, vestirse y marcharse.

4/27/2024

 


                                          Amelie (Orlando fragmento)


-Te gusta tanto como a mí. ¿Verdad?

-Me encanta... creo que es la actividad… más interesante del ser humano. 

Tenía… un cierto pálpito de que nos compenetraríamos… –Orlando fue a moverse y ella de nuevo le frenó. –Espera aún un poco. No te preocupes, no pesas… eres delicioso Orlando, no sé si te lo habrán dicho… millones de veces… -rió entre los jadeos- es posible, pero puedes convencerte de que es cierto. Y… es cierto que hueles a vainilla.

-¿Qué?

-Lo leí en una entrevista hace tiempo. La periodista decía que al moverte, exhalabas un olor muy tenue a vainilla.

-No puedo creer que dijera eso.

-Te lo aseguro. Y es cierto, tu piel deja un halo, como si estuviera impregnada con especias, yo diría que hay también un punto de canela… o clavo de olor, sólo una nota. Eres delicioso.

La besó dulcemente y se hizo a un lado, se desprendió del condón, y siguió tumbado al lado de Hesperia, la besó de nuevo en la mejilla.

-Voy a estar unos días fuera.

-¿Te vas a marchar?

-Tengo que hacer algunas cosas, me iré pasado mañana muy temprano, pero volveré en cuatro o cinco días.

-No me gusta la idea, ¿cómo vamos a terminar “La Ilíada” si desapareces y aún no hemos empezado?

Hesperia rió.

-Tendrás que leer solo, y cuando vuelva veré si has trabajado bastante, pienso preguntarte.

-Ya, bueno, lo haré- Orlando le sonrió y le dio un ligero mordisco en el brazo- Y…¿sería muy descortés que habláramos ahora de una de tus amigas?

-No…  –ella le sonrió con picardía- ¿Quién de ellas?

-¿Cómo es Amelie?

-¡Uah…! ¡Vaya! Un cambio muy estimulante. La pequeña Amelie es… como un bollito de leche, tierna y dulce…, si eso se puede decir de alguna de nosotras.

-Se parece a la auténtica, a la de la película.

-Sí, se parece. Ojos cándidos, piel de nácar, una sonrisa inocente y una dulzura perenne. 

-Comparto la descripción. No puede llevar mucho tiempo aquí, ¿verdad?

-Lleva un año más o menos, sus padres la enviaron a Francia a estudiar idiomas. Es una superdotada, habla… creo que son ocho idiomas y está estudiando más.

-¿Qué edad tiene?

-Hace poco se ha convertido en mayor de edad. Te gusta ¿Eh?

-Todas vosotras me provocáis fascinación, sois misteriosas, increíbles. Me cuesta creer que lo que sucede aquí es real, así que observo y… me imagino… intento no perder detalle de vosotras y de todo esto, podría no haber sucedido, pero aquí estoy, como en un mundo paralelo. Es como si me estuviera tomando unas vacaciones de mi vida… o de mí mismo.

-Así es Orlando, estás de vacaciones y Amelie es un bocado de nata.






  1. AMELIE

Aquella mañana volvía a hacer muy buen tiempo, los días que llevaba en el castillo de Green habían sido luminosos y cálidos aunque por el calendario el otoño avanzaba. En aquella región de Francia, cualquiera que fuera, en la que estaba, seguía siendo un final de verano largo y suave. Miró hacia la mesa de su cuarto, Hesperia le había dejado el libro allí. Sonrió, era cierto que a ella le gustaba leerlo, se sabía todos los apodos de los griegos y de los troyanos, y recordaba tal cantidad de personajes que le parecía imposible. Mientras se lo leía la tarde anterior, tenía tal entusiasmo que consiguió transmitírselo y él siguió leyendo un buen rato después que ella se marchara a sus actividades “alegales” y a hacer la maleta. Suponía que ya debía llevar varias horas de viaje, no le había preguntado adónde iba, quizás aún no se lo hubiera dicho. Orlando reconoció que le gustaría saberlo, comprendía que no le pudieran desvelar todos sus secretos pero en su fuero interno le molestaba un poco.

El día anterior, de nuevo, había comido y cenado en el comedor del gran ventanal y ya se había sentido uno más del grupo. Esta vez era él el que había estado contestando a las preguntas de ellas, las chicas mostraban una gran curiosidad por pequeños detalles de su vida, de su infancia, de sus costumbres. Pensó en lo dura que le resultaba la fama, los periodistas persiguiéndole por todas partes, gente que le grababa en los móviles en cualquier sitio donde estuviera, siempre con la sensación de que era espiado para después ser cuestionado y criticado, aunque también había mucha gente que le quería, que le tenía afecto, era verdad que lo notaba y que lo agradecía de veras. Como las chicas. Se percibía en cada gesto y en cada frase de ellas que le tenían cariño, seguro que mezclado con otros sentimientos, pero llenos de ternura y afecto. Que fácil sería su vida si los fans pudieran ser como aquellas chicas, poder ver brillar en sus ojos la emoción que él les producía, y sin embargo, poder convertirse en amigos, compartir cosas con ellas, hacer cosas juntos, o simplemente charlar y conocerse. Miró de nuevo hacia el ventanal y decidió que la Ilíada podría esperar, le apetecía mucho más ir a caminar bajo el sol. Salió y ya sin esfuerzo caminó por los pasillos y las escaleras del castillo hasta salir, también había estado recorriéndolo el día anterior y empezaba a tener una idea más clara de la distribución, aunque era enorme. 

Igual que había hecho la primera vez, empezó a caminar hacia los árboles, aquella zona le gustaba especialmente, esta vez se alejó más y se adentró sin rumbo sorteando los árboles al azar. No estaba seguro qué tipo eran, el tronco era muy ancho y alto, aunque no estaban tan juntos que no dejaran pasar el sol. Al acercarse a uno de ellos, de pronto, una cabeza morena surgió de detrás.

-¡Orlando! ¡Hola! ¿Estabas dando un paseo? 

-Hola Amelie. Sí, ¿Hoy no trabajas?

Amelie estaba sentada bajo el árbol leyendo un libro, se había llevado una manta para sentarse y apoyaba la espalda en el tronco. Su rostro tenía una expresión de felicidad imposible de ignorar, se la veía muy bonita y un poco más niña.

-No hay demasiado trabajo, los ordenadores están cruzando datos. Antes de comer me pasaré a ver si aparecen alarmas para seguir con los otros procedimientos. Ya sabes, pura rutina.

-Sí. –sonrió- Pura rutina. ¿Te he interrumpido? ¿Estabas leyendo?

-Estaba leyendo pero no me has interrumpido, lo he leído varias veces. Hoy me apeteció cogerlo de nuevo y… ven siéntate.

Orlando se sentó junto a ella y se apoyó igualmente en el tronco, miró con interés el libro que Amelie le enseñaba.

-Creo que no sabes español.

-No, ni seguro que los otros idiomas que hablas tú. Hesperia me dijo que hablabas muy bien un montón.

-¿Hesperia te lo dijo? Bueno, así es. Tengo una facilidad natural, no me cuesta demasiado, de pronto, cuando escucho un idioma, pasado un tiempo, las palabras se ordenan en mi cerebro, no sé, no sabría explicarlo. Te contaré un poco de mi vida secreta, yo soy de Nueva York, de madre francesa y padre judío americano, uno de sus mejores amigos que ejerce un poco como tío, es un judío muy testarudo y muy divertido, tiene prohibido hablar en su casa otro idioma salvo el hebreo, así que de niña aprendí inglés, hebreo, francés y español, la tata, la señora que me cuidaba era de México. La quería igual que si fuera de mi familia, ella me regaló este libro.

-¿Cuál es?

-Se traduce por “Como agua para chocolate”, es de una autora mexicana y es uno de mis libros favoritos, me ha acompañado durante muchos años. Los días así con sol, con paz, de pronto pienso en esta historia y no puedo resistirme a cogerlo y volver a leer, este libro está lleno de vida, describe tan bien las emociones, los sentimientos… te hace recordar momentos porque seguro que te sientes identificado con los personajes. ¿Tampoco has visto la película? 

-No lo sé, no me suena el nombre.

-En la historia hay momentos en que al preparar una comida, le pasaban los estados de ánimo. Cuando los otros la comían, percibían la pena o la alegría, el deseo, o el odio y les transformaba, les provocaba reacciones…

-Curioso. Como cuando miras a una persona y sin saber por qué te viene a la boca un sabor delicioso… como la nata.

Amelie le miró sin comprender demasiado, no la dejó que le preguntara sobre el tema.

-Me parece que a todas vosotras os gusta mucho leer.

-Sí ese es otro punto que tenemos en común. La verdad es nos pasamos horas leyendo, ¿has visto la biblioteca de Green? 

-Creo que no.

-Te llevaré a verla, es impresionante.

-¿Y tu familia? ¿Saben ellos lo que haces?

-No exactamente… Mi familia cree que hago traducciones para el gobierno y que no pueden hablar de eso, oficialmente estoy matriculada en la Sorbona y estudio árabe. Orlando comprendes que todo esto es… secreto, que… te he contado demasiado…

Orlando le cogió la mano entre las suyas y la miró a los ojos.

-No te preocupes. Te juro que puedes confiar en mí. Además hoy estás demasiado bonita y no quiero que dejes de sonreír.

Orlando pudo notarlo inmediatamente, una luz en los ojos de Amelie brillaba, reflejándose en los suyos, un poco sorprendida pero claramente halagada, las líneas de su cara se suavizaron. Orlando tuvo la sensación de que rezumaba miel sobre la nata. Estaba seguro que la piel blanca de Amelie tenía por fuerza que saber a nata. Miró sus labios y ella supo en ese instante que iba a besarla. Sólo esperó, inmóvil, le miró aquel instante que se hizo eternamente largo, miró como le sonreía, como inclinaba lentamente la cabeza, cómo la piel de su cara rozó delicadamente la suya y por fin, los labios de Orlando se fueron extendiendo sobre los suyos, al principio ligeros, suaves, después notó la presión del beso, aumentando, la mano de Orlando en su nuca evitó que pudiera separarse, tampoco iba a hacerlo, se dejó besar sabiendo ya que nunca iba a olvidar aquel momento, pensó en Tita, ella habría sentido lo mismo cuando Pedro la besara, esa sensación de placer la inflamaba igual que a un buñuelo el aceite hirviendo.


Amelie no esperaba ser la siguiente, de hecho, a pesar de las predicciones de Hesperia, ella tenía bastantes dudas de lo que haría él. No le importaba tanto, sólo el tenerle allí, escucharle, saber que se despertaba en una habitación a unos metros de la suya, era suficiente. Orlando se parecía mucho a la imagen que se había forjado, a veces sentía que llevaba con ellas mucho más tiempo e incluso, olvidaba por momentos, que era ese actor perseguido por los paparazzi, por los buscadores de internet, adorado en cualquier parte del planeta. Ahora sabía que Orlando era al fin y al cabo un hombre, con sentimientos, con debilidades… un hombre de carne y hueso, por fin real, aunque sólo fuera durante un mes.

No se sintió extraña bajo sus besos y sus caricias, no se sintió confundida ni anonadada. Orlando Bloom la estaba besando y ella reaccionaba con una naturalidad que nunca habría supuesto, como si hubiera sucedido cada tarde. Poco después caminaron juntos hacia el castillo, él le hablaba, le hacía bromas, la abrazó por los hombros y Amelie le escuchaba entre risas, cogió la mano que él le alargó para subir corriendo por las escaleras, intentando no hacer ruido y llegar a la puerta de su dormitorio. Notó como la puerta se cerraba y su espalda se pegaba a ella mientras él la besaba de nuevo con más pasión y menos suavidad que sobre la hierba, notó calor, volvía a sentirse como la masa de un buñuelo, la piel que estaba en contacto con el cuerpo de Orlando estaba a punto de hervir y abrirse en burbujas. Abrió los ojos y miró los suyos de color chocolate, la habitación se estaba oscureciendo de pronto, flotaba entre un olor tenue a bombones y sintió que iba a desvanecerse entre los brazos de Orlando. Fue entonces cuando empezó a temblar, él lo notó al instante, a pesar que era muy leve, se separó un poco para mirarla, el rostro de Amelie estaba ligeramente más blanco.

-¿Te sientes mal? 

-¡No!...  

-Respira ¿Estás mareada?

-Perdona… Me siento un poco rara…

-Creo que no te he dejado coger aire después de la carrera. Respira un poco.

Amelie le miraba e intentaba al mismo tiempo llenarse de aire, era cierto que no tenía bastante. Posiblemente ni con el de toda la campiña le bastaría en ese momento para llenar su pecho, mientras seguía clavada a los ojos de chocolate que la envolvían. Tras un momento de duda, Orlando supo leer en los suyos qué le sucedía.

-Es… mmmm... ¿Es… la… la primera vez…?

Amelie suspiró y tras unos segundos se sintió con fuerzas para hablar.

-No sabes cómo me gustaría decirte que no lo es.

Los ojos de chocolate se enternecieron estrechándose, le sonrió con una ternura que no había visto hasta entonces en ninguna foto suya, Orlando la acogió en sus brazos lentamente, sin estrecharla demasiado, dejó que ella se pegara a él y descansara la cabeza en su pecho, la besó dulcemente en la sien varias veces.

-No pasa nada, es normal… que estés un poco nerviosa, todos hemos estado en tu lugar alguna vez. Sé como te sientes, no soy tan viejo.

Siguió dándole pequeños besos en la cabeza. 

-No tiene que ser hoy. Tampoco tiene que ser conmigo, besarte también es delicioso.

Amelie se había serenado y ya no temblaba. En ese instante se había convertido en una mujer, una mujer segura de lo que quería.